
Bienvenidos una semana más a “Rutas Malditas”, en la que cada historia nace como un susurro, y esta empieza ahora, contigo leyendo y conmigo escribiendo. Pasa, ponte cómodo… el relato ya ha comenzado. Nuestra historia comienza en un hotel de lujo y balneario del siglo XIX, que aprovechó las aguas termales de la Sierra Cabezón de Oro hasta el inicio de la Guerra Civil, cuando fue destinado a hospital de enfermos de tuberculosis. Siempre ha estado relacionado con actividad paranormal y múltiples leyendas, entre ellas la de una señora vestida de blanco, la Dama Blanca, que se dice transita por este lugar.

Nuestra historia comienza en un hotel de lujo y balneario del siglo XIX, levantado con elegancia frente a la Sierra del Cabezón de Oro. Allí, donde la tierra respiraba vapor caliente y el agua brotaba con propiedades curativas, acudía la alta sociedad en busca de salud, descanso… y olvido. Las mañanas olían a azufre y a perfume caro, y por los pasillos se deslizaban vestidos largos y promesas que nunca debían pronunciarse en voz alta.
Con el estallido de la Guerra Civil, el balneario cambió de alma. Las risas se apagaron, los espejos se cubrieron con sábanas y las habitaciones se llenaron de camas de hierro. Fue hospital para enfermos de tuberculosis. Allí, muchos llegaron con esperanza y se marcharon sin despedirse jamás. Desde entonces, el lugar nunca volvió a estar solo.
Dicen que, algunas madrugadas, una mujer vestida de blanco cruza los corredores que ya no existen. Su figura es delicada, casi transparente, y su rostro permanece oculto tras un velo antiguo. La llaman “la Dama Blanca”. Unos aseguran que espera a su amante, otros que busca curarse de una enfermedad que la mató demasiado joven. Todos coinciden en algo: cuando aparece, el aire se enfría y el agua deja de manar.
Una excursión al balneario
Un domingo por la mañana, muchos años después, cinco amigas decidieron visitar las ruinas del balneario de Aguas de Busot.
Habían quedado temprano, riéndose del madrugón y del plan “un poco friki”, como dijo Clara mientras ajustaba la cámara de fotos. El sol brillaba, los pájaros cantaban y nada parecía amenazador. Era ese tipo de día en el que el miedo parece imposible.

– Aquí no puede pasar nada -dijo Laura-. Si hay fantasmas, duermen los domingos.
Entraron entre muros derruidos y arcos cubiertos de hiedra. El silencio era extraño, espeso, como si el lugar contuviera la respiración. El antiguo manantial aún goteaba, y el sonido del agua resonaba más fuerte de lo normal.
Fue entonces cuando Marta se detuvo en seco.
– ¿La veis…? -susurró.
Al fondo del pasillo principal, donde antes estaba el salón de baños, había una figura blanca. No se movía. No parecía sólida. Tampoco parecía una ilusión.
Un escalofrío recorrió al grupo.
– ¡Es una persona! -dijo alguien, sin demasiada convicción.
Pero no lo era.

La figura comenzó a deslizarse, sin tocar el suelo. El velo se agitaba aunque no había viento. Cuando pasó junto al antiguo espejo roto, su reflejo no apareció.
El miedo se volvió real. Corrieron. Risas nerviosas, jadeos, el corazón golpeando en los oídos. Pero el balneario parecía haber cambiado. Los pasillos no llevaban donde antes, las salidas se alejaban. Y el agua… el agua empezaba a brotar de grietas invisibles, tibia, envolvente.
En la sala central, la Dama Blanca las esperaba.
Esta vez, levantó el rostro.
No había horror en sus ojos, sino tristeza. Y amor.
– No tengáis miedo -dijo, con una voz que parecía venir del agua misma-. Solo necesito que alguien recuerde.
Las amigas sintieron imágenes que no eran suyas: un médico joven, una promesa de huida, cartas escondidas bajo una bañera, una enferma vestida de blanco esperando cada domingo… siempre en vano. Murió allí, sola, mientras el balneario se convertía en hospital. Él nunca regresó.
– Cada domingo por la mañana -continuó la Dama-, despierto. Porque fue el día en que debía volver por mí.
El agua empezó a retirarse. El sol volvió a colarse por los huecos del techo. Y la figura comenzó a desvanecerse.
Antes de desaparecer, miró a Clara.
-Gracias por venir.
Cuando lograron salir, temblando, nadie habló durante un buen rato.
En casa, al revisar las fotos, encontraron algo imposible: en una de ellas, detrás del grupo, se distinguía claramente una mujer vestida de blanco. Sonreía.

Desde ese día, las amigas sueñan con agua caliente, con pasillos antiguos… y con una mujer que ya no parece tan triste.
Porque alguien, por fin, la recordó.
Quizá los lugares no mueren cuando son abandonados. Quizá solo esperan.
El viejo balneario de Aguas de Busot sigue allí, abrazado por la sierra, guardando el calor de sus aguas y los susurros de quienes amaron demasiado tarde. Tal vez la Dama Blanca aún camine despacio entre sus muros, no para asustar, sino para recordar que incluso el dolor puede ser hermoso cuando nace del amor.

Si algún domingo por la mañana decides acercarte, camina despacio. Escucha el agua. Mira los reflejos. Puede que no veas nada… o puede que sientas un escalofrío dulce, como una caricia antigua. No temas: hay fantasmas que no buscan hacer daño, solo compañía.
Y si al marcharte tienes la extraña sensación de haber sido observado con ternura, sonríe.
Significará que, por un instante, alguien volvió a ser recordado.