
Quizá recordéis que no hace tanto hablábamos de ese escritor que todos llevamos dentro. Ese que, con un pequeño empujón, se anima a salir de su escondite y a escribir. Y si escribir ya es, de por sí, un reto difícil que solemos afrontar en soledad, cuando son muchas las voces que participan el desafío crece. Coordinar tiempos, estilos y sensibilidades distintas no es sencillo.
El nuestro fue un libro coral a treinta voces, y hubiera sido imposible llevarlo a buen puerto sin el concurso de quien lo imaginó posible y tuvo paciencia para llevarnos de la mano, convirtiéndonos en cómplices, eso sí, encantados de serlo.

En esos casos, ese alguien asume algo más que su propio texto: organizar, avisar, marcar plazos, corregir, supervisar… y recordar que el entusiasmo no basta sin constancia.
Nosotros tuvimos un capitán diligente y generoso, aunque implacable cuando hacía falta. Nos lo recordaba -vía e-mail-, cada vez que el calendario empezaba a echársenos encima.

Pero lo que realmente dio sentido al proyecto fue su finalidad. Lo recaudado iría destinado al Centro Doble Amor, y ese objetivo común consiguió que incluso quienes nunca se habían planteado escribir un relato aceptaran el reto con ilusión.
Y, ¿cómo llegamos hasta aquí?
Y quizá os preguntéis cómo llegamos hasta ahí. Un grupo de amigos que fuimos adolescentes en los años setenta. Treinta de nosotros nos animamos a contar qué significó vivir en aquel Benidorm que crecía a la vez que nosotros. Relatamos lo que fuimos y lo que fue aquella ciudad luminosa que nos vio madurar; cómo aquellos jóvenes y aquella ciudad, casi sin darnos cuenta, se hicieron adultos.

Francisco Javier Reverte (Pancho) -¡Oh, Capitán, mi Capitán!- lo resume en la contraportada:
“Treinta jóvenes de los años 70, camino de los 70, que tuvimos la fortuna de compartir esos maravillosos años en una tierra cosmopolita como es Benidorm, narramos nuestras existencias desde la amistad que nos une y desde el amor que sentimos por Benidorm”.
Este noviembre se cumplirán cuatro años de su publicación. Vendimos hasta el último ejemplar. Hubo presentaciones, encuentros y abrazos demorados en el tiempo. Pero, sobre todo, hubo reencuentro con quienes fuimos. Y, para sorpresa de muchos de nosotros, descubrimos que, pese al tiempo transcurrido, seguíamos reconociéndonos.

-¡Estás igual!-, fue la frase más repetida del encuentro.
Participar en la edición de Benidorm, donde el sol sale para todos ha supuesto una experiencia tan intensa como entrañable. Recordar aquellos años, revivirlos desde la serenidad de hoy, nos ha reconciliado con una etapa que no siempre fue fácil, pero que sigue formando parte de nosotros.