“La teulera” surgió en una noche inspirada en que la precaria salud de mi madre pareció guiar mi imaginación hacia la infancia de aquella mujer, cuya mente y cuerpo perdían cada vez más existencia. Fue a primeros de marzo de 2017 y, a salvo un par de retoques, quedó escrito de una sentada. Gocé leyéndoselo a mi madre, que sonreía viviendo en el relato aquello que su propia memoria había desdibujado para siempre”. Así se gestó “La Teulera”, tal y como lo refiere su hijo menor, Juan Francisco Moreno Amorós en el libro Benidorm cuenta. Una crónica demoledora que se centra en la infancia de Maruja Amorós Moragues, fruto de un matrimonio de conveniencia, radiografía de tantas otras historias crueles y desgarradora sufridas por los hijos e hijas de la postguerra, una generación de españoles a la que se les negó el derecho a una infancia digna. ¡Les invito a conocer a “la teulera”, la niña que afrontó la vida con resignada valentía y espíritu de supervivencia!

Maruja Amorós creció en un ambiente familiar carente de afecto y en el que castigo físico era la única forma de comunicación. Nacida en 1940, «La Teulera» aprendió a andar a empujones y a vivir golpes, situaciones habituales en un momento de nuestra historia, un mundo inhóspito que se llevó por miles las infancias rotas de los más inocentes, que se cebó especial ahínco con una generación de españoles que, a pesar de ello, como la niña de este relato, supo salir delante luchando contra viento y marea.
En España, desde tiempo inmemorial, los hijos nacidos en matrimonios de segundas nupcias, entre viudos y viudas, solían ser más fruto de la tradición e interacción entre roles culturales que de las relaciones afectivas, mal vistas además entre las clases sociales más altas. ¡Sólo los pobres se casaban por amor!
Los hijos de la frustración
La madre de la pequeña Maruja, atrapada en un matrimonio de conveniencia, utilizaba la violencia física contra su hija como válvula de escape ante las humillaciones de infidelidad constante del marido.
Por su padre el padre, ausente e infiel, se limitaba proveer de todo lo necesario a la familia para que no les faltara de nada. Ahí terminaban sus obligaciones. La situación generaba un desequilibrio de poder entre la pareja, en el que la mujer estaba obligada a callar y obedecer. Las mujeres, obligadas a estar recluidas en el ámbito doméstico vertían la agresividad contenida a bofetadas contra la sedosa piel de sus vástagos, en el caso que nos ocupa, del rostro y cuerpo de Maruja “la teulera” o si no, juzguen ustedes mismos. A continuación pueden leer un extracto del relato original.

“La Teulera”
Mi madre me había despertado cuando era todavía de noche y me ayudó a vestirme. Me dijo que teníamos que ir a ver algo. Estaba muy decidida y yo estaba muerta de sueño. Cuando salimos a la calle, el aire fresco me despertó un tanto y, cuando llegamos a la calle del Conde de Altea, mi madre me sujetaba con fuerza de la mano. Yo me sentía incómoda y cansada mientras el Sol escalaba lentamente, como una garrapata hinchada, por la ladera del peñón de Ifach.
-Mamá, ¿qué hacemos aquí? Tengo frío.
-Espera, tenemos que ver una cosa. Y así pasaban los minutos y yo me agarraba a mi madre buscando su calor, mientras Calpe se iba llenado lentamente de luz. Apenas cantaron dos gallos, mi padre salió de aquella casa, que hacía esquina, casa pequeña con puerta pequeña, una casa insignificante. Se quedó boquiabierto al vernos allí. Mi madre le miró iracunda.
-Date cuenta, Maruja, como tu padre sale de la casa de otra mujer y, además, esta no es la primera vez.
-Tona, ¿cómo te atreves a traer a la niña aquí? –dijo él conteniendo la voz, pero evidentemente enfadado.
-¡Para que vea cómo es su padre!
-Ahora mismo vamos a casa y te callas, ya hablaremos, que no nos oiga nadie.
-Pues no parece que te importe mucho que te vean salir de esa casa: tu propia hija te ha visto.
-Tona, vamos a casa, allí hablaremos.
Yo estaba muerta de frío y de miedo y no abrí el pico, mientras decenas de gallos cantaban el amanecer y mis padres caminaban, yo cogida de sus manos, hacia nuestra casa. Una vez allí, me mandaron a mi cuarto y ellos discutieron en voz baja. No era la primera vez que tenían un conflicto. En el fondo no se querían.
Los dos eran viudos en un pequeño pueblo y se casaron por la conveniencia de arreglarle la una la casa al otro y el otro la subsistencia a la una. A mí me contaron la historia de que se habían enamorado un día de Todos los Santos, cuando cada uno fue a dejar flores a su deudo, y se miraron a los ojos y, en fin, se casaron, y me tuvieron a mí como fruto de su amor. Yo me lo creí. Siempre he sido un poco tonta o por lo menos un poco inclinada a aceptar las historias más inverosímiles, siempre que sean bonitas. Yo trataba incansablemente de dormir y apenas podía escuchar su conversación, pero sí comprendí que mi padre cesó esa discusión y se fue a su cuarto, dando golpes a las puertas, cajones y a todo lo que se encontraba en el camino.
Mi madre me buscó en mi dormitorio y me dijo que fuera a misa y me dio unas monedas para comprar pan que tenía que llevar a la Mola. Me ajustó la ropa, me mandó lavarme la cara y me despachó fuera de la casa.
Las calles de Calpe son inclinadas y por lo general se agolpan en un cúmulo laberíntico, donde es fácil perderse, sobre todo cuando tienes ganas de perderte. Es lo que hice. Me gustaba vagar por las calles desiertas y mirar las macetas, los balcones… y soñar con lo que pasaba dentro de las casas y también soñar con lo que pasaba fuera de Calpe, en el mar, en otras poblaciones, en esa España del “Cara al Sol” que me enseñaban en el colegio, o en esa América llena de actores tan guapos y de actrices tan bonitas.
Los minutos pasaban sin notarlos y de pronto me encontré en un callejón cualquiera, cuando sonó la campana de la iglesia. Subí corriendo y ya todo el mundo estaba saliendo. Entré y me dirigí hacia el altar y miré la estola del cura, que me vio en situación tan apurada y me contempló unos breves momentos inquisitivos, pero yo no le dije nada, di media vuelta y me marché. Fui al obrador y tuve que esperar un tiempo a que llegara el panadero con los labios manchados de vino para pedirle que me vendiera algo de pan, seguramente cocido el día anterior. No me importaba. En realidad mi madre fingía ignorancia sobre lo que costaba el pan y lo que yo le sisaba, que era exactamente lo que equivalía a dos rosquillas de anís. Con esta carga marché hacia “la Teulera”. Es difícil hoy comprender que en esa época una niña de unos siete años fuera sola por la carretera, armada únicamente con una barra de pan y media rosquilla de anís.
A mitad de camino entre Calpe y la Teulera había una casa donde vivía una mujer muy mayor, que no tenía fuerzas ni para ir a misa y a mí me resultaba conveniente pararme allí para tomar un poco de resuello y porque era una anciana que me intrigaba.
-Hola, Maruxa.
-No soy Maruxa, soy Maruja la Teulera.
-No, no puedes ser Maruja, o eres María o eres Maruca o Maruxa, pero no puedes ser Maruja.
-Pero todo el mundo me llama Maruja y yo soy Maruja.
-No puedes ser Maruja. En el colegio, ¿cuál es tu nombre?
-En el colegio soy María, pero fuera del cole soy Maruja y también en el recreo del cole soy Maruja.
-Bueno, no te enfades, Maruca.
-¡Soy Maruja, no Maruca! Me fui corriendo de allí como tantas otras veces. Yo creo que esa vieja disfrutaba haciéndome rabiar.
No tardé mucho en llegar a la Teulera. En la balsa estaban las ranas saltando, había muchas. Recogí unas cuantas con la red que se usaba para limpiarla y me acerqué a un pequeño promontorio que habían recortado para la carretera de Alicante a Denia. Allí me senté con casi una docena de ranas envueltas en la red y esperé a que fueran pasando los coches. Brumm, brummm… ahí viene uno del Mascarat… le tiro una rana y la aplasta con sus ruedas. El coche ni para, sólo un ligero movimiento de volante por la sorpresa de ese batracio inesperado. La rana queda casi líquida sobre la calzada, parece una flor, parece una rosa roja. Otro coche viene desde Benisa, rana que te va… otra rosa en la calzada. Diez ranas después, era aquello más bonito que el cementerio en el día de Todos los Santos, el día en que mis padres se enamoraron o no, el día donde yo comencé a tener sentido. El Sol ya había pasado el Morro de Toix y se encontraba cerca del Castellet. Era muy tarde y seguramente me llevaría dos bofetadas. No era nada nuevo. Subí la cuesta de la Mola y llegué a casa.
Mis padres estaban de excelente humor y hablando de una paella de arroz que estaban preparando. Tras las dos bofetadas, me preguntó mi madre de qué color llevaba la estola el cura, para asegurarse de que yo había ido a misa.
-Morada, mamá, era morada.
-Bien, hija. Lo cual dijo tras una mirada profunda y larga a lo más interior de mi ser, como si ella pudiera saber de qué color era la maldita estola del cura, que apenas vi unos segundos, y con la tácita advertencia de que me caerían otras dos bofetadas.
A veces pasaban coches por esa carretera e incluso camiones, aunque los domingos sólo pasaban coches. A mitad de camino entre Calpe y la Teulera había una casa donde vivía una mujer muy mayor, que no tenía fuerzas ni para ir a misa y a mí me resultaba conveniente pararme allí para tomar un poco de resuello y porque era una anciana que me intrigaba.
De pronto advirtió media rosquilla de anís…
-¡Maruja! ¿De dónde ha salido esto? -Eeeeeh…. Plaff, plaff, dos bofetadas. Yo no era tan tonta, pero tanta bofetada al final… Mi madre me dio un saco y me dijo que saliera fuera de la casa y que sujetara el saco abierto para recoger al soplo del viento los gambusinos que esa tarde tenían que llegar. Me pasé la tarde hundida en la melancolía en aquella ladera de Oltá, con el saco abierto, mirando como el sol huía en la sierra de Bernia, y yo no tenía ningún gambusino y me quedaba en una penumbra tan triste que no hay lágrimas suficientes para llorarla, esperando otras dos bofetadas antes de irme a dormir. Al día siguiente:
-La niña tiene la cara muy hinchada, Tona.
-Bueno, pues que no vaya al colegio, no quiero que la gente tenga de qué hablar y seguramente tú tampoco. En conclusión, que no voy al colegio. A mí me pareció una idea buenísima. Me pasaría el día en la Mola liándola con los trabajadores de “la Teulera”. Me encantaba tratar con ellos, gente que me trataba con cariño y a veces con respeto.

Yo quería echarle más leña, pero los trabajadores no me dejaban, me decían que no me acercara allí.
-Mi abuelo Pepe ha llenado esta ladera de cables, de hornos y de balsas para hacer ladrillos y tejas, y vosotros no me podéis mandar. Pero ellos eran mucho más altos y fuertes y mi padre tampoco estaba por allí para poder someterlos. De hecho yo no sabía dónde estaba y me sentí irritada. Por un momento deseé que no estuviera en la calle del Conde de Altea.
-Si quieres ayudar, puedes subir la muñidora arriba a la Mola -dijo un trabajador.- Ja, ja, la bruñidora, la bruñidora… ahora mismos la preparo.
Yo siempre me he considerado una persona valiente y con arrestos, así que agarré aquel saco como si fuera Hércules y comencé a subir la ladera de Oltá, que es tan inclinada como un brazo que señala el sol. Sudando, cansada, al final el saco lo iba arrastrando entre las piedras y jaras de la sierra.
Me encontré con un hombre que iba a mitad de la ladera con una azada al hombro. Él se paró incrédulo al ver a una niña subiendo aquel saco pesado.
-Niña, ¿tú eres la hija de Pere, el Teuler?
-Sí, ¿quién eres tú?
-Yo soy Vicent, que trabajé para tu padre y me gustará ayudarte con la carga que llevas.
-Pero yo no te conozco, tú no eres trabajador de mi padre.
-Lo fui, lo fui antes de que nacieras y… -Estaba muy emocionado, yo no sabía qué le pasaba-. Antes de que nacieras, yo…
-Mira, yo tengo cosas que hacer, tengo que subir la bruñidora hasta arriba de la Mola.
-Escucha, antes de que nacieras yo denuncié a tu padre. Podrían haberlo fusilado, pero consiguió escapar al monte unos días y… en realidad, tú no hubieras nacido… no es que yo pudiera haber pensado eso antes, pero ahora sí, y ahora el que tiene que buscarse la vida en el monte soy yo, pero él nunca me ha denunciado y por eso… ahora que ha cambiado todo… me gustaría ayudarte.
-No entiendo nada de lo que dice, pero, si algo me ha enseñado mi padre, es que ese sol que ve usted ahí sale todos los días para todos –dije alzando el brazo y señalando al sol con el dedo, con la nariz y con la barbilla. Por eso mi padre no va denunciando a nadie, según le he oído decir muchas veces.
Seguí subiendo, arrastrando aquello entre las piedras, que me fatigaban y que golpeaban implacablemente el saco y su contenido. Tras muchos esfuerzos, conseguí llegar ante la casa, donde estaba mi padre con varios de sus trabajadores. Agotada, dije en voz muy bajita:
-Ya he traído la bruñidora. Me giré para señalar con el dedo aquel saco y contemplé con pavor que estaba empapado de un líquido rojizo, sanguíneo, como una enorme rosa roja. Pensé cuántas ranas debían haber muerto para hacer que ese saco tuviera ese color. Por supuesto, me llevé dos buenas bofetadas. Poco después supe que dentro del saco había simplemente una garrafa de vidrio, ahora rota, que había ido derramando su contenido de vino por la empinada ladera.
“La Teulera”, por Juan Frco. Moreno Amorós, 2017.
Infancia de barro y fortuna
“La Teulera” -propiedad del abuelo y anteriormente del bisuabuelo de Maruja-, al igual que la casa familiar próxima a ésta, se encontraban alejadas del núcleo urbano de Calpe, en la partida Barranc Saltat-La Mola, ambiente rural propicio para encubrir la violencia doméstica. Vivir cerca de la tejería, una zona campestre apartada de todo, era sinónimo de una vida de barro, fuego y soledad, donde los conflictos familiares no dejaban testigos.

A pesar de lo terrible que parezca la historia de “la teulera”, la niña tuvo “una infancia afortunada”, si tenemos en cuenta que la posguerra trajo miseria severa, orfandad y la represión franquista, que muchos niños pagaron al pasar por instituciones de Auxilio Social, donde vivían bajo una estricta disciplina.
La educación en los colegios se orientó a la ideología nacionalcatólica y estaba al alcance de muy pocos, lista que por días número se reducían a menos. La precariedad de las economías familiares, la hambruna y las lamentables condiciones de vida en las que malvivían los extractos sociales más bajos, fueron el caldo de cultivo para incorporar a los niños -a los que a muy corta edad se les talaba abruptamente la infancia-, a un mercado laboral sediento de mano de obra barata, en el que los menores se empleaban en los más diversos y, a menudo, peligrosos puestos de trabajo: ¿Quién no ha oído hablar de los niños mineros?
Una generación que sufrió experiencias traumáticas, con infancias a menudo bloqueadas emocionalmente, centradas en la supervivencia, marcadas por la pérdida de la inocencia, el hambre y la necesidad de adaptarse a un entorno hostil y una estricta disciplina. En una época sin sistemas de protección social modernos, el matrimonio era la única vía para garantizar el sustento y la crianza.
Matrimonio por amor y cuatro hijos
Sin embargo, Maruja Amorós Moragues, escarmentada por la atormenta convivencia de sus padres, no siguió su ejemplo y, con tan solo 20 años, se casó por amor con José Moreno Moyano de 25, guardia civil granadino destinado al Cuartel de Calpe. Tras el enlace la pareja se trasladó al acuartelamiento de Vergel, pues el estricto ordenamiento interno de este cuerpo militar, prohibía mantener el destino si los agentes contraían nupcias con una mujer del pueblo. En la vecina localidad Maruja y José comienzan una feliz vida de casados que pronto se vio compensada con llegada al mundo de sus dos hijos mayores, aunque el menor falleciera al año y medio de nacer. ¡Un duro golpe para la pareja, un trance emocional de dolor y angustia que une, si cabe, más al matrimonio!
A pesar de las circunstancias, el guardia civil continúan su formación hasta alcanzar su objetivo final: formar parte de la Unidad Motorizada de la Guardia Civil, por lo que toda la familia se traslada a Guadarrama del Jarama en Madrid, donde estaba la Academia Especial para la formación de oficiales de acceso directo a esta unidad de la benemérita. Y es en este pueblo madrileño cuando el matrimonio vuelve a sonreír con la llegada al mundo de su tercer hijo.

Una vez concluida la fase de formación, a José Moreno lo destinan a la casa cuartel de Benidorm, localidad donde se estableció definitivamente la pareja y el amplió la familia al nacer su cuarto y último hijo: Juan Frco. Moreno Amorós.
Del barro a las luces de neón
De un entorno rural aislado, Maruja pasa a convivir con otras familias en la casa cuartel de la Guardia Civil de Vergel y de ahí al acuartelamiento Guadarrama del Jarama cobijada por el amor incondicional de su marido, feliz por la llegada al mundo de sus hijos, con la tranquilidad que aporta tener como vecinas otras familias de compañeros de José, sobre todo con las mujeres con las que podía intercambiar todo tipo de impresiones, y cada vez más alejada del tóxico y marrón ambiente en el que había discurrido su lacerante infancia.
La familia se afinca definitivamente en Benidorm a inicios de la década de los 70, cuando la ciudad se encuentra en pleno desarrollo urbanístico y expansión turística: vibrante y cosmopolita, urbanita y dinámica, la localidad que mira al Mediterráneo le abre a Maruja nuevas oportunidades de crecimiento y cambio.

Así lo refleja la anécdota que me comentó recientemente Juan, el menor de sus hijos: “En el cuartel de Benidorm había dos coches: el del capitán y el de mi madre, regalo de su padre que, aunque ya había cerrado el negocio de “la Teulera”, conservaba a buen recaudo los ahorros de tantos años de trabajo”.
La voz heredada
El hecho de que con la enfermedad muy avanzada, bajo el opaco velo del Alzheimer, Maruja sólo reaccionara ante la lectura del crudo relato que sobre su propia infancia: “sin dejarse nada en el tintero, incluido el dolor que le causaban las bofetadas de su madre y de “presenciar” las infidelidades de su padre, había escrito y dado forma de relato su hijo, conmovía el cuerpo de la mujer postrada en cama, incapaz de reaccionar ante ningún estimulo, salvo en aquella ocasión. Juan había contado el relato de la historia tal cuál se la había oído contar a su madre en innumerables ocasiones, y ahora era la voz de él la que servía de estímulo a un cuerpo cuyo cerebro había desconectado tiempo atrás de cualquier tipo de relación con la vida, con el mundo que la rodeaba. Escuchar la voz de “su menor” repetir la realidad de su dura infancia fue quizás la forma con la que su mente cerró el círculo, validando su sufrimiento para poder descansar en paz.


El poder de la narrativa de Juan para transformar ese trauma en literatura es el mayor tributo que le ha podido hacer a la memoria de su madre al convertir el dolor de ésta en parte de la memoria histórica de la familia. Maruja murió oyendo la voz de su hijo menor, la “dels teulers”, mote por el que es conocida la familia en Calpe. Juan dice que la voz de una de sus hijas, “la más teulera”, es igual a la de su madre, con la que también guarda un gran parecido físico”. Los expertos aseguran que la voz es lo último que se olvida”, lo que reafirma el sello de identidad de una estirpe que se niega a pasar desapercibida!
Fondo fotográfico archivo familiar



Me he alegrado un montón que Maruja se casará por amor. He llorado un poquito. Que historia más bonita y más triste a la vez. Gracias Belén por estas historias.
Gracias Belén por tratar el tema de mi madre con especial cariño, me ha gustado mucho leerlo y me traído muchos recuerdos y anécdotas que nos contaba ella, no he podido evitar emocionarme, como debes suponer. Besos
Sin palabras, me siento afortunado de haber disfrutado de su bondad y me siento orgulloso de contar con la amistad de sus hijos, en los cuales dejo un magnífico legado.