
Siempre me han gustado los cementerios antiguos, leyendas góticas de terror aparte, creo que tienen mucho de poesía, parece que siempre los guarda una bruma misteriosa, incluso en el día más claro, hasta cierta musicalidad, como un eco mudo, primitivo, un susurro que flota en el aire. Atesoran, además de muchos recuerdos e historias de toda índole, el encanto de épocas pasadas, las huellas que dejaron en esta tierra el paso de otros hombres y mujeres, nuestros ancestros. Son un jardín de mármoles y flores, un “huerto de cruces” al decir de nuestro escritor Gabriel Miró, cuya expresión encierra igualmente mucho de poesía, aporta algo de calor y lírica a la frialdad del lugar.
El viejo cementerio municipal que conocemos, sito en la esquina de las avenidas Nicaragua y Uruguay y que data del año 1887, es en realidad una ampliación del que ya existía desde el año 1804, al que conocían como “Foia del Bolo” o simplemente “Cementerio Viejo”. Fue a raíz de su ampliación cuando pasó a ser propiedad del municipio y las familias más adineradas se hicieron construir importantes panteones, ya que si uno tiene que morir que por lo menos descanse con dignidad y desahogo, claro que sí. Gaspar Ortuño compró 25 metros cuadrados en noviembre del mismo año de la ampliación para hacer un panteón familiar, por los que pagó 937 pesetas; Josefa Orts en el 1898 pagó 1.250 pesetas por su parcela, debemos recordar que algunos de sus antepasados tuvieron el privilegio de ser enterrados en la misma parroquia de San Jaime, siendo familia de gran importancia y devoción en nuestro pueblo. Estamos hablando de las mejores fincas del cementerio, pero no voy entrar en controversias si ésta, aquella familia o la de acullá era más importante o poderosa, no voy a meterme en ese jardín, nunca mejor dicho. También podemos encontrar a fines del XIX sepulturas de primera y segunda clase por 180 y 65 pesetas y, más humildes, bastante más humildes por 20 pesetas.

Siempre ha habido clases, más, aunque al fin y al cabo todos vamos al mismo sitio, no deja de ser simpático que volvamos a encontrarnos los vecinos y que éstos continúen manteniendo la ostentosidad en esta otra finquita. Allí están también los Bayona, los Thous, los Vaello- Llorca, los Fuster, los Vives, los Pérez y tantos otros. Todos descansan allí, de la misma manera que lo haremos nosotros algún día, nadie está a salvo de ello, allí quedarán nuestros huesos para los restos, en ese viejo almacén de ambiciones, de sueños y desvelos, de trabajos, esfuerzos y sinsabores, de alegrías y penas, de lágrimas y abrazos, de sonrisas, de ternura y amor.

No olvidemos lo importante que era tomar medidas higiénicas en aquel tiempo, el XIX fue un siglo desastroso en cuanto a epidemias, especialmente la que se padeció dos años antes, en el 1875, la epidemia de cólera morbo asiática que entró por el puerto de Londres y tanto daño hizo en toda Europa, en pocos años llegaba aquí y asolaba la provincia, con gran dolor entre la población de Benidorm. Entre las medidas- algunas ya se usaban de antiguo-, estaba la de cómo debía enterrarse a los adultos, a una profundidad de metro y medio, a los niños a un metro, cubiertos por una capa de cal viva, era el método tradicional que se utilizaba para desinfectar y neutralizar los gases producto de la descomposición. Durante la reciente pandemia fue de gran ayuda para desinfectar los hogares y aguas fecales, en los enterramientos debía de usarse siempre, salvo en aquellos casos que el cuerpo fuese embalsamado y guardado en una caja de zinc herméticamente cerrada. Los restos de féretros y mortajas tenían que ser quemados tras la exhumación del cadáver en el lugar más apartado del recinto, tampoco podía celebrarse otro enterramiento hasta transcurridas 24 horas del fallecimiento que les ocupaba. Las sepulturas de tercer o cuarto orden debían tener un número por fosa, el mismo que se le colgaba al cadáver sobre una plaquita de zinc o plomo, “para evitar dudas”.
Igualmente existían medidas higiénicas de conciencia, así los niños que no estaban bautizados debían reposar en departamento separado, como los fallecidos fuera de la religión católica.
También, tengo que decir, existía un depósito de cadáveres, lo cual era muy moderno y denotaba postín en aquellos tiempos.
Cuando éramos chavales, recuerdo, solíamos retarnos a entrar por la noche en el viejo camposanto -me gusta esta palabra- y, tengo que confesar que lo hicimos una fría noche de invierno. El reto era saltar el muro, llegar hasta el centro del recinto y fumar sentados sobre una lápida. Cuando uno es joven comete muchas tonterías, son fruto de la imprudencia y atolondramiento, teníamos 16 años y ganas de demostrar y afirmar nuestro valor y hombría. Éramos cinco amigos, cinco locos los que hicimos de aquella aventura una cuestión de honor. Ya era avanzada la medianoche, observamos que no pasara ningún coche antes de trepar por el muro y saltar sobre la grava del cementerio como gatos. Aquello estaba muy tranquilo. Demasiado. Toda aquella arquitectura de líneas y formas humanas que parecía emerger de la misma tierra estaba bañada por una suave luna creciente. Llegamos hasta una lápida que había en el centro y nos sentamos. Alguien leyó los nombres que estaban esculpidos en ella: también son ganas. Comenzamos a fumar y a bromear en medio de la inquietud, un recurso más para ahuyentar el miedo. En medio de la penumbra, aquella pequeña brasa incandescente al fumar, resaltaba los relieves de nuestros rostros, mostrándolos más cadavéricos. Nos hallábamos rodeados de edificios altos, hoteles, tráfico, luces, la playa y, sin embargo, el silencio allí dentro era absoluto, parecía que formásemos parte de él, que estuviésemos absorbidos por aquella quietud majestuosa y atemporal. Entonces escuchamos un ruido, un roce de algo que se movía entre los arbustos, y nos faltó tiempo. Salimos más rápido que entramos, hasta la luz de la colilla quedó en el aire, corríamos, sólo sé que corríamos, con la sensación de que algo inconcreto nos perseguía. Nos faltaba el aire cuando saltábamos el muro, aferrándonos a toda aquella obra muerta para trepar sobre estelas, cruces, coronas y angelotes, todo nos ayudaba a volar. Todavía éramos jóvenes para quedarnos allí.
Posiblemente fuese un gato, uno de tantos que pulula por el lugar, un gato aburrido que, sorprendido por nuestra presencia, vino deslizándose entre los arbustos para conocernos, un gato loco como nosotros.
Posiblemente.

Me gusta nuestro viejo cementerio con su calma y paz, acompañada por el trino de algún pájaro, allí se detiene el tiempo, la lluvia cae triste y gris cuando llueve, acompasada, dulce, indolente; las hojas son arrastradas por el viento en el otoño y, durante la canícula del verano, arden las lápidas y mármoles, se agostan las flores y arbustos, las chicharras oxidadas soliviantan y tensan aún más el aire con su metálico y monótono chirrido, sin embargo, al caer la noche, el canto del grillo es el protagonista, adormece el sueño de los justos, y el frescor de la luna lo baña todo como un rico bálsamo y huele diferente, a flores y hojas secas, a tierra y resina, a humedad estancada. Allí descansan nuestros héroes del pasado: jueces, abogados, médicos, bandidos, guardias, corsarios, contrabandistas, pescadores, arrieros, bodegueros, agricultores, comerciantes, profesores, artesanos, alcaldes, funcionarios, barberos, enterradores, al final, todos reposaremos juntos.

No los olvidemos, no olvidemos nunca su memoria porque también es la nuestra.
Nuestro viejo cementerio. Rafa Amorós
Obra consultada: Periódico Información. Benidorm se asoma a la vida del siglo XIX a través de la muerte” Arturo Ruiz, “Histobenidorm. La pandemia del cólera morbo asiático en Benidorm” Francisco Amillo Alegre, “Periódic el Calvari. EL Virgen del Sufragio: cementerio e historia al borde del mar” Belén Richarte.
Gracias Rafa, un artículo cercano y enriquecedor.
Gracias a ti Maribel