
Hola blogueros, ¿cómo lleváis estas largas fiestas navideñas? ¡Ánimo que todavía quedan celebraciones! Antes éstas eran más escuetas y sencillas, más discretas, entrañables, cálidas y familiares, ahora no, ahora son eternas, infinitas, comienzan a finales de noviembre con el encendido de la iluminación navideña y unos cuantos cohetes como disparo de salida de esta locura consumista, y se extienden a todo lo largo de diciembre para concluir el 6 de enero con los Reyes Magos, aunque todavía algún gracioso repite el viejo dicho: “hasta San Antón Pascuas son”.
Llegan a ser realmente agotadoras y ruinosas para nuestra economía, pero así lo tienen estudiado esas grandes empresas del marketing, retail y tecnología tipo Amazon, fabricantes de juguetes y dulces, los de la lotería, industrias del entretenimiento con su “black friday”, cyber Monday, hanukkah, que deja los precios por los suelos o eso dicen, o “el amigo invisible”-no sé a quién pudo ocurrírsele, pero al quien fuera deberían defenestrarlo-, el Papá Noel con sus duendes y renos cargaditos de juguetes para todos, incluso el jersey de la abuela -recordemos que desde antiguo únicamente eran los niños los que recibían su regalo-, para que finalmente, unos días después, lleguen sus majestades los Reyes Magos del Oriente para terminar de limpiarnos los bolsillos con más regalos, con más empacho de comida y dulces, muchos dulces, todavía más: comprar, comprar, comprar, comprar…

Esas son las navidades de nuestros días, una época de consumismo desaforado, por no hablar de las cenas de empresa, las de nochebuena, Navidad, Reyes y comilonas en general, todo invita a comprar, la invasión de luces y frenéticas canciones y villancicos estruendosos, ruido, ruido, ruido, fiesta, fiesta, fiesta, comprad, comprad, comprad malditos, no sé quién dijo que “la Navidad la inventó El Corte Inglés” -no fue Melendi, os lo aseguro-, pero cada vez estoy más convencido que así es. Pensad, mientras os hayáis inmersos en esta vorágine, que después de la fiesta llega la resaca, que tras el desmadre de las fiestas nos sobreviene la odiosa “cuesta de enero”- otra frase hecha-, este mes también se hace largo, muy largo, larguísimo, y siempre te falta valor para asomarte a tu cuenta del banco.

Estas son las fiestas actuales, pero yo quiero ir más allá de la fachada y el postureo que nos dominan hoy en día, voy a permitirme recordar, y este es un tiempo que se” brinda” a ello, me propongo y, os propongo a todos, que recordemos las primeras navidades de nuestra vida, aquella época feliz e inocente de nuestra infancia, cuando teníamos poco y soñábamos mucho. Sí, eso voy a hacer, recordar, además hablaré de las navidades pasadas, de las actuales, de cuando nuestra ciudad, ahora capital turística de importancia, se abrió a la desestacionalización para aprovechar estas fiestas e, igualmente, por qué no, hablaré de las navidades del futuro; va a ser un poco como el tan traído y llevado “Cuento de Navidad” de Dickens con el que nos han machacado una Navidad tras otra, pero, en esta ocasión, sin espíritus rencorosos, tacaños, generosos y justicieros. Así que, sin extenderme más, ni menos, os invito a recordar y a disfrutar de estas fiestas.
Las navidades del pasado
Las fiestas navideñas comenzaban con la colocación del belén, también del árbol de Navidad, aunque esto del árbol no es nuestro, ha sido importado, recordemos una vez más que el verdadero significado de la natividad o nacimiento, es la llegada de nuestro Salvador al mundo en un miserable pesebre, rodeado de la gente más sencilla y humilde, gente currante como los pastores y ganaderos, las lavanderas- todavía no sé qué hacían esas lavanderas dale que te pego con el frote en una noche como esa-, los sembradores- ¿¿en un desierto??-, y el “cagonet”, que a cualquiera puede darle un apretón en el momento más inoportuno, por supuesto. En nuestra casa el belén nos lo currábamos mi hermano Juan Francisco y yo, que lo sepáis, lo extendíamos sobre una mesa camilla larga que no se usaba en casa, salvo en momentos de necesidad, y éste lo era. Buscábamos la arena más fina que pueda hallarse, la que se forma bajo las arenas y pequeñas piedras sedimentarias, no la existe más fina, ese era nuestro desierto, también cogíamos rocas y cañas del río para formar el pesebre y su techo, el musgo más pequeño y verde al que rociábamos de agua de vez en cuando para que no se secase y quedase del color del tabaco, y trozos de corteza de árbol para simular las montañas en la lejanía. Ésta era la base, el río era de papel de aluminio o de cristales, el cielo de papel pintado, sobre la arena dábamos una última pasada con algodón para eliminar las marcas de nuestros dedazos, de esta manera ya estaba todo listo para disponer nuestras figuritas, palmeras, casas, puentes, molinos y demás parafernalia, que llevaban un año esperando en una triste caja, al fondo de un armario.

a tarde de la nochebuena, con la excitación del momento, nos juntábamos cuatro o cinco amiguetes pertrechados de panderetas, zambombas, tambores y todo aquello que hiciese ruido, mucho ruido, y nos lanzábamos a pedir el aguinaldo casa por casa, en alguna no vivía gente o no querían abrirnos, en otras, sorprendidos ante aquella muchachada tan fervorosa y entusiasta que se desgañitaba cantando los villancicos más convencionales: “Campanas sobre campanas”, “Los peces en el río”, “Campanas de Belén”, “Ande, ande, ande la Mari morena”, “Hacía Belén va una burra”, y tantos otros- y sin sustos ni truco o trato y tanto rollo americanizado: ruido, ruido y ruido-, los vecinos reían: nosotros sí éramos el verdadero espíritu navideño, el alma de la fiesta, e íbamos dándolo todo por el barrio como aquellos pastorcillos que le cantaban en el pesebre al niño Jesús dos mil años antes, aquello era como para emocionar al corazón más helado y encogido del mundo. Al final de la tarde nos repartíamos cristianamente los dulces y chucherías, así como las pesetas que nos habían dado, entonces regresábamos a casa felices y excitados para ducharnos y arreglarnos con esmero, pues nos aguardaba el mensaje de su Majestad el Rey y la familia alrededor de la cena más esperada del año.

La mesa grande del salón se preparaba como para una boda, el mejor mantel y servilletas, la vajilla y cubertería más lujosas, todo brillaba como en un anuncio de Freixenet, como brillaba nuestro belén en aquella esquina del salón con las lucecitas parpadeando, invitándonos a la Navidad, nuestro hermano mayor decía que parecía una discoteca más que un pesebre: maldita envidia. Todo era un derroche de comida y dulces esa noche. Solían acompañarnos algunos familiares y unos vecinos mayores a los que mis padres se negaban a dejar solos en una noche como esa. Acabábamos juntándonos unos 12 0 14, los mayores brindaban con vino y cava que les subía pronto los colores a la cara, nosotros también estábamos contentos y cantábamos villancicos y tocábamos las palmas rascando con un tenedor la botella de anis del mono entre los polvorones, mazapanes, turrones, higos secos, peladillas y demás dulces- ¿qué habrá sido de los roscos de anís y de vino?, nadie los tocaba, acababan las fiestas y seguían solos en la bandeja, ¿y de los alfajores?, eran lo más solicitado, era raro no sorprender a alguien rebuscando alfajores entre los polvorones. Continuaban los villancicos: ruido, ruido, ruido, ahora sin afán consumista, ruido que quizá acallara los recuerdos que pesaban sobre los mayores en noches como esa, los recuerdos de los que faltaban, de los que ya no estaban, mientras, los niños buscábamos la Navidad en sus ojos, en su brillo y entusiasmo, en su ilusión. Entonces la Navidad estaba allí, con todos nosotros.
Navidades en el Benidorm actual
Hace décadas que Benidorm apuesta por estas fiestas nadalenques, desestacionalizando la oferta turística que antiguamente se relegaba a turismo de verano y playa, sabemos que se puede ofrecer algo más y que este periodo navideño es muy importante para todos pues mantiene funcionando la importante maquinaria hostelera de Benidorm, la capital turística por excelencia, atrayendo a decenas de miles de turistas españoles y europeos a nuestra ciudad, donde gozamos de unas temperaturas envidiables y pueden combinarse los distintos atractivos de tradición, ocio y turismo.
La Plaza de SS.MM. los Reyes o Plaza del Ayuntamiento se transforma estos días en la Plaza de la Navidad con una iluminación que se supera cada año y su belén monumental, ofreciendo actividades para los jóvenes como la pista de hielo y atracciones y juegos para los más peques, con sus puestos de artesanía y artículos navideños, así como los de castañas y dulces típicos que perfuman la plaza.
Benidorm también tiene su casa de la Navidad en el Hort de Colón, donde Papá Noel recibe personalmente a los niños y atiende sus peticiones, todos pueden fotografiarse con él y llevarle su lista de regalos. Es maravilloso ver sus caras de sorpresa y felicidad.
También tenemos un precioso, divertido y cálido poblado navideño en la Calle Gambo que es visitado y fotografiado por muchísima gente.

Pero sin duda uno de los principales atractivos que ofrece nuestra ciudad es el clásico belén de la asociación La Barqueta, personas que trabajan mucho por la cultura de Benidorm, cuyo trabajo manifiesta un cariño profundo por la religiosidad y nuestras tradiciones. El belén es una maravilla, no le falta de nada, lo dice un profesional, incluso con figuras animadas, puedes ver moverse el agua y los molinos, con el castillo de Herodes y sus centuriones, los reyes Magos y su servicio, pastores, lavanderas, comerciantes, bodegueros y pescadores, todo con una riqueza de detalles increíble, es una obra de arte que sorprende cada año a propios y extraños, no obstante, lo visitan a diario 500 personas.
Además, tenemos mercadillos navideños y atracciones en la Alameda, Calle Gambo, Martínez Alejo, Paseo de la Carretera y el conocido “Porrat” navideño del Parque de Elche.
Todo se halla dispuesto para nuestro disfrute, Benidorm es una ciudad que ha sabido reciclarse, renovarse, un pueblo que, mirándose al espejo de la actualidad, ha sabido convertirse en un destino moderno y dinámico.

Las navidades del futuro
No tengo ni idea de cómo serán las navidades del futuro en Benidorm, ¿quién lo sabe?, no tengo una bola de cristal, pero seguro que con el cambio climático acabaremos celebrándolas en la playa, entre altavoces que hagan mucho, mucho ruido y, gracias a las nuevas tecnologías podremos ver llegar desde el cielo a Papá Noel con sus renos y sus elfos y todo ese trajín desde la orilla de la playa. Con las gafas de realidad virtual viviremos en una cabaña con su chimenea en mitad de los Alpes, rodeados de nieve, ciervos, zorros, auroras boreales virtuales, pueblos encantadores y mercados navideños, el abuelo de Heidi ordeñará las cabras delante de nosotros y podremos viajar en trineos y patinar sobre hielo virtual. Todo esto sin movernos de casa, de la misma manera se harán las compras, aunque eso ya lo vemos con mayor frecuencia, ¿acaso existe mayor comodidad?
¡Fabuloso!
¿Con qué os quedáis? Quedaos con todo y sed felices.
Feliz Navidad mis queridos amigos blogueros
Obra consultada: “Aquí. Medios de Comunicación. Nicolás Van Looy”, “Life in Benidorm 2025”.
Muy cierto, y para mí, lo antiguo siempre mejor, felices fiestas navideñas..
Salud.. siempre grande 👌
Cómo siempre excelente reflexión, totalmente de acuerdo.
Yo me preguntaría más que por la navidad del futuro, por el futuro de la navidad.
Me ha encantado. Sobre todo como has recordado nuestras navidades de cuando éramos pequeños. Gracias por esta reflexión.
Feliz Navidad 🎄