La revolución digital, ese universo confuso y cambiante, ha dado un vuelco al paradigma social y a los patrones de consumo del siglo XX. A tomar viento la modernidad, la familia o la industria cultural tal como se entendió durante décadas. Porque ahora nada parece tener tanto valor como para merecer un esfuerzo constante. Importa el aquí y ahora: carpe diem.

Vivimos en la era del consumo random, sin ton ni son: belleza, armonía, música vibrando a pocos centímetros del fondo. El medio de difusión, las redes sociales, son acequias donde se vierte de forma anónima y veloz multitud de fluidos fluorescentes que van conformando colores vibrantes, estímulos fugaces no diseñados para beber sólo para mojarse los labios. Todos queremos todo. Hasta aquí súper asequible y adictivo para el consumidor global: nosotros scrolleando.
Ahora vas y me preguntas por el periodismo…y tengo tantas dudas. Siempre he creído que la archiconocida sentencia «sin periodismo no hay democracia» es una tremenda falacia. Lejos de mantener una actitud vigilante, el periodismo ha sido el lobo al cuidado de las ovejas. Se veía venir desde hace más de 50 años. Se han hartado de advertírnoslo Galeano, Chomsky, Umberto Eco y todos aquellos pensadores que yacen enterrados desde mucho antes de morir. Anclemos en nuestra mente a Mc Luhan con su medio es el mensaje: la acequia y los fluidos.

Pues bien, como la maldad llama a maldad y el mismo periodismo se ha declarado impúdicamente establisment en boca de los supuestos vigilantes tipo José Luis Cebrián o García Ferreras.
El mismo mezquino sistema propaga la solución: los nuevos medios digitales son ventanas al mundo libre de intereses, son la voz del periodismo ciudadano, en otras palabras, todos podemos verter líquido a la acequia. La aldea global es ahora un patio de vecinos donde se escucha a quién más grita. Donde sólo se reciben los mensajes de los afines, rebozándose en la propia opinión, alejándose de la pluralidad. Y entre sobre información, parcialidad y caos ¿Cómo saber qué es verdad y qué es mentira? ¿Quién es ciudadano, quién es empresa y quién es establishment?
Pues nada, para eso se crea el periodismo fact-checking qué tamiza la verdad de la mentira, el grano de la paja … y en este punto preciso, se produce otra vuelta de tuerca, la tecnología deja de ser alcanzable para esos “ciudadanos periodistas” en muchos casos analfabetos digitales y se convierte en una herramienta especializada, compleja, apta para pocos: que si los gráficos de dispersión, que si los mapas por satélite, que si el procesamiento de datos o la IA.
¿Cuánta información se queda fuera?
¿Quién la controla? Supongo que los de siempre, los que persiguen intereses. En la acequia los fluidos confusos aspiran a convertirse en ese refresco delicioso con el que deseas mojarte los labios, golosinas de información que te apetecen consumir, pero eso lo describió Ignacio Ramonet hace más de 20 años (La golosina visual, 2000 Ed.Debate) así que nada nuevo bajo el sol.
El nuevo paradigma social donde las familias son frágiles, la industria cultural pobre, los valores exiguos y el consumo el nuevo dios, en este contexto, la verdadera manipulación consiste en haber conseguido anular el valor a la información. En ocasiones la realidad apesta, es mejor no saber, o acaso ¿alguien se acuerda de Wikileaks o del caso Snowden?
He pensado con frecuencia en cómo ha cambiado mi vida la tecnología. Comodidad, accesibilidad, pero también incomprensión y velocidad frenética, inalcanzable.
¿Cuánta gente se queda fuera?
¿Cuánta información se queda fuera?
Periodismo participativo, todo el mundo habla de todo. El caos, la sobreinformación, el vacío.
No confío en el sistema, nunca lo he hecho.
* Artículo de Ester Vidal (Benidorm 1970). Licenciada en Periodismo, trabajó durante 20 años en los servicios informativos de Canal 9.
Actualmente profesora de secundaria en el Ies l’Arabí en L’Alfàs del Pi.
Acaba de concluir el «Máster en Innovación Periodística» por la Universidad Miguel Hernández.