
Pasearemos por Silla, encomienda que fue de la Orden del Hospital, luego de Montesa, conoceremos su Torre almohade, y seguiremos el paseo por la modernista calle de San Roque hasta salirnos del pueblo y llegar por el Camí de la Bega hasta la laguna de la Sèquia de la Font Nova, un prefacio de las maravillas que guarda para nosotros la Albufera de Valencia.
La Pista de Silla
La actual carretera V-31 es conocida como la Pista de Silla. Hasta que se abrió el bypass de Valencia en los años 90, era parte de la A7. Hoy igual que entonces sigue siendo el acceso a Valencia que normalmente utilizamos cuando vamos a la capital desde Benidorm y cuando salimos de Valencia hacia el sur. Unos trece km. bastante rectos, con la excepción de un giro abrupto por donde se desvía para pasar entre las localidades de Alcasser, de triste recuerdo, y Silla.
También de triste recuerdo es el barranco del Poyo, que procede de Catarroja y Massanasa y pasa bajo la Pista de Silla, para hundirse en el Parque Natural de la Albufera. Y de triste recuerdo es la Pista de Silla por su papel de barrera, de trampa, de cementerio infernal de víctimas y de vehículos arrastrados o atrapados en el agua y en el barro.
¿Cuántas veces ha pasado el ocupado lector por la Pista de Silla y ha recorrido sus trece kilómetros sin parar en ninguno de estos pueblos? Obligado es que hoy pare en Silla para realizar el interesante paseo que nos ocupa.
Una encomienda de la Orden del Hospital
Lo primero que veremos es que Silla es un pueblo agradable con edificios de 3 a 5 alturas, limpio y bien dotado de comercios y bares. Aparcamos en cualquier sitio, porque no hay grandes distancias, y nos acercamos a la Plaça del Poble después de almorzar una tostada con queso de cabra, nueces, aguacate y miel en una cafetería local.

Como es de rigor, en la Plaça del Poble, tenemos el Ayuntamiento y la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, neoclásica y montesiana, del XVIII, con sus dos cúpulas, la del crucero y la de la capilla de la Sagrada Comunión, y un esbelto campanario. Al lado, admiramos un palacete de finales del mismo siglo.
Detrás del Ayuntamiento encontramos la Torre Almohade (S. XII) integrada en el MARS (Museo d’Historia i Arqueologia de Silla) con unos interesantes paneles que nos cuentan su pasado. La torre fue el centro neurálgico de la encomienda de Silla, cuando Jaime I entregó la alquería de Silla (o Cilla) a la Orden Militar de San Juan del Hospital (hoy, denominada Orden de Malta) en el siglo XIII.

Visitar el MARS no es posible en domingo. El edificio contiene en su interior un yacimiento en si mismo y una importante exhibición de piezas íberas, romanas, etc…
Una encomienda de la Orden de Montesa
En el MARS se nos explica cómo el 10 de septiembre de 1319 el clavero de la Orden de Montesa Fray Erimà d’Eroles tomó posesión de la torre, mientras los vecinos juraban fidelidad al grito de ¡Montesa vitol!

Recordemos que cuando Jaime II (nieto de Jaime I) tuvo que lidiar con la prohibición de la Orden del Templo, como ya he explicado en otras ocasiones, creó ex novo la Orden de Santa María de Montesa, a la que dotó con bienes reales, como la misma Montesa, así como, gracias a la aprobación papal, con todos los bienes templarios y todos los bienes de la Orden del Hospital en el Reino de Valencia. Por el contrario, y a cambio de ello, la Orden del Hospital recibió todos los bienes de la Orden del Temple en el resto de la Corona de Aragón.
Tenemos pues una orden militar estrictamente valenciana que guardará fidelidad al Papa y al Rey de Valencia. Esta Orden de Montesa, que luego absorberá a la Orden de San Jorge de Alfama, es la que va a ser señora de Silla y de su torre desde 1319 hasta la desamortización de Mendizabal de 1837, más de 500 años.
La calle San Roque: Modernismo.

Una de las calles que convergen en la Plaça del Poble es la calle San Roque. La tomamos en dirección sudeste y tenemos que cambiar continuamente de acera para poder admirar las numerosas viviendas de fachada modernista y una centuria de antigüedad, que se nos muestran orgullosas, a uno y otro lado, cada una con su propia identidad y decoraciones distintas, formando un conjunto armónicamente desajustado.
Puertas, yeserías, ventanas curvas, ventanas rectas, rejas únicas, que forman dibujos o un ramo de flores de metal, balcones, recubrimientos cerámicos, remates… un recreo para la vista.
Si nos desviamos por la Calle Port, podremos ver la Casa Font de la Bàscula, otra hermosa casa que mantiene un fuerte encanto, a pesar de las modificaciones que se le han añadido.
Pero volvemos a la Calle San Roque, adivinando el final del pueblo y, en efecto, pronto nos encontramos con campos sembrados.
La Sèquia de la Font Nova.
Hemos llegado al Camí de la Bega, que nos lleva paralelamente a una amplia acequia, donde el perpetuo rugido de un motor nos acompañará un trecho. Seguimos por el camino mil quinientos metros y nos encontramos con una laguna preciosa, llena de vegetación y aves, en medio de los campos de cultivo.
Se trata de un estanque con varias escaleras para descender al nivel del agua y varias zonas para descansar, con bancos y mesa. A pesar de su tamaño reducido, tenemos todos los elementos del Parque Natural de la Albufera, sin tener que alejarnos apenas de la población. Se trata en realidad de un estanque de decantación en el cual se retiene el agua para que, por sedimentación de sustancias tóxicas, se purifique y pueda entrar más limpia en la Albufera. Desde la compuerta, que regula el nivel del estanque, se vierte la lámina superior de agua de nuevo a la Sèquia, donde esta vez ya se limpia la parte de arriba de la suciedad flotante, mediante un flotador que cruza la acequia de lado a lado y que retiene esta suciedad.

Pese a su función depuradora, el estanque se encuentra en magnífico estado de salud, lleno de vegetación y de aves palmípedas. La Sèquia continua su camino llevando el agua hacia la albufera entre campos de arroz o confundiéndose con la perellonà, la inundación invernal de los arrozales que llega el mismo borde de este embalse.

Doy la vuelta viendo las tuberías ahora cerradas, que inundarían los campos, y me encuentro con una familia de patos, con dos adultos y seis polluelos que nadan distraídamente, mientras sus progenitores se zambullen una y otra vez causando su desconcierto y admiración. Uno se vuelve niño cuando ve las evoluciones de los patitos y con una sonrisa ancha no puede evitar sacar unas cuantas fotografías, si bien el mejor recuerdo va a ser el disfrutar de ese momento de naturaleza tan pleno y hermoso.
Tras esta deleitosa inmersión en la naturaleza, regreso hacia la población y advierto la abundancia de pizzerías, mientras me acerco al parque de la Senyoria y me dirijo hacia el coche. Paro en un bar a tomar un refresco y la camarera, una mujer china, me obsequia con unas patatas chip. La sal me apetece, después de la caminata. Pago y dejo una modesta propina, ante lo cual a la camarera se le enciende la sonrisa y me ofrece más patatas. No puedo evitar sonreír.
La vida es tan fácil y hermosa como la anodina observación de los patitos nadar o como una sonrisa hospitalaria y bondadosa que premia la amabilidad ajena. Es tan fácil y poderosa que puede borrar de un plumazo o de un fulgurante destello todos los tristes recuerdos de la Pista de Silla. Desde luego, a partir de este momento mis pensamientos tendrán más colores, serán más ricos cuando vuelva a recorrer esos trece kilómetros de la Pista de Silla, bueno, mejor dicho, esos doce y picos…