
En la trastienda de la historia a menudo pasamos de puntilla sobre personajes claves para el desarrollo o la evolución de destacados acontecimientos que de justicia es desempolvar del cajón del olvido, como es el caso de la reina Violante de Hungría (s. XIII), esposa y mano derecha de Jaume I de Aragón; o Beatriz Fajardo de Mendoza (s. XVII), heredera del señorío de Polop, perteneciente a una de las familias más importantes de la nobleza castellana. Más de cuatro siglos separan las biografías de estas dos mujeres que gracias a “su astucia y determinación”, fijaron los pilares de nuestra historia más cercana. ¡Acompáñenme de nuevo en este viaje en el tiempo !
Violante y Beatriz, separadas por siglos, pero unidas por una cualidad común: la capacidad de influir en los destinos de sus tierras a través de la inteligencia, la estrategia y la voluntad de cambiar su entorno. Ambas no se conformaron con los roles asignados, sino que los redefinieron para que su impacto trascendiera generaciones.
La reina Violante (Hungría 1215 – Huesca 1251), a la que la historia define como la mano derecha de un gran rey, tuvo un papel crucial en la trayectoria de Jaume I, especialmente en la consolidación de sus conquistas y en la diplomacia con Castilla. Su intervención fue clave en la firma del ‘’Tratado de Almizra’’, que estableció los límites entre el Reino de Valencia y Castilla.
Cuando Jaume I y el infante Alfonso de Castilla se enfrentaron por la posesión de Xàtiva, la situación estuvo a punto de desencadenar un conflicto mayor. Alfonso exigía Xàtiva como parte de su dote por casarse con la hija de Violante, lo que Jaume I rechazó rotundamente. En medio de la tensión, Violante intervino con gran habilidad diplomática. Primero intentó mediar entre su esposo y su futuro yerno, pero al ver que la negociación no avanzaba, apeló a los nobles castellanos y volvió a hablar con Jaume I con lágrimas en los ojos. Su insistencia logró que el rey reconsiderara su postura y finalmente se alcanzó un acuerdo de paz.
Gracias a su intervención, el tratado estableció que los territorios al sur de la línea Biar-Busot-El Campello quedarían bajo dominio castellano, mientras que Jaume I conservaba una importante línea de castillos estratégicos. Este acuerdo evitó una guerra y permitió consolidar la expansión del Reino de Valencia.

Violante no solo fue una mediadora en este conflicto, sino que también acompañó a Jaume I en sus campañas y tuvo un papel activo en la administración de los territorios conquistados. Su carácter fuerte y su capacidad de negociación fueron fundamentales para la estabilidad del reino.
Violante: la reina que tejió alianzas con lágrimas
En un tiempo de conquistas, pactos y fronteras inciertas, Violante de Hungría no fue solo la esposa de Jaume I, sino su aliada en la expansión del Reino de Valencia. Criada en la corte húngara, donde la política era un arte intrincado, desde joven desarrolló una aguda capacidad de negociación. Cuando Jaume I se encontró en una encrucijada con el infante Alfonso de Castilla por la posesión de Xàtiva, fue ella quien, con persuasión y una inteligencia afilada, evitó que el conflicto estallara en guerra.
Violante apeló a la razón de los nobles castellanos, pero cuando la lógica no fue suficiente, utilizó un arma aún más poderosa: la emoción. Se presentó ante su esposo con lágrimas en los ojos, pero no de desesperación, sino de estrategia. En un gesto que mezclaba teatralidad y sinceridad, hizo ver al monarca que el futuro del reino dependía de la paz. Jaume I, aunque férreo en sus decisiones, no pudo resistirse a la combinación de política y sentimiento de su esposa y accedió a firmar el Tratado de Almizra en 1244. Aquel acuerdo estableció los límites del Reino de Valencia y garantizó su expansión sin que la espada tuviera que decidir el desenlace.

Más allá de ser una mediadora, Violante acompañó al monarca en sus campañas, participó activamente en la administración de los territorios conquistados y, con determinación, aseguró que su legado perdurara en la estructura del reino. Una reina no solo por título, sino por convicción.
La baronía tras la Conquista
La Baronía de Polop tras la conquista cristiana, se convirtió en un enclave estratégico, disputado entre árabes y cristianos. La semana pasada analizamos la figura de Bernat de Sarrià y cómo éste llega a La Marina, bajo las directrices de Jaume II, para pacificar unos territorios fronterizos en constante revuelta. De Sarrià no sólo consigue el objetivo que le encomendó el monarca, sino que acumuló territorios que aún hoy los expertos continúan analizando y estudiando. Según el Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Alicante, Antonio Cabezuelo Pliego, “la zona que se extiende desde Orihuela y Murcia hasta territorios más al norte del Reino de Valencia: Guadalest, Ayora, Algar, Almaçarof, Polop, Finestrat, Serra, Xirles, Sella, Serrella, Albalat, Tàrbena, Orxeta, Torres, La Vila Joiosa, Anna, Enguera, Benidorm, Calp y Altea son solamente algunas de sus propiedades, aunque el número podría ser mucho más amplio.”

Bernat de Sarrià recibió el señorío de Polop en 1290, tras su muerte sin descendencia, sus posesiones pasaron al infante D. Pedro de Aragón, hijo de Jaume II, y, posteriormente, en 1355, a su hijo, Alfonso de Aragón y Foix, que heredó estas tierras, a la vez que se convertía en el primer conde de Denia.
La baronía de Polop pasó por diferentes familias nobles, por distintos señores, incluyendo la Casa de Aragón, lo que generaba inestabilidad política y económica en todo el territorio, finalmente pasó a manos de la Casa de los Fajardo, quienes la mantuvieron hasta el siglo XIX.
Beatriz Fajardo: la baronesa que transformó Polop
Muchos siglos después, una mujer tomó las riendas de su propio territorio con una visión que trascendía lo convencional. Estoy hablando de Beatriz Fajardo de Mendoza, baronesa de Polop entre 1643 y 1678, tuvo un impacto directo en la evolución de la baronía. Nacida en 1619 en Murcia, perteneciente a una familia noble con un largo historial de influencia en tierras valencianas, no se conformó con heredar el señorío de Polop como una mera administración feudal: lo convirtió en un enclave próspero.

Mientras otros nobles sólo veían sus territorios como espacios de recaudación de rentas, Beatriz tenía una visión más amplia: sabía que la prosperidad no se sostenía meramente con impuestos, sino también con el fomento y la adopción de mejoras que contribuyeran a su rentabilidad. Por ello introdujo importantes cambios en la agricultura, incentivó el comercio local y organizó la administración de manera eficiente. Sus decisiones no solo enriquecieron a Polop, sino que estabilizaron una región que, tras la expulsión de los moriscos en 1609, había quedado vulnerable y mermada.
Al igual que Bernat de Sarrià hiciera, el 8 de mayo de 1325, hace ahora 700 años, al otorgar la Carta de Poblament a Benidorm, con la que no sólo dotó a la villa de entidad física y jurídica, sino que, además, propició el crecimiento y desarrollo de toda la demarcación; Beatriz Fajardo de Mendoza, por su parte, hizo lo propio y en 1666 firma una nueva Carta Puebla, que supone un refuerzo en el sector agrario, con el nuevo aporte de aguas a través de la Séquia Mare, lo que genera un incremento de la población a la villa, así como el inicio de la expansión de la actividad almadrabera y corsaria. La señora feudal sabía de las dificultades a las que se habían enfrentado los vecinos de una localidad durante generaciones, cuando la población quedaba a merced de las inclemencias meteorológicas, la piratería y las epidemias.
La baronesa no sólo dirigió desde las sombras, sino que caminó entre sus tierras, observó a los campesinos y entendió las necesidades de la comunidad. Su papel fue más el de una reformadora que el de una simple administradora feudal. Con su liderazgo, Polop vivió un periodo de esplendor y su legado permaneció incluso tras la desaparición de los señoríos en el siglo XIX.

La baronía experimentó una evolución significativa desde su fundación en el siglo XIII hasta el siglo XVII. Bajo la influencia de Violante, se establecieron las bases territoriales y políticas que permitieron su existencia. Con Beatriz Fajardo de Mendoza, la baronía alcanzó su máximo esplendor, fortaleciendo su economía y estructura feudal. Sin embargo, con el paso del tiempo y los cambios en el sistema nobiliario, la baronía perdió relevancia, especialmente tras la abolición de los señoríos en el siglo XIX.
En paralelo, la historia de nuestro país sigue su desarrollo, las instituciones y demarcaciones territoriales de la Edad Media se quedan obsoletas y sucumben con la llegada del Nuevo Régimen, pero habrá que esperar todavía hasta finales del siglo XIX para que éstas cambien definitivamente. La reforma más significativa llegó en forma de decreto, aprobado el 30 de noviembre de 1833, diseñado para finalizar con el “caos” administrativo de la época. Esta reforma, basada en criterios geográficos y demográficos, tenía por objeto mejorar la administración y gobernabilidad del país, cuya división territorial fijaba 49 provincias.
¡Y seguimos avanzando…!
Durante siglos, Benidorm sufrió ataques de piratas y crisis demográficas, lo que llevó a varios intentos de repoblación. En el siglo XIX, la pesca y la agricultura seguían siendo sus principales actividades económicas, pero el verdadero cambio llegó en el siglo XX con el auge del turismo. La planificación urbana de los años 50 y 60 convirtió a la localidad en un referente internacional, con su característico sky line y su modelo de turismo sostenible.

Hoy en día, Benidorm es una de las ciudades más visitadas de España, con una economía basada en el turismo y una identidad propia, arraigada a su historia, a sus orígenes, a los pueblos de la comarca de la que forma parte, en la que cada vez hay menos lindes y también menos distancias. ¡Y seguimos evolucionando!
*Formación y declive del estado señorial de Bernat de Sarrià en el Reino de Valencia, s. XIII, José Vicente Cabezuelo Pliego, Catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Alicante.
**Foto 6. Grabado de Benjamín Palencia, incluido en el libro de Joaquín Fuster Pérez, Baronía de Polop, editado en 1992.