
¿Quién no conoce en Benidorm a Glenn, o a Gillan? Son más conocidos que la Isla. En esta aventura los acompañaba un amigo de Benisa, Manolo. Los tres muchachos que entonces rondaban los veinte años- estamos hablando del año 78, con nuestra democracia todavía en pañales- tenían muchas ganas de volar y disfrutar, de experimentar sensaciones, de conocer gente y ver mundo, tenían los pelos largos, escuchaban rock duro y peleón y se fumaban hasta las uñas. Marruecos era entonces un país grande y fascinante, lleno de misterios y de historia, más salvaje que ahora, si cabe, y con un valle entero para fumárselo. Aquello era una aventura, si señor, algunos amigos les dieron dinero para que les comprasen alfombras, otros para tabaco, otros simplemente les dieron sus bendiciones.

Todo les sorprendía y maravillaba en Marruecos, las gentes amables y hospitalarias, las plantas de cannabis cuando atravesaban el valle de Ketama, plantas hermosas, algunas más altas que un hombre, los puestecitos de hachís y kif que encontraban a los lados de la carretera con el moro bajo la sombrilla, el sonido de los famosos tambores de Ketama cuando sacaban el polen a las matas, su ritmo ancestral: todo era nuevo. Las ciudades eran un laberinto, un verdadero caos, tenían que ir sorteando coches y carricoches, motos, bicicletas, cabras, carros tirados por burros y mucha gente, gente inquieta y laboriosa, muy negociante.
Amín el guía en Chefchaouen
Necesitaban un guía en Chefchaouen, la ciudad azul, y los moros se les echaban encima: “¿Quieres guía, paisa?”, “Yo buen guía, moro bueno, barato”, los había de todas las edades, era una forma de ganarse unos dirhams, algunos hablaban castellano y estaban aseados, pero quien más les sorprendió fue aquel niño que se abrazó a ellos, era vivaracho y listo como una ardilla, se llamaba Amín y sólo tenía 5 años. Estaba buscándose la vida como hacían muchos niños en Marruecos, la necesidad obliga, cuando no tienes para comer la educación es algo secundario. A Glenn le hizo gracia el desparpajo del muchacho y quiso ayudarle. Glenn es muy buen tío, es un belga que vive en Benidorm desde niño, rubio, alto y fuerte como una torre, con un corazón tan grande como él. Amín, a pesar de su corta edad era un superviviente, estaba acostumbrado a servir de guía a los turistas, chapurreaba varias lenguas, entre ellas el castellano, estaba muy espabilado, vestía unos vaqueros y un jersey pardo, más sucios que el palo de un gallinero, pero eran sus mejores galas, cada día se arreglaba con esmero para encontrar trabajo.

Aquel niño era el mismísimo diablo, como reían con él, tenía mucha ciencia de la calle, hablaba y fumaba hachís como un viejo. Los llevó a un albergue económico y céntrico, también a los restaurantes y teterías más baratos, a ver alfombras al negocio de un amigo suyo, que decía era su primo, donde pillaba buenas comisiones, les preguntó si querían mujeres, sabía donde se vendía lo mejor para fumar, donde encontrar alcohol, conocía todos los rincones de Chaouen: “Yo mejor guía para españoles”, decía él. En una ocasión, sentados a la sombra en una recóndita calle, mientras fumaban, Manolo comentó algo diciendo que era chachi, el peque, hinchado a fumar -apenas se le veían los ojillos del ciego que llevaba-, dijo: “Chachi piruli” y todos estallaron en una carcajada. Era el mismo diablo. Les apenó separarse de él.Al día siguiente salieron para el desierto, pero para ello tenían que atravesar la Cordillera del Atlas con una carretera sinuosa como una serpiente que se dobla sobre si misma para luego abrirse y volver a retorcerse una y otra vez, siempre al borde del abismo, con un único carril, para darle mayor emoción, así que, si llegaba un coche de cara tenían que apartarse a un lado, como pudiesen, y esperar a que pasase: era una carretera imposible.

Se les hizo de noche subiendo y les sorprendió una aparatosa tormenta en lo alto, por lo que tuvieron que aminorar, todavía más, la marcha. Aquel espectáculo sobrecogía al corazón más valiente, los relámpagos caían a su alrededor que parecían buscarlos, se encendía el cielo y estallaban con gran estruendo, retumbando con el eco de las colosales montañas que se iluminaban como espectros de roca mientras los torrentes de agua bajaban entre las peñas, saltando la carretera para hundirse después en los abismos, aquel era un espectáculo realmente impresionante, estremecedor: que poca cosa te sientes en medio de la naturaleza desatada.
En esas estaban y, justo cuando pensaban que la cosa no podía ir a peor, se les pincha una de las ruedas. Todo aquello parecía irreal, en el radiocasete sonaban los “Beach Boys” y una densa nube de humo flotaba en el interior del coche.
– ¡Joder, bueno muchachos, pasadme eso! – dijo Glen y le dio dos caladas-. Ahora quedaos aquí dentro, está lloviendo a cantaros ahí fuera, tampoco necesitamos mojarnos todos- y salió del coche.
En ese momento comenzaba a sonar el “Good vibrations”, Gillan lo puso a todo volumen y salieron los dos a la carretera detrás de su amigo, entonces -todavía no se explica ninguno porqué-, se pusieron a bailar mientras la lluvia torrencial les bañaba, de vez en cuando los flashes de los relámpagos iluminaban su baile endemoniado mientras sonaban los Beach como si estuviesen al lado, surfeando en una bendita playa de California bajo el sol, después reventaba el trueno pero ellos no dejaban de bailar, sólo bailaban, bailaban en medio de aquella soledad porque estaban vivos, más vivos que nunca, bailaban en una danza sin sentido, loca, bailaban sobre el techo del mundo, fue entonces cuando encontraron, en medio de aquel caos, el equilibrio del Universo.
¡Imaginad la escena!
No tenían linternas ni nada con que iluminarse, así que aprovecharon cada resplandor del cielo para, paso a paso, cambiar la rueda y, al fin, poder continuar su viaje, ese loco viaje.
Ya de madrugada conseguían abandonar la cordillera.
Al día siguiente llegaron al desierto y estuvieron en un poblado bereber, son una gente muy hospitalaria, les invitaron a cenar, a fumar y beber té de menta. Cuando sonreían sólo se veía una cueva oscura por boca, ya no les quedaban dientes, se les caían de tanto fumar. La noche allí es impresionante, me decía Gillan: “se ven las estrellas en frente de ti”, yo no le entendí bien, no sabía a qué se refería con eso de ver las estrellas en frente, “es tan oscura la noche del desierto -continuó explicándome al ver mi cara de duda-, allí no existe contaminación lumínica como aquí, la noche es simplemente negra, negra como la tinta, y las estrellas y la luna son enormes, y delante de tus narices- me señalaba con sus manos frente a sus ojos- como no hay luz de ningún tipo, puedes ver las estrellas igual que encima de tu cabeza, muchísimas, apretadas, no he vuelto a verlas así.”
Pastillas Juanolas
Los bereber son una raza increíble que sobrevive en un medio hostil con lo básico, dentro de su sencillez son maestros en todo, amables y generosos, tienen una costumbre que les honra, cuando conocen a alguien le ofrecen un regalo, algo suyo, alguna artesanía de las que hacen con latas de refresco, un bonito pañuelo de los que tejen sus mujeres, una botella ricamente decorada, cualquier cosa, ese es su regalo de amistad, como los que les hicieron a ellos y, en consecuencia, ellos debían ofrecerles los suyos, pero no tenían nada que darles, lo que lamentaban mucho, les apenaba que así fuese mientras se fumaban su grifa y bebían su te. Manolo entonces se acordó que tenía una cajita de pastillas Juanolas, se las ofreció, abrió la cajita y les mostró las pastillitas negras de regaliz, y ellos se echaron las manos a la cabeza: “No, no, no”, decían apartándose de las pastillas romboides con las manos extendidas, asustados como si hubiesen visto al mismísimo diablo.
-Son para la tos- les explicaba llevándose la mano a la garganta, lo que pareció asustarlos más.
No entendíamos nada, tuvo que guardarse su cajita roja de Juanolas, entonces ellos les explicaron que el año anterior llegaron allí unos franceses para rodar una película sobre Napoleón, queriendo simular que aquello era Egipto, entre el equipo de rodaje había unos italianos con los que hicieron amistad y que les dieron unos “tripis”.

Imaginad la escena de aquellos tipos en medio del desierto de tripi. ¡Qué canallas aquellos italianos!
El buen comerciante
El dinero se les acababa, había muchos gastos y no hicieron la suficiente previsión, tuvieron que tirar del fondo de dinero que les dieron sus amigos para que les comprasen alfombras. Recordad que entonces no había móviles ni bizum. En muchas ocasiones se ahorraban la comida porque aquella buena gente les invitaba a comer, es cierto, que se los disputaban, lo que era un verdadero compromiso y engorro. Contrataron un guía para visitar las ciudades más importantes, Hussein, con el que hicieron gran amistad, los acompañó en Fez, Marrakech y Meknes, llevándolos a los sitios más económicos, como aquella tienda de alfombras de un amigo, los precios eran realmente ajustados, pero no tenían suficiente dinero para comprarlas y había que regresar.

-No pasa nada- decía el comerciante-, vosotros llevad alfombras y ya pagareis cuando llegar a España.
Quisieron darles su dirección, pero el buen hombre confió en ellos.
– ¿Para qué quiero vuestra dirección si sois vosotros los que tenéis que mandar el dinero a mí? Tomad la mía y cuando llegar a vuestro país me lo enviáis.
Así lo hicieron, aquello era increíble, el hombre confió plenamente en ellos, era suficiente con su palabra, de tal manera que, cuando regresaron a casa, le mandaron el dinero. Glenn también le mandó dinero a Hussein, con el que todavía mantiene una estrecha amistad, de hecho, nuestro amigo se compró una caravana y regresó a Marruecos en diferentes ocasiones y, siempre, siempre ha ido a visitar a Hussein y a su familia. Se tratan como hermanos. En una de las visitas que les hizo vio que uno de los hijos de Hussein, el pequeño, tenía un problema en los ojos, estrabismo, y Glenn le pagó la operación.
El mundo es increíble.
Un saludo y que paséis buenas fiestas.