
Bértele, a los 19 años emigró a España, en concreto a nuestra, solo y sin conocer la lengua. Gracias a otros compatriotas y a su tesón, iniciativa y valía personal, consiguió trabajo en las más distintas y variopintas faenas: albañil, jardinero, comercial o armador de barco…, y como empresario lo fue de otros negocios. A ‘El Suabo’, como también es conocido, le cambió la vida cuando conoció a Cecilia, el que dice ha sido el amor de su vida, gracias a la que adquirió una tercera cultura, la de Colombia, país del que ella es originaria. A sus 80 años, el empresario reconstruye en su mente una vida azarosa, en la que ha sorteado mil y una aventuras y emprendido diferentes negocios; sin embargo, por el que varias generaciones de residentes y visitantes le recordarán es por haber fundado y regentado el Pub “La Sal” en Benidorm, durante más de 40 años. Quieren saber más sobre el Bértele que no conocemos: el emprendedor incansable, el aventurero audaz, … ¡Pasen y lean, les garantizo que la historia de “El Suabo” les sorprenderá!
A Albert Kaiser Weber, Bértele para la familia o ‘El Suabo’ como también se le conoce, emprendedor donde los haya, con una intensa vida que, a sus 80 años, y desde la perspectiva que da el paso del tiempo, se ha convertido en una trepidante historia en la que, el protagonista de esta semana ha tenido que sortear mil y una aventuras. Una vida del todo desconocida para aquellos que frecuentábamos el pub ‘La Sal’, del que ha sido fundador y gerente junto a Cecilia, su mujer, durante más de 40 años. Le decía a su hija María Angélica, mientras elaboraba este reportaje, que me parecía increíble la biografía de su padre, porque cuando acudía a ‘La Sal’, tras la barra siempre estaba este hombre de aspecto tranquilo, con la cara sonriente y mofletes sonrosados, del que hubiera imaginado tener una vida tan “aventurera.” María, ahora gerente del establecimiento y amiga desde el colegio, reía durante la conversación y exclamaba: ¡ A que sí, a qué parece mentira !
De hecho, a este alemán, ya español, llega a nuestro país hace la friolera 62 años. Viene solo, con 19 años y sin hablar castellano. A lo largo de todos estos años ha tenido diferentes y variopintos trabajado y numerosos negocios. Un ritmo vida a la que poca gente se acostumbra pero que para Bértele suponían su día a día. De hecho, no sería hasta cumplidos ya los 40 años, cuando su vida dé un giro de 180 grados. El acontecimiento que cambia, lo recordarán muchos de los que nacieron en la década de los 70, fue la inauguración de la Pista de los ‘Chopper’, del Europa Park, el parque de atracciones de Benidorm, el 8 de julio de 1980. Y tendrá lugar en la recepción del parque, en la que Bértele conoce a Cecilia, Ceci, de la que se enamoró locamente. Fue todo un flechazo. Casada y de procedencia colombiana, Cecilia tenía dos hijos. ‘El Suabo’ exclama: “¡Ceci lo representa todo para mí ! Ha sido el motor de mi vida, mi razón de vivir, no me arrepiento haber pasado los últimos 40 junto a ella.”

El flechazo fue mutuo, tanto es así que a principios de 1984, ambos se separan de sus respectivas parejas y en junio se van a vivir todos juntos a un apartamento en Benidorm. La pareja intentó abrirse camino en el gremio de la perfumería, pero el negocio no prosperó, por lo que deciden abrir un pub, al que bautizan como ‘La Sal’, un icono de la noche benidormí que han regentado durante 40 años y que ahora, ya jubilados, dirige su hija María Angélica. ‘La Sal’ marcó toda una época y con ella a varias generaciones de jóvenes, tanto locales, como de visitantes. Durante muchos años ha sido el pub de moda y punto de encuentro de la juventud con ganas de salir de fiesta.
Para Bértele, el éxito de ‘La Sal’ radica en el “trato personalizado con el que tratábamos a los clientes, porque en este tipo de negocios no se trata sólo de vender copas sino que también hay que conocer a la clientela a fondo, estar en el sitio apropiado, tener buenos precios, acordes con la calidad del producto que ofreces, esmerarte y mimar la decoración del local, poner buena música y, fundamental, brindar la mejor sonrisa e irradiar simpatía a raudales.”

Ceci y Bértele se casan el 24 de octubre de 1993, con una ceremonia que tuvo lugar en Polop, a la que toda la comitiva acudió en coches de época descapotables. Una vez casados, la pareja y los invitados pusieron rumbo al puerto de Benidorm, donde les esperaba un gran yate que elevó anclas para recorrer la costa mientras en su interior se celebraba un gran convite de gala. La jornada terminó cuando la embarcación paró motores frente al lujoso Hotel Montíboli, ubicado en una espectacular cala de La Vila Joiosa, en el que ‘El Suabo’ tenía cena y suite reservada, toda una sorpresa para Ceci, con la que se puso el broche de oro a un día que no olvidarán nunca. Así lo relata el propio protagonista: “Era un sueño que quería hacer realidad y que me llevó a dar lo máximo que me podía permitir en esos momentos. Todo salió bien, fue un día maravilloso.”
Una vez casados, la pareja viaja a Bogotá (Colombia), para que la familia de Ceci conociera a Bértele, quien narra cómo fue el encuentro: “Para mí fue algo inesperado porque, sin conocerme, me acogieron con mucho amor desde el principio, lo que me dejó perplejo, a la vez que agradecido.”
Actualmente la pareja de jubilados vive en una amplia casa, con un gran jardín, a cinco kilómetros de Benidorm, a los pies del Puig Campana, en una extensa zona verde, en la que reinan los pinos y las palmeras. Allí reciben a sus hijos y nietos que siempre acuden a su abuelo para que les cuente alguna historieta o a la abuela para que les guise un plato en especial o, simplemente, para disfrutar de la piscina
Los orígenes
Como siempre digo, para comprender la vida de Albert Kaiser Weber nos tenemos que remontar a sus orígenes. Empezamos. Cuando a ‘El Suabo’ le faltaban apenas tres semanas para nacer, en el vientre de su madre ya sentía que algo andaba mal en el exterior. En el cuerpo de su progenitora se manifestaba en una intensa aceleración del corazón y unos bruscos vaivenes, que luego supo se debían a las prisas por aligerar las piernas y apresurar el paso para los escalones que conducían al sótano. Allí, los vecinos de su edificio temblando por el frío y el miedo, rezando unos, lloraban otros, escuchaban atentamente el zumbido tan característico de las bombas, antes de impactar sobre su objetivo, a la espera que no les a alcanzara ninguna a ellos.
Los rumores de un inminente ataque aéreo que iba a borrar a Pforzheim del mapa habían corrido como la pólvora por la ciudad. Bertl, el cabeza de familia, no se lo pensó dos veces y decidió poner a todos en marcha (sólo portaban un pequeño carrito de mano) y trasladarse, con los medios que encontraran a su paso, desde Pforzheim, próxima al norte de la Selva Negra alemana, hasta el Allgäu bávaro, al sur del país. La distancia que separaba a ambas localidades era de unos 200 kilómetros que la familia recorrió en circunstancias verdaderamente adversas.
Bertl se había casado con Hilde, viuda de guerra con tres hijos: Herbert de 12, Marianne de ocho y Peter de dos años de edad. La mujer, en el momento del traslado, estaba en avanzado estado de gestación de Albert. En ell camino se encontraron con algún que otro granjero que, por consideración al estado de Hilde, permitieron a la familia a subir al remolque de un tractor o de un carro, por lo que hubo tramos en los que pudieron descansar del enorme cansancio que arrastraban del largo viaje a pie.
A la llegada a Schlingen, Hilde era la que mayores muestras cansancio y molestias presentaba, no ya por la incomodidad del viaje sino, sobre todo, porque estaba a punto de dar a luz a Bértele. Sin embargo, a pesar del enorme sacrificio y los riesgos que los Kaiser corrieron a lo largo del traslado, la familia estaba más que orgullosa y satisfecha de haber tomado esa decisión pues en la aldea encontraron refugio, amparo y la anhelada sensación de sentirse a salvo de las bombas que los aviones de los aliados dejaban caer, noche tras noche, sobre Pforzheim.
En el pueblo Bertl, el padre, encuentra trabajo de mecánico en un aeropuerto militar próximo, por lo que la familia ya tenía recursos para salir adelante, contando con el apoyo inestimable y la generosidad que siempre les brindaron los caseros de la granja: Herr Fritz y Frau Gretel, con quienes cultivaron una amistad para toda la vida.

De hecho, lo que había sido un rumor a voces, se convirtió en una terrible pesadilla en el atardecer del 23 de febrero de 1945, cuando 369 aviones de las Fuerzas Áreas Británicas dejaron caer más de 1.550 toneladas de bombas explosivas e incendiarias, sobre la ciudad. La combinación de estos dos tipos de munición, las estrechas calles y las estructuras de madera, contribuyeron a que rápidamente se propagara un virulento incendio que acabó con la práctica totalidad de los edificios del centro de Pforzheim y atrapó también a los transeúntes que a esas horas paseaban por la zona, quienes perecieron en esa trampa mortal.
Según estadísticas oficiales, murieron 17.600 personas, algunas estimaciones llegaron hasta las más de 20.000 víctimas (incluidos los hombres recluidos en los campos de concentración). En la brutalidad del terrible bombardeo sobre la ciudad alemana pereció un tercio de su población. No había prácticamente nadie que no tuviera que lamentar la perdida de uno o varios familiares. Desaparecieron todos los edificios de una superficie de 237 hectáreas, sólo se libró la Osterfeldschule con el Teatro Municipal en la zona oeste. Una letal operación que se produjo en las postrimerías de Segunda Guerra Mundial.
Dos días después de la llegada de la familia a la granja de Schlingen y transcurridos sólo 16 del aterrador ataque aéreo a Pforzheim, nace el protagonista de esta semana: Albert Kaiser Weber, el 7 de marzo de 1945, al que familiarmente llaman Bértele.
Los acontecimientos bélicos se agolpaban y el fin de la guerra se veía cerca. Por una parte, el encuentro cerca de Torggau del ejército americano con el soviético; por otra, el suicidio de Adolf Hitler el 30 de abril; y, por último, la conquista de Berlín por el ejército ruso, propició que el 7 de mayo de 1945, el gobierno y la Wehrmacht capitularan, poniendo fin, de este modo, a la Segunda Guerra Mundial. Uno de los episodios más atroces y sangrientos de la Historia de la Humanidad.

Algunos meses después de su épico traslado, la familia Kaiser regresa a Pforzheim, ciudad a la que apenas reconocen pues los bombardeos de los aliados apenas dejaron en pie apenas una decena de casas intactas, que se salvaron milagrosamente de las bombas y el fuego. La escena sobrecogió a los Kaiser, que no podían dar crédito a la barbarie que tenían en frente, donde miraran sólo encontraban escombros, cenizas y alrededor de éstas gente deambulando entre los restos por si encontraban alguna cosa que salvar. ¡El panorama era desolador !
La feliz infancia de Bértele
A pesar de la voraz devastación los Kaiser tuvieron suerte, ya que entre las casa y edificios que se salvaron de las bombas estaba su bloque, a tan sólo 200 metros del teatro municipal, que también permanecía intacto. Cuatro años después del letal bombardeo la ciudad empezó a reconstruirse y a hacer vida. Los comercios y otros establecimientos que vendían productos de primera necesidad empezaron a abrir sus puertas, así como los colegios y el Teatro Municipal, también iniciaba su actividad. Y allí estaba Bertl Kaiser, actor de profesión, y otros colegas que tomaron las riendas del centro, con el único objetivo de aliviar las penas de sus vecinos. La primera obra que se representó fue: Blancanieves y los siete enanitos, en la que Bértele también participó. La representación fue todo un éxito. “Era como un juego muy serio, con el que intenté conocer las raíces de mi padre, que era lo que realmente deseaba,” apunta el ahora octogenario.
A partir de entonces, el teatro y su escenario se convertirían en el lugar favorito de Bértele. Acompañaba a sus padres en los ensayos, pasaba por las salas de maquillaje, peluquería y vestuarios. Unos de sus rincones favoritos del escenario, junto a los montadores, era donde se encontraban las cuerdas elevadoras de decorados y telones. A los seis años, el benjamín de la familia ingresa en el colegio Brötzinger Schule, en el que se trunca definitivamente su joven carrera como actor.
Como niños que eran, su hermano Peter y Bértele estaban juntos todo el día; pescando truchas sólo con las manos, por debajo de las piedras de los ríos, o se entretenían jugando en alguna ruina con los niños vecinos del edificio. En una zona muy próxima a su casa se erigía una zona industrial con bastantes vías del tren, que servía para aparcar su carga. Un lugar ideal para el juego, en el que perdían la noción del tiempo, por lo que, en más de una ocasión, sus padres o, incluso, algún guardián de la zona les había pillado por sorpresa, a la que seguía una contundente reprimenda y tirones de orejas que no cesaban hasta llegar a casa.

Muy cerca de esa zona, su padre, con los permisos correspondiente, se había agenciado un pequeño trozo de tierra que convirtió en una especie de huerta, cercada con tela metálica, y construyó, con sus propias manos, una pequeña barraca de madera; tenía gallinas y pollos y comenzó a plantar verduras, legumbres, arbustos y árboles frutales que ayudaba, y mucho, a la economía familiar.
Cuando Bertl pudo se compró un viejo vehículo DKW descapotable con carrocería madera y dos asientos auxiliares detrás, con él fueron algunos fines de semana de verano a visitar a su tía Lore, a un pueblecito ribereño del Rhin, llamado Söllingen. Para Bértele y su hermano Peter era una aventura emocionante. Primero el viaje en un coche abierto era algo novedoso e increíble. Al volante, su padre tarareaba alguna melodía de sus obras. Hilde, sentada a su lado, con el pelo suelto y que el viento llevaba al vuelo. Los dos hermanos en la parte trasera no perdían detalle de la panorámica.
Si hoy en día le preguntas a Bértele: ¿Qué le viene a la cabeza si hablamos de un viejo descapotable DKW con carrocería de madera y dos asientos auxiliares detrás? Contestará: “Imágenes que permanecen vivas en el recuerdo, como si se hubieran producido hoy mismo,” -y añade-, “los sentimientos que me proporcionan aquel viejo descapotable van indisolublemente asociados a la sensación de libertad e independencia, a momentos únicos cuando divisábamos el sol, a través de los árboles y las nubes del cielo, con esa combinación de colores que asaltaban la vista justo cuando el coche estaba en movimiento, todo el conjunto ofrecía un impresionante escenario que todavía guardo celosamente en la memoria.”
Bértele, a partir de los ocho años, empezó a acompañar a Peter, dos años mayor que él, al cine e intentaban hacerse con algún dinerillo vendiendo las botellas de cerveza vacías, muy codiciadas por el comercio local para devolver a los suministradores el contenido íntegro de las cajas con todos los cascos de cristal.
Igualmente, Bértele ha agradecido siempre a sus padres, las vacaciones escolares veraniegas, que le proporcionaban durante algunos años, a mediados de los años 50, en una granja a 150 kilómetros al sur de Pforzheim. Bertl y Hilde preparaban el descapotable y lo llevaban a una granja de la pedanía de Neuhausen, próxima a la ciudad de Rottweil. La granja disponía hasta de su propio molino fuera de uso, establos en los que se cobijaban cabras, vacas y cerdos. Un granero, para jugar y esconderse, en el que también se cortaba la leña, se realizaban reparaciones, se desgranaba el maíz y se descargaba el heno, las patatas y la hierba fresca recién cortada en la madrugada.
En el transcurso de sus estancias en la granja, Bértele asistió a nacimientos de lechones, vaquillas y cabritas y aprendió a ordeñar vacas, a retirarles el estiércol, sacarlas a pastar, montar los cables eléctricos, alimentados por una batería de 12 voltios, para los recintos y ayudar en las cosechas del trigo y las patatas.
A los 13 años a Bértele le tocó vivir uno de los episodios más amargos de su corta existencia. Las buenas relaciones que habían mantenido sus padres a lo largo de los años se deterioran rápidamente a medida que los hijos de Hilde se fueron haciendo mayores. La poca tolerancia, diplomacia y amor que mostraba Bert en el manejo de la educación, hizo que la convivencia fuera imposible. En esos momentos, Bertl perdió su trabajo en el teatro de Pforzheim y Hilde se tuvo que poner a trabajar en una fábrica como secretaria. La situación económica, emocional y familiar acabó con el matrimonio. Primero se separaron y después se divorciaron y después llegó la pelea judicial por la custodia de Bertéle. En una visita judicial, el juez le preguntó al adolescente con quién quería vivir, a lo que éste, con lágrimas en su rostro respondió que no quería perder a ninguno de los dos. Al final la justicia se inclinó por que Bértele viviera con su padre, bajo el argumento de que Hilde tenía otros tres hijos y Bertl sólo a él.
El adolescente sufrió mucho en esa época, según cuenta, “sentía nostalgia por una infancia, que se iba, a lo largo de la cual había mostrado interés por todo lo que se movía a mi alrededor; pero, sin embargo, no quería saber nada del divorcio, quería seguir viviendo con mi madre pero que no pude porque la custodia se la concedieron a mi padre, ya que mi madre tenía otros tres hijos.” Hilde conservó la casa familiar, mientras padre e hijo se mudan a Birkenfel, un pueblo a las orillas del río Enz, a unos cinco kilómetros de distancia de Pforzheim, en el que Bertl alquila un piso abohardillado bastante céntrico.
Durante una temporada, Bertl se esforzó mucho para hacer la convivencia con Bértele lo más atractiva posible y empezar la reconquista de su hijo. Durante aquellos años la vida en Alemania brindaba muchas posibilidades para prosperar y progresar económicamente.
Bertl se estableció por su cuenta y como era muy conocido en Pforzheim, no le fue difícil encontrar clientes y en muy poco tiempo pudo contar con una posición económica y social acomodada. Todo gracias a su “Círculo de Lectores,” de alquiler semanal de unas revistas seleccionadas a particulares y profesionales. Pronto se compró un coche nuevo, por capricho y como siempre un descapotable. Por supuesto, para Bertéle era un atractivo extraordinario, porque los coches le encantaban y su deportivo mucho más.
Por aquel tiempo, Bertl cultivaba viejas amistades, personas adineradas, con casas con piscinas, que en aquellos años no abundaban. En ese momento, esa vida ciertamente frívola y desconocida, deslumbraba a este muchacho de 13 años hasta que la misma vida tomó cartas en el asunto.
Una adolescencia “a tope”
Ese también era el momento para que Bertéle decidiera su futuro y, aconsejado por su padre, se matricula en la Escuela Superior de Industria y Comercio. En la esta Escuela (1959-1964), Bertéle pasó la adolescencia, junto a su gran amigo Harald Dobmeier. Una etapa que nuestro protagonista recuerda, como “una de las épocas más felices de mi vida y en la que disfruté a tope mi adolescencia.”
Además, un día se decidió no estancarse sólo en las asignaturas y temáticas que ofrecía la citada Escuela y curriculum en mano se presentó en las oficinas del comercio de ingeniería industrial de Richard Bott, quien se quedó impresionado por la impronta y lo airoso que salió el joven de todas las preguntas a las que fue sometido. La exigencia por parte del Sr. Bott fue que, durante los tres años de aprendizaje, asistiera a la Escuela Superior de Industria y Comercio dos veces por semana. De esta forma, el joven comenzó a trabajar y estudiar en la empresa Richard Bott, Ingenieur-Büro u. Technische Grosshandlung a principios de abril de 1959. Terminó su aprendizaje el 31 de marzo de 1962, para irse al día siguiente a trabajar con la empresa Brenk&Linkenheil, concesionaria de automóviles Ford, como vendedor junior, después de haber sacado una de las notas más altas en su formación.
Viaje a Berlín con su padre
Como recompensa por haber hecho caso a su padre y haber encontrado por sí sólo un trabajo digno emprendió un viaje con el deportivo que su padre quería haber realizado hace mucho tiempo. Era agosto de 1959 y el destino no era otro que Berlín, ciudad en la que Bertl había vivido y trabajado en el teatro durante más tiempo.
Un viaje que Bértele no ha olvidado jamás: “Estuvimos en el Funkturm, la Torre de Transmisión de Radio de Berlín, construida entre 1924 y 1926 por Heinrich Straumer, e inaugurada el 3 de septiembre de 1926, con motivo de la Großen Deutschen Funkausstellung (tercera gran exposición de radio alemana); actualmente es un monumento protegido, popularmente como der lange Lulatsch («el larguirucho» o «el grandullón») y es uno de los puntos de interés más conocidos de la ciudad. También visitamos el Circuito de carrera de coches AVUS.”
Padre e hijo también fueron al cine: “Vimos una gran película impresionante, ahora todo un clásico, ‘Windjammer’ (traducido al castellano viene a significar Lamentos del Viento), en una pantalla cóncava que parecía que estabas dentro del film. Windjammer es un documental cinematográfico, rodado en 1958, que captura la majestuosa travesía del buque escuela noruego, Christian Radich, y ofrece una visión íntima y emocionante de la vida en alta mar de los jóvenes cadetes mientras navegan desde Oslo a través del Atlántico. La técnica de filmación en CineMiracle, similar al Cinerama, proporciona una experiencia visual inmersiva.”
Después de algo más de una semana, se dirigieron a Leipzig, en la zona oriental de Alemania, bajo régimen comunista, en la que no era fácil que entrara cualquier persona, pues se necesitaba un visado especial muy limitado, tanto por su validez, como por la ruta que a uno le exigían tomar. Afortunadamente, Bertl tenía privilegios por pertenecer al gremio de los artistas y contaba también con una carta de invitación de su amigo y colega Friedrich Lang que entonces era director del Teatro Nacional de Leipzig.

“Pasamos por la Puerta de Brandenburgo, el único acceso del muro que se erigía como frontera entre la Alemania Este con la del Oeste. En apenas un par de metros ya percibías las diferencias: calles desoladas, iluminación pobre y si te fijabas mucho veías que, en las calles principales, tras las restauradas fachadas de las casas, sólo había ruinas. En la población civil se notaba mucho más la carencia de todo. Las mujeres vestían todas iguales y los hombres, por su parte también. Eran vestimentas austeras monocolor. En los almacenes de alimentación y delante de los pocos comercios existentes, se formaban colas de personas que iban a comprar con sus boletos de racionamiento,” apunta Bertéle.
A pesar del aspecto triste, cabizbajo y taciturno que se respiraba en la ciudad, padre e hijo hicieron de tripas corazón y asistieron a dos representaciones en el Teatro Nacional: ‘El Barbero de Sevilla’ y ‘La Flauta Mágica’
Cambio de empresa, cambio de vida
En 1963 entra a formar parte de la plantilla de vendedores de la concesionaria oficial de coches Ford, bajo la tutela de Horst Renz. Para Bertéle, supuso “un gran logro haber conseguido ese trabajo en el sector de los automóviles, además de que me sirvió de trampolín para emanciparme.”
Lo que no sabía nuestro protagonista al entrar en la Ford es influencia que ejercerá Horst en su futuro más inmediato. El experimentado vendedor estaba encantado de tener un discípulo tan entusiasta, despierto y con tantas de aprender. Por su parte, a Bertéle le cautivó y causó mucho respeto, la forma de vender tan atractiva y sutil que practicaba su preceptor, con las que casi siempre llegaba a buen fin.
El joven alemán triunfaba en la concesionaria de Ford, en la que llegó a vender hasta diez coches en un mes, por lo que el jefe de la empresa consideró que su etapa en el departamento de coches de segunda mano había pasado y que entraba en el área de la venta de automóviles nuevos. Eso facilitaba que hiciese caso a Horts, que le ofreció un Volkswagen Cucaracha descapotable amarillo, que encantó a Bértele, que lo compró a crédito.
Deseo por conocer la Costa Blanca
Horts aquel verano se fue de vacaciones con su familia y su lancha motora a España, por segundo año consecutivo. Con anterioridad, en muchas ocasiones y con un entusiasmo poco común en él le había relatado a su pupilo las maravillas y encantos de tres pueblos pesqueros de la comarcas de Las Marinas: Altea, Calpe, con su Peñón de Ifach, y Benidorm en tus ganas por conocer España pero, sobre todo, los pueblos de las comarcas de La Marina: Calpe (y su Peñón de Ifach), Altea y Benidorm. Según Bértele, su compañero, “me contaba maravillas de estos lugares, de los que traía abundantes fotografías, me descubrió de este bello rincón del Mediterráneo que a mí me parecía “tan exótico”, esta comarca, a un tiro de piedra de África, que sin conocerlos ‘in situ’ me cautivaron y por los que sentía un auténtico deseo por conocerlos.”

En el verano de 1963, Bértele convence a tres amigos para que le acompañaran en su viaje en coche hasta España. “Era mi primera aventura en la vida,” a la que seguirían muchas más.
Fue tan grata la impresión que a Bértele le causó España, los pueblos que había conocido en la Marina Baixa, que a su regreso a Alemania ya tenía claro que se quería establecerte aquí. Lo hace un 1 de mayo de de 1964. Como no habla español, le contratan de peón de albañil en una obra. Fue una época dura, pero nunca pensó en regresar a Alemania ni cuando su padre lo denunció “por desertar” del Servicio Militar Obligatorio. En Altea abre su propio negocio y se casa con Paquita, hija de los dueños de la Posada San Miguel, en julio de 1966, con la que tienes dos hijas: Cristina (que nace ciega) y Yolanda. En apenas dos años, ¿su vida cambia por completo ?
Bértele afirma que: “Me enamoré este lugar tan maravilloso, su olor, su forma de vivida, la generosidad de sus vecinos, la luz del Mediterráneo. La gente me quería mucho, para mí era importante resistir y aguantar todo, porque lo realmente duro que era estar solo, sin familia ni amigos. La vida me dio un duro golpe cuando mi hija mayor nace ciega, pero saqué fuerzas de la adversidad para ayudarla en todo lo que necesitara, me dediqué por completo a ella.”
En Altea, Bértele se da cuenta de que no había una floristería dedicada a la jardinería, por lo que abre una; pero ante la insistente demanda de los residentes alemanes de un jardinero paisajista, se forma rápidamente en el gremio de la jardinería y sus servicios son cada vez más demandados por familias de alto poder adquisitivo. El negocio, en un principio, iba viento en popa. Además, “El Suabo” descubre un yacimiento arqueológico en uno de los jardines que estaba arreglando… ¡No se puede pedir más! La razón de su éxito reside en que “nunca fui perezoso a la hora de aprender y superarme día a día, por lo que considero que todas esas experiencias fueron muy positivas para crecer tanto profesional, como humanamente.”

Llega la primera crisis mundial del petróleo y con ella la merma de beneficios de la floristería, “porque nuestros clientes estaban más interesados en la jardinería paisajista que continuábamos realizando, pero que, después de hacer los trabajos, nos dejaba las facturas sin pagar, el negoció cayó en picado, por lo que mis socios y yo decidimos abrir otra empresa en la que la forma de pago fuera al contado, en metálico,” afirma Bértele.
Así las cosas, los socios del emprendedor alemán mantienen abierta la floristería, mientras éste emprende un nuevo negocio en Palma de Mallorca: una empresa de pintura psicodélica, que tampoco funciona como esperaba. Bértele regresa a Altea y es consciente de que la floristería no da para más, por lo que los socios la cierran y disuelven la asociación.
Poco después, “El Suabo” emprende una nueva aventura, al comprar ‘Carmenchu’, una embarcación de pesca, en la que figura como armador. La opinión mayoritaria en el gremio marinero pescador de Altea presagiaba fracaso. Curiosamente había un par de marineros de la villa blanca, entendidos en la pesca del palangre, que se le ofrecían para ayudarle y enrolarse en el ‘Carmenchu’. Contrató también a un patrón de barco, que tenía la licencia y ejercía de capitán, a un maquinista, un cocinero y cuatro marineros. La operación no fue rentable y poco a poco la tripulación fue abandonando el barco y entregaron definitivamente la ‘Carmenchu’ a “El Suabo” en enero de 1974. La embarcación se la vendió a un belga que se enamoró de ella y quiso transformarla en un barco vivienda. Al tiempo el barco de pesca se hundió en el mar y Bértele jamás volvió a tener una embarcación propia.

Después del fracaso del ‘Carmenchu’, “El Suabo” empieza a trabajar en un taller y venta de automóviles Peugeot y Mercedes Benz de Altea, mientras su tiempo libre lo compagina con su otra gran pasión: las carreras de ‘Go-Karts’. “Todo lo que tiene que ver con carreras me sigue interesando. De hecho, he obtenido muy buenos resultados en carreras internacionales entre Francia y Portugal, así como en el Campeonato Nacional de España como en el de la Comunidad de Valencia,” puntualiza el emprendedor.

En 1976 Antonio Candela y su hijo, asiduos al garaje donde trabajaba Bértele, le proponen formar parte de la empresa de Aerotransporte de España S. A. Propuesta que por supuesto acepta. “Empecé como encargado de la carga y estiva de las mercancías, luego fui jefe de carga, pasé por el departamento de operaciones y terminé como director comercial. Acompañé muchos vuelos (unos 100 por año) redacté y negocié contratos de vuelos, visité Ministerios de Aviación Civil para conseguir permisos de vuelos.”
Cansado de volar y trabajar para Aerotransporte de España, ‘El Suabo’ emprende un nuevo negocio casi desconocido en el país: el primer Vídeo Club Internacional de Altea, que permanecerá abierto hasta 1984. Paralelamente se le brinda la posibilidad de montar otro negocio que cambiaría su vida: la inauguración, el 8 de julio de 1980, de la Pista de los ‘Chopper’, triciclos a motor, de 49 c.c, en el Europa Park, el parque de atracciones de Benidorm. El éxito fue inmediato. Desde bien joven Bértele ha sido un emprendedor que ha capeado vientos y mareas. Nunca se ha dejado abatir por el fracaso: “Es mi espíritu e inquietud lo que me hace obrar de esa manera.”
Gracias por tu trabajo, Belén. Al fin y al cabo, es quehacer de investigación, de la investigación que sigue el rastro de aquellos valores que dieron riqueza a la historia y al alma de nuestra Marina Baixa y, rescatándolos del inminente olvido, los pone de relieve, como es este el caso de un documento biográfico ejemplar y por ello, que vale la pena.
A quienes somos de aquí es probable que no nos resulte desconocido o que nos suene la mayor parte de cuanto aconteció en tiempo de la generación a la que pertenecemos, incluso, en la de nuestros ancestros que de forma oral y a menudo, al calor de una chimenea encendida en invierno, iban trasmitiendo, y que ahora, algunos recogemos, como haces tú, para que viva la peculiaridad de la propia tradición: para que sigan existiendo raíces, para que entendamos como hemos ido resolviendo, aprendiendo y sabiendo, desde siempre enfrentar los embates de la vida.
Roque Yvars.
Muchísimas gracias Roque, tu palabras siempre tan enriquecedores y positivas sobre los reportajes que escribo son un aliciente para seguir en un trabajo que, como tú bien sabes, tiene sus luces y sus sombras. Me quedo con las luces del conocimiento que cada relato me aporta y con esas historias que, ante todo, son magistrales lecciones de superación, supervivencia y amor por la vida.