
De los muchos y merecidos homenajes rendidos a la artista Beatriz Lenclós, publicados en estos días en los medios, este quizá sea el más breve y sencillo, pero no por ello menos sentido. Desde estas páginas no hemos querido dejar pasar la oportunidad de expresar nuestro reconocimiento a una figura que brilló con luz propia en los escenarios españoles, hasta que decidió dar un giro a su vida y echar raíces en esta tierra.
La belleza y la elegancia fueron siempre rasgos que acompañaron a esta mujer, y de ellos hizo gala hasta su despedida.

Pero ¿quién fue Beatriz Lenclós?
Una artista de los pies a la cabeza: cantaba, bailaba, interpretaba y se codeaba con los grandes de su época. Y triunfó, sin duda. Numerosos testimonios así lo confirman.
Actuó con fuerza y elegancia en los escenarios de los grandes teatros, acompañada de figuras igualmente reconocidas. Tenía voz, estilo, gracia y ese savoir faire que la llevó a ser considerada la vedette de las señoras y la señora de las vedettes. Una auténtica señora, dentro y fuera de los escenarios.
Hoy diríamos de ella que fue una mujer empoderada. Como artista, ocupó portadas de numerosos semanarios que destacaron no solo su belleza, sino también su solvencia profesional.

Con apenas 12 años, en 1936, actuaba ya en el Teatro Español de Madrid como bailaora en el cuadro flamenco del maestro Ángel Pericet, compartiendo escenario con figuras como Carmen Amaya y La Argentina, y con la presencia de grandes nombres de la
cultura como Federico García Lorca, Manuel Machado, Quintero, León y Quiroga o Alfredo Marqueríe Mompín.
Durante la Guerra Civil española (1936-1939) formó dúo de claqué con un joven Tony Leblanc en teatros del madrileño barrio de Chamberí, al estilo de Ginger Rogers y Fred Astaire.
En las décadas de los años cuarenta y cincuenta se consagró como primera figura del teatro español, protagonizando revistas musicales y siendo compañera habitual de artistas de la talla de Augusto Algueró, Mary Santpere, Ángel Ter, Lina Morgan, Alfonso del Real o José Orjas.

La revista vivía entonces su época dorada y, en ese mundo de aplausos y música, brillaban artistas inolvidables para varias generaciones. Quizá los más jóvenes deban hoy preguntar, investigar o consultar en redes, pero sin duda valdrá la pena.
Sin embargo, al hablar de Beatriz Lenclós —nombre artístico de Beatriz Delesma— no basta con recordar la fama y el brillo de los escenarios. Es necesario detenerse en la persona que existía detrás de los focos, en la mujer que supo elegir su propio camino.
Más allá del éxito artístico, hubo otro triunfo, quizá el más importante: el de Beatriz como mujer.

En una pausa necesaria, buscando descanso y calma lejos del bullicio del Madrid de los años cincuenta, de las giras y los ensayos, le hablaron de un lugar lleno de encanto y de playas inmensas: un Benidorm pequeño y sereno, donde el mar y el silencio ofrecían refugio. Y fue aquí, en este paraíso, donde encontró algo inesperado: el amor.
En su vida apareció Maximiliano Vaello, un joven ingeniero industrial, hijo de Benidorm, y simplemente ocurrió. Beatriz escuchó a su corazón. Dejó atrás la fama, los aplausos, las portadas y el reconocimiento público.
Y ganó una vida plena.
Fue esposa y madre feliz, y vivió con intensidad cada momento junto a la familia que ambos construyeron. No parece que echara de menos lo que dejó atrás, porque lo que tenía ante sí era, sin duda, más valioso.
Beatriz Delesma es mucho más que una imagen detenida en el tiempo. Detrás de los recuerdos y los símbolos hay vidas completas, decisiones valientes y personas reales.
Benidorm, nuestra comarca, puede sentirse orgullosa de haber contado entre los suyos con grandes nombres, pero, sobre todo, con grandes personas. Son ellas las que dan verdadero sentido a su historia.
Hoy rendimos este pequeño homenaje a una gran artista, pero, ante todo, a una mujer que supo elegir, con libertad y coherencia, la vida que deseaba vivir. Y que, sin duda, fue feliz.
Me ha sorprendido su historia. Beatriz de Lencons fue admirada, aplaudida, una mujer que brilló sobre los escenarios y, sin embargo, el tiempo casi la borró. Fue vedette en una época en la que el éxito era intenso y el olvido rápido. Descubrirla es recordar a tantas mujeres que lo fueron todo durante un instante… y cuya luz aún merece ser contada. Gracias Maribel por esta bonita historia.