
Capítulo I
Era víspera de puente y la calles de Nebulonia eran un espectáculo en sí mismas, aunque la periodista Rita Almazán no estaba para fiestas. Llevaba meses, las últimas semanas de manera más intensa, librando una guerra silenciosa contra su ordenador. El técnico que había revisado el equipo esa misma tarde -el único disponible en kilómetros a la redonda-, se había marchado hacía apenas dos horas. Le había prometido que el nuevo sistema instalado pondría fin a los fallos. Pero el cacharro volvió a traicionarla.
– “Cámbialo ya, Rita. Ese trasto está muerto,” le había dicho uno de los técnicos semanas atrás.
– “No, aún tiene mucha memoria, no es viejo. El problema es el software,” le aseguraba otro.
Ella, atrapada entre opiniones contradictorias y una montaña de trabajo, decidió seguir adelante con el ordenador, además no había otra opción en esos momentos. Tenía que preparar una ponencia para el Congreso sobre Comunicación Social y Nuevas Tecnologías, que en dos semanas tendría lugar en Maestia, capital de Histania. Rita, después de desarrollar su labor periodística en varios medios de comunicación, se doctoró en Comunicación Social y Nuevas Tecnologías, lo que dos veces por semana le exigía desplazarse a Aldámuz a dar clases en la Facultad de Ciencias de la Información.

A la convención Rita asistía como ponente, pero la última semana había sido un desastre: apenas había podido escribir unas líneas ni sobre la charla que iba a ofrecer en el simposio, redactar la columna de opinión con la que colaboraba cada semana en un medio digital ni prepararse y organizarse las clases en condiciones. Todo había salido de aquella manera que no era la suya.
Esa noche, mientras le restaba horas al sueño, pero las dedicaba a ganar tiempo perdido de trabajo, el ordenador se apagó sin previo aviso. Rita frunció el ceño, estiró la mano para encenderlo de nuevo… justo cuando recibió un SMS. Luego, un mensaje de WhatsApp. Ambos decían lo mismo:
“Vuelve a encenderlo.”
Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Quién le estaba gastando esa broma de tan mal gusto? Pulsó el botón de encendido. La pantalla se iluminó… pero lo que vio la dejó sin aliento. Nada. No había nada. Ni documentos. Ni carpetas. Ni siquiera el fondo de pantalla. Todo había desaparecido. La pantalla pixelada parecía burlarse de ella. Rita lanzó un grito desgarrador. Otro SMS llegó:
“Ya es tarde.”
Del móvil también le habían desaparecido todos los datos: contactos, aplicaciones, sistemas. Nada. Todo había desaparecido. Un mensaje apareció en pantalla:
“Tu peor enemiga eres tú misma.”
¡Rita histérica…!
Desde aquel viernes por la tarde nadie la había vuelto a ver, la última persona que estuvo con ella fue el técnico en ordenadores que, sobre las 19:00 h., abandonó el apartamento. No sabían nada de ella en los lugares que frecuentaba, ni en la universidad, no había acudido al Congreso de Maestía y a los familiares (hermano y hermana) no les cogía el teléfono al igual que a él. “El Manco” había prometido que acudiría al domicilio de Rita y si no la encontraba, entonces era el momento de interponer una denuncia, mientras que esperasen su llamada.
El cuerpo de Rita
Miguel, su viejo amigo y confidente, usó las llaves de reserva que Rita siempre le había confiado y se dirigió hacia su vivienda. Tres semanas habían transcurrido desde que el informático cerrara la puerta y “el Manco” la volviera abrir.
A Miguel lo sobrecogió el fétido olor que desprendía la vivienda nada más abrir la puerta. La impresión que le produjo verla en esas condiciones lo paralizaron. En el sillón de cuero del despacho estaba Rita: acurrucada, con la mirada perdida, con el cuerpo encogido y un olor insoportable. Miguel sentía que las piernas le flaqueaban. ¡No era solo el olor, era todo en su conjunto!
No quiso tocarla. Se acercó despacio, como si el silencio pudiera protegerla. “Rita”, susurró, con una voz que apenas le salía del cuerpo, Miguel cogió el móvil y, con los dedos temblando, marcó el número de urgencias; al oír al “Manco” hablando por teléfono, Rita abrió los ojos como platos y como pudo se abalanzó sobre su amigo, al que intentó quitarle el móvil que cayó al suelo. Miguel la cogió en brazos para que no se desplomara. Le pedía casi sin aliento: “¡No hables por teléfono ni enciendas el ordenador! ¡Nos vigilan desde todas partes, nos están viendo!”. Y se desmayó.

-Miguel: ¿Quién nos vigila Rita? ¿Quién te ha hecho esto? Le preguntaba mientras su corazón latía con furia contenida. Su vieja amiga se había desmayado o sino lo había hecho estaba lejos, muy lejos. Con sumo dejó el cuerpo de su amiga en la cama.
Desde el teléfono, la mujer que atendía las Urgencias Médicas seguía insistiendo:
Operadora- ¿Sr. qué ocurre? ¿Dónde está? ¿Cómo podemos ayudarle?
-Miguel: Sí, discúlpeme. Hay una mujer que necesita asistencia médica urgente. -La operadora, tras anotar la dirección de Rita, lo pasó de inmediato con el médico encargado de gestionar el Servicio de Urgencias, al que explicó las condiciones en las que había encontrado a la mujer, a la vez que contestaba a sus preguntas.
Después de colgar el teléfono, el viejo zorro sabía que tras esa llamada se iban a producir dos hechos paralelos: por un lado, que el equipo médico tardaría unos 20 minutos en llegar; y, por otro, que al mismo tiempo empezarían a hacer acto de presencia compañeros de distintos medios para conseguir el lugar más cercano al acceso principal del edificio. Era una noticia golosa y, todavía la endulzaba más, que la protagonizara una comunicadora famosa a la que…
Mientras, “el Manco” se sentó junto a su compañera que tenía semi abiertos los ojos y parecía sentir el cariño de su viejo amigo quien empezó a acariciarle el pelo, a comentarle el contenido del libro que se estaba leyendo, la avisó de la llegada un equipo médico (la periodista se estremeció), por lo que comenzó a recordar historias de vis cómica compartidas y que cada vez que remoraban la carcajada estaba asegurada. Rita parecía estar tranquila, Miguel le había cogido la mano y con el dedo angular acariciaba la suya. Sonó el telefonillo, el cuerpo de la enferma se estremeció y con las escasas fuerzas que le quedan presionaba la mano de Miguel para evitar que éste acudiera a la llamada.
-Miguel: ¡No te preocupes, sólo voy a abrir para que suban los médicos!
“El Manco” dejó la puerta del apartamento abierta para no tener que dejarla sola de nuevo. A su vuelta, encontró a Rita intentando levantarse.
-Miguel: ¡Pero mujer que haces! ¿No te das cuenta de que apenas tienes fuerzas…? – Ella dirigió el dedo índice de la mano derecha hacía el escritorio que presidía el frontal de la habitación, en el que había un bloc de notas y un exclusivo portalápiz – ¿Qué quieres: la libreta y un bolígrafo? -Rita asintió con la cabeza-.
Con una caligrafía casi ilegible, escribió: ¡No salir camilla!
-Miguel: ¿No quieres salir en camilla del edificio? Pero si…
No llegó a concluir la frase, en ese momento entró en la habitación un médico acompañado por dos enfermeras. La conductora de la ambulancia esperaba abajo.
El médico y una enfermera entran en la habitación, tras explorarla y tomarle las constantes vitales, el facultativo dirigió a Miguel y le explicó: Su amiga ha sufrido un brote psicótico, presenta síntomas muy evidentes de este tipo trastorno.
La enfermera recostó a la Rita en la cama y la otra con unas almohadas le elevó las piernas. El colocó la mascarilla de oxígeno y con manta le cubrió el cuerpo para que entrara en calor. Le abrieron una vía intravenosa por donde se le suministraba suero.
-Miguel: ¿Doctor se va a recuperar? Supongo que la trasladaran al hospital.
-Doctor: Está débil, todavía hay que realizarle pruebas, análisis y esperar los resultados, aunque creo que de ésta sale. Lógicamente deberá permanecer un tiempo en el hospital hasta que su estado mejore. Después serán los especialistas, los psiquiatras los digan lo que hay que hacer.
-Miguel: Sí, sí, lo suponía. Antes de desmayarse de nuevo, mire lo que ha escrito. -Miguel le enseñó lo que había escrito Rita.
-Doctor: Bueno, de momento debemos esperar un tiempo para que el oxígeno y el suero hagan su efecto. Moverla en estos momentos es contraproducente. Cuando recupere el conocimiento veremos si puede caminar o no, aunque le advierto que es muy probable que se encuentre desorientada, confusa…
Rita acapara los medios
Tardaron más de una hora en salir del piso. Habían acordado que primero bajaría el doctor y Miguel; éste se acercó hasta los compañeros de prensa para desviar su atención de la puerta del edificio, y que les pillara un algo desprevenido la salida de Rita.
Desde la terraza del apartamento habían visto cómo periodistas, cámaras, vecinos y curiosos estaban a la espera de la salida de la Almazán. La noticia de la situación en la que se había encontrado el cuerpo de la comunicadora había corrido como la pólvora por Nebulonia y todos querían captar la mejor imagen, la perspectiva más impactante o tenebrosa. Tal y como ella o él mismo hubieran hecho. La imagen era inevitable, aunque el lenguaje, el mensaje tenía que ser sereno y de absoluta tranquilidad.
Todo se hizo cómo lo habían organizado. A los pies de la escalinata el periodista jubilado y el médico se despidieron estrechándose las manos. El primero se giró para acercarse a sus compañeros, mientras el segundo se metía en la ambulancia y abría la puerta por donde estaba previsto que entrara Rita, (la conductora que había subido a ayudar a bajar a la enferma) y la enfermera.
A medida que “el Manco” se acercaba a los del gremio, éstos empezaron a realizarle preguntas al compañero jubilado:
-Periodistas: ¡Miguel! ¿Cómo está Rita? ¿En qué estado se encuentra? ¿Es verdad que la has encontrado…? -No dejó concluir la frase.
-Miguel: ¡Vamos chicos, chicos, no seáis alarmistas! Y, os lo he dicho mil veces, tampoco creáis a pies juntillas todo lo que os soplan por ahí. -Empiezan los murmullos y algún que otro silbido. – ¡Vamos a ver, si os calláis os lo cuento todo: toda la verdad, ¡pero dejadme hablar!
Después de estar unos días sin saber nada de Rita, sin que me cogiera ni tan siquiera el teléfono, he venido a su casa, con la llave de reserva que tengo, y me la he encontrado en un estado que, os soy sincero, me ha alarmado. He llamado a urgencias que enseguida ha enviado a un equipo sanitario que le ha prestado los primeros auxilios. Afortunadamente no estaba tan grave como yo pensaba y ahora la trasladaran al hospital.
Según el facultativo que la ha atendido y del que, como habéis visto, me acabo de despedir: Rita ha sufrido un colapso mental por estrés continuado, todos conocéis la vorágine de vida que lleva y, aunque débil y un poco desorientada, se recuperará pronto… -No lo dejan acabar la frase-.
Los periodistas alzan la voz para que los mire: ¡Rita, Rita, mira para aquí! ¿Cómo te encuentras?
Miguel se dio la vuelta: la encontró entre la conductora y la enfermera, que habían anudado sus brazos alrededor de la estrecha cintura de la periodista para mantenerla bien sujeta. Rita vestía una elegante gabardina, color grisáceo a juego con las zapatillas que calzaba, y el pelo lo llevaba recogido en un moño, del que se desprendían algunos mechones (las sanitarias habían hecho lo que habían podido para que presentara una imagen, al menos aseada). Las voces sus compañeros de prensa no cesaron, pendientes de cada gesto o movimiento extraño; sin embargo, Rita descendía las escalinatas del edificio como si flotara, con la mirada perdida en algún lugar del infinito. Miguel se había aproximado a las tres mujeres, pero ella pasó junto a él sin reconocerlo y él lloraba sin lágrimas, con la rigidez de quien había visto a su mejor amiga al borde de la muerte.
El viejo periodista había huido del foco mediático. A escondidas mantuvo la mirada hasta que la ambulancia desapareció y, entonces sí, hincó las rodillas en el suelo y, como un niño chico, empezó a llorar, sin estridencia alguna, mientras se preguntaba: ¿Quién había causado tanto daño a Rita? Y se repetía: “La despreocupación por ella era un factor para tener en cuenta.” Un terrorífico escalofrío le recorrió todo el cuerpo, mientras el sentimiento de culpa le iba anidando en el alma.
“El Manco” en comisaría
Minutos después, cuando las lágrimas seguían cayendo como un reguero del lagrima de los ojos, “el Manco” recibe una llamada del Comisario de Nebulonia quien le pedía que, de manera urgente, se personara en su despacho; mientras, al otro lado de la línea, el periodista alejaba el móvil de la boca para evitar que su interlocutor le oyera la voz temblorosa.
-Miguel: ¡Hombre, Don Roque Narváez! ¡A qué tengo el placer de recibir tan grata llamada! ¿Ocurre algo tan grave en Nebulonia que la policía precise de este humilde servidor?
-Comisario: ¡Déjate de gilipolleces “Manco”! ¡Vente para acá echando ostias! No me vengas con ironías que sé de sobra que andas llorando por las esquinas y no es para menos.
Sollozando todavía, Miguel escucha estas últimas palabras como si le hubieran lanzado dagas directas a la garganta. Corre a buscar el coche y pone rumbo a la comisaria. El recorrido lo conoce como la palma de su única mano. Sube en el ascensor hasta la planta cuarta, entra por la sala de inspectores y al fondo lo espera Roque Narváez, junto a dos miembros más de su equipo. “El manco” saluda y estrecha las manos de los tres policías. Narváez le pide por favor que se siente.
-Miguel: ¡Ustedes dirán!
-Comisario: ¡“Manco” Necesitamos toda información que tengas de Rita Almazán en los últimos cinco meses! ¿Con quién ha estado? Si ha aparecido alguien nuevo en su vida, alguna amistad en su círculo más cercano o íntimo; algún cambio que hayas notado en su comportamiento habitual; si chatea con alguien a través de alguna o algunas redes sociales; reuniones que ha mantenido; conversaciones que has tenido con ella en los últimos meses, en las que algún detalle que te llamara la atención; variables que en el momento no le diste importancia pero que con el tiempo te hayan hecho pensar; lo que habéis hablado hoy… En fin, alguna pista que, …
Al viejo periodista le saltan todas las alarmas:
-Miguel: ¿Pistas para qué?
-Inspector Sánchez: Parece mentira que llevando el tiempo que llevas en tu profesión hagas esa pregunta. Pues para investigar quién o qué le ha hecho saltar el chip en la mente de tu colega. -El periodista se levanta impulsivamente, la silla cae y se encara contra el policía, pero Narváez interviene antes de que la situación vaya a mayores.
-Comisario: ¡Sánchez, pídale inmediatamente disculpas a Miguel Pérez Mendoza! Salgan los dos del despacho, usted también García, y cierren la puerta. Perdona Miguel, ya sé que no hay excusa, pero estamos todos muy nerviosos.
-Miguel: También para mí está siendo un día muy jodido. Además, intuyo que no es el de Rita el único caso que estáis investigando. ¿Quiero saber cuántos más se han producido? ¿Qué hay detrás de todos ellos? ¿Y qué relación o coincidencia guardan entre sí?
Aunque “el Manco” intente mantener su apariencia de tipo duro, las lágrimas de nuevo le surcan la cara. Al comisario le está acongoja la situación. Deja junto a su invitado una caja de pañuelos de papel, pide a los agentes que le lleven agua fresca y le echa el brazo sobre los hombros para tranquilizarlo.
-Miguel: ¡Le he fallado! -Exclama en un susurro.
-Comisario: ¿A quién les has fallado?
-Miguel: A Rita, no la he creía ni he estado, cuando me ha necesitado. Me he mofado y reído de ella… -Se derrumba de nuevo y empieza a llorar. Transcurridos unos minutos, empieza a hablar de nuevo-. Estaba nerviosa, el ordenador hacía meses que la llevaba de cabeza, me contaba historias que no me las creía, me echaba a reír. De hecho, sino me he preocupado antes por saber de ella es porque estábamos enfadados. Bueno, mejor dicho, ella estaba enfadada conmigo. Me contaba una de esas historias que le estaban ocurriendo con el ordenador, que le preocupaban mucho y que, como soy un auténtico cretino, no me creía, me las tomaba a guasa. -Coge un vaso de agua y se lo bebe de un trago. Sigue con el relato de los hechos-.
La última vez que nos vimos, estábamos tomando un café en “La Brújula,” al día siguiente ella daba clases en la universidad. Estaba comentándome, de nuevo, alguna historia que le había pasado con el ordenador me hizo tanta gracia que las carcajadas salieron solas.
Rita se enfadó tanto que al levantarse casi vuelca la mesa y, sin dejar de mirarme a los ojos, va y me suelta delante de toda la cafetería: “Eres un impresentable, un imbécil. Pasará algún tiempo antes de que volvamos a cruzar palabra alguna. Sino me crees es porque consideras: o bien que estoy loca o bien que lo cuento es mentira, pero ni estoy loca y, menos aún, soy una mentirosa. Amigos como tú, en estos momentos, no los quiero a mi lado. ¡Vete a la mierda y ríete de tu puta madre!” -Cogió el bolso, la chaqueta y se marchó. No la he vuelto a ver hasta hoy-. Miguel empieza a sollozar.
Y cuando me has llamado hoy, ya ha había empezado hacerme mis propias conjeturas que, creo, me vas a confirmar.
Comisario: Miguel, de verdad, lamento mucho la situación en la que te encuentras. Ya sabes lo que se dice: ‘La realidad supera a la ficción’. Es un caso desconcertante que nos mantiene en vilo. He creado un equipo de cuatro inspectores, de mi máxima confianza, y yo. No me fío ni de mi propia sombra. ¡No sabemos qué hay detrás ni si nos enfrentamos a personas o máquinas!
-Miguel: ¿Cuántas víctimas hay?
-Comisario: El número de victimas con exactitud no lo sabemos, hemos empezado a contabilizar a partir de que iniciamos la investigación, hace unos dos meses. Son casos incongruentes; hechos que, aparentemente, entran dentro de la normalidad pero que si rascas un poco de normales no tienen nada; personas, circunstancias, vidas que no guardan relación alguna; no existen denuncias ante la inconsistencia de las pruebas.
Empezamos a tirar de un fino hilo cuando, una persona de toda mi confianza y círculo más próximo empezó a comentarme lo que su hija le comentaba desde un tiempo a esta parte y la llevaba por el camino de la amargura. Coincidimos en varias ocasiones y el asunto iba a peor: mi amigo se descargaba conmigo.
Empecé a interesarme por el tema por mi cuenta para ver cómo podía ayudar a mi amigo que estaba desesperado, pero sin contar nada a nadie. A partir de ese momento, las piezas del puzle comenzaban a encajar. El escenario era el mismo: por un lado, un despacho, una oficina, una sala de estudio, la trastienda de un negocio con gerente único; y por otro, un ordenador, un móvil o una Tablet. Y en el centro de la escena una víctima: con un brote psicótico, en las mismas condiciones en las que has encontrado a Rita esta mañana, o peor aún, tras haberse quitado la vida. Son siete las víctimas, incluyendo a Almazán. He avisado a la Unidad de Investigación Científica del Ejército y a hablado con los secretarios de los Ministerios de Defensa e Interior. Estamos esperando respuesta.
No tengo que decirte que esta información es absolutamente confidencial y que cualquier información, por mínima que sea, puede que para la investigación sea clave.
-Miguel: Esta mañana, cuando he abierto la puerta del piso, el hedor me ha echado para atrás, me temía lo peor; al ver el demacrado cuerpo de Rita, acurrucado en el sillón de su despacho, creí que mis temores cobraban forma de pesadilla y que estaba muerta. La persiana entreabierta impedía ver poco, sólo cuando encontré el interruptor de la luz pude comprobar que aún respiraba. De inmediato he llamado al número de Urgencias… -El periodista relató todo lo que había sucedido. Se detiene bebe agua, respira hondo, las palabras se le empiezan a atragantar-.
Lo último que me dijo como un susurro fue: “¡No hables por teléfono ni enciendas el ordenador! ¡Nos vigilan desde todas partes, nos están viendo!”
El último mensaje que recibí de ella aquí lo tienes: Miguel dejó encima de la mesa el block de notas abierto por el folio con las últimas palabras escritas por Rita.
-Comisario: ¿Algo más?
Miguel coge de nuevo la pequeña libreta y busca una página en la que él mismo había plegado el extremo de un margen inferior. Y la vuelve a dejar en el mismo sitio. El comisario lee unas anotaciones, ahora más legibles.
– “El sistema digital que manipula las redes, destruye reputaciones, borra identidades y despoja a las personas de sus bienes más simbólicos: su voz, su historia, su verdad.”
– “Tengo la sensación de haber sido “descartada” por la sociedad, como si mi voz ya no importara. ¿O me he aislado yo?”
– “Fragmentada pero lúcida, tengo que dar la voz de alarma, la que conecte los hilos.”
El comisario, el equipo que había formado para llevar la investigación con el mayor de los sigilos, un caso que ni él mismo sabía si era caso, unos hechos que las familias comentaban entre sí, pero que cada vez eran más frecuentes, una ciudad que no era tal, sino un pueblo en el que noticias o bulos se divulgaban a velocidad récord, cómo ese mismo día había ocurrido le había ocurrido al propio “Manco”, la aparición en todo este asunto de Rita Almazán, personaje público y las frases que estaba leyendo en su pequeña libreta, alertaban al comisario a la vez que disipaban cualquier tipo de duda: así lo reflejaba con su puño y letra una de las comunicadoras más valoradas en el entorno.
Narváez no podía dejar de mirar la libreta, ya no leía las frases, pensaba en silencio. Rita, ingresada en la UCI, en poco más de un mes volvería a Nebulonia. No levantó lo ojos del block ni cuando Miguel, que acaba de recibir un mensaje, e hinchado de alegría, le comunicaba la última hora sobre el estado de salud de la Almazán de mano del propio médico que la estaba asistiendo en el hospital, amigo de ambos periodistas. El “viejo zorro” empezó a fijar su mirada en el comisario.
-Miguel: Roque sé en lo que estás pensando. La cosa se pone fea ¿verdad? Por un lado, el testimonio de Rita le da veracidad al caso; mientras por otro la frase: “Fragmentada pero lúcida, tengo que dar la voz de alarma, la que conecte los hilos.” Es toda una declaración de intenciones. ¡La guinda que falta le faltaba al pastel! -El comisario alzó la cabeza-.
-Comisario: Sabes mejor que yo (aunque creo que igual Rita ni es consciente de ello), que éste no es que sea un caso delicado, sino extraordinariamente delicado. -Narváez se levantó y se puso a mirar por la ventana -. Miguel te agradezco mucho que hayas venido con la celeridad que lo has hecho y tras unas pasar por un trago tan amargo Nos has proporcionado abundante información que no sólo vienen a confirmar nuestras sospechas, sino prácticamente a verificarlas. -En ese momento se da la vuelta, busca la mirada del “viejo zorro”-. ¡Por lo que más quieras, no me traiciones, no me vendas ni comentes nada a nadie! Hay vidas en juego, como tú mismo has podido comprobar. Me alegro de que la situación de Rita no haya sido tan grave como inicialmente se preveía y, tras el tiempo que requiera en el hospital, y su paso por el Centro de Salud Mental, vuelva con más fuerza que nunca. ¡Pero, por Dios te pido que no le digas nada! Si ella te saca el tema no te rías, escúchala, pero si quisiera realizar algún reportaje o emitir comunicado lo que sea, me da igual, a través de algún medio de comunicación avísame, antes me gustaría hablar con ella. Estamos en un país democrático en el que la Libertad de Prensa es uno de los pilares básicos del Estado, sólo me gustaría hablar con ella antes. Si quieres vete ya. ¡Anda que hoy lo has dado todo!
-Miguel: No tes preocupes Roque, sabes que soy un hombre de palabra, además no estamos en un momento como para darle más sustos a la sociedad, ya tiene bastante con lo que tiene. Te comprendo perfectamente, el miedo a la “psicosis colectiva” siempre está ahí, sabemos que la realidad supera a la ficción y éste es un tema que alimenta pasiones, pero también desconfianzas y temores. No estamos en momentos de alarmar a los vecinos que bastante tienen con llegar a fin de mes, aunque muchos no llegan.
Los dos hombres se acercan, se estrechan la mano y se despiden. Miguel sale del despacho y en unos minutos lo hace el comisario que baja por las escaleras de atrás. Necesitaba que le diera el aire.
Intervención de la Unidad de Investigación Científica
El comisario estaba muy preocupado con este asunto. La frase de Rita Almazán no era sólo una advertencia, era tener la espada de Damocles encima de la cabeza. En un mes y medio como mucho estará de vuelta en Nebulonia. Tenía que pensar en todas las posibles situaciones que podrían…- Suena el móvil.
Subió por el ascensor de la puerta principal, entró como una exhalación. Les había mandado un mensaje, los hombres del equipo lo estaban esperando cuando llegó.
-Comisario: Me acaba de llamar Paco Fernández, de la Unidad de Investigación Científica. Me han convocado para asistir a una reunión mañana a primera hora en Maestia. Jiménez usted se viene conmigo, váyase a casa y llévese por lo menos una muda. Si pasara cualquier cosa o nos tuviéramos que poner en contacto por alguna situación determinada, lo haréis a través Almedo. Y contigo ya hablaré cuando a la vuelta. -Narváez señalaba con el dedo al inspector que horas antes se había encarado con “el Manco”.
Avance: Capítulo II
El Reencuentro
En “El Reencuentro” la intriga se convierte en tensión cuando Rita Almazán llega a Nebulonia, el subsuelo comienza a hablar y aparecen personajes interesantes, difíciles de catalogar, secundarios que irán ocupado su espacio, …
El leviatán” acecha a su próxima víctima. El comisario Narváez trae instrucciones precisas de Maestia, Paco Fernández, bueno, al científico lo descubrirán más en el capítulo del próximo sábado.
El reencuentro entre Miguel y Rita, sin verse unos tres meses, pasa por varias etapas. La crisis ha hecho mella en la mujer; y también en “el Manco”, a quien los sentimientos de culpa y remordimiento lo siguen atosigando, así como su charla con el comisario. Con todo el dolor del mundo intenta evitar a Rita, pero será ella quien vaya a su encuentro.
Tras una agradable cena, deciden salir, en lo que se convertirá en una gran noche de farra. Atardecía ya cuando ellos empezaban a dar las primeras señales de vida, con el cuerpo aún descompuesto y un intenso dolor de cabeza, Miguel decide pedirle perdón a Rita, contarle que había realizado unas “investigaciones” y obviar su paso por la comisaria. Le hace prometer que el asunto era tan grave que se tenía que quedar entre ellos dos.
-Rita: ¡Por favor, Miguel! ¡Eso no hace falta ni que lo digas!
-Miguel: ¡Hija de putaaaaa!
Apenas han transcurrido diez minutos, entre una situación y la otra. ¿Qué habrá pasado para explote “el Manco” así contra su amiga del alma? No les voy a avanzar más, las respuestas a todo las tendrán en “El Reencuentro”, el próximo sábado con la segunda entrega de Encrucijada.