Curiosidades de los cantonialismos

Hola blogueros, hoy quiero hablaros de una historia curiosa y de un pueblo no menos curioso: Yecla, con una población industriosa y trabajadora, famosa por sus muebles y por su vino también. Un pueblo en el límite entre Murcia y Alicante al que profeso especial cariño, de gran devoción religiosa, es preciosa la Basílica de la Purísima y la Iglesia Vieja, tiene unas curiosas tradiciones y una gastronomía muy rica, son muy conocidos su gazpacho yeclano, las tortas fritas, empanadas de patata, caldo con pelotas, queso frito con tomate y tantos otros platos deliciosos, por no hablar de los dulces, uuummm. También, tengo que decir que tiene su propio lenguaje, es cierto, quizá esto se deba a que, por distintas circunstancias, quedó durante mucho tiempo apartado del mundo, del progreso, descolgado de los avatares de una nación convulsa, inconformista, suicida, incomprensible. Prometo ilustraros con parte de su rico y extraño vocabulario al final del artículo, ya os digo, es una curiosidad añadida a esta, diría extraña, pero diferente y curiosa población del altiplano murciano. ¡Comenzamos el viaje!
“Pues no seremos españoles”
Yecla y Jumilla, la población hermana, dos ciudades del vino que padecieron aciagos y lamentables avatares en aquel loco siglo XIX, las dos conocieron el cantonalismo más absurdo y desquiciado, el de aquella triste república, la primera, la del año 1873, que no supo encauzar los verdaderos intereses de la nación y especuló con ideas absurdas como aquellas novedosas del federalismo y cantonalismo que llegaban de Europa y que no supieron dirigir de manera acertada los más radicales cuando alcanzaron el poder. En Yecla la cosa no pasó a mayores, con ciertos disturbios y suelta de presos, pero en Jumilla las autoridades se vinieron arriba, “para chulos ellos”, lanzando un curioso comunicado al mundo entero, con especial advertencia a sus vecinos: “La nación de Jumilla desea estar en paz con todas las naciones extranjeras y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si ésta se atreve a desconocer nuestra autonomía y a traspasar nuestras fronteras, Jumilla se defenderá como los héroes del 2 de mayo de 1808 y triunfará en la demanda y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra”. Pasaría por ser un comunicado ridículo y caricaturesco, de ópera bufa o sainete, si aquella situación, la de la España cantonalista, no hubiese desembocado en el desastre que costó miles de vidas hermanas. Cartagena se encastilló y su armada castigó la costa levantina tratando de extender el conflicto, bombardeando incluso la ciudad de Alicante. Buenos somos los españoles para que nos den rienda suelta.

El tren de la discordia
Yecla se quedó observando los toros desde la barrera, como ya le ocurriría en los años 50, en aquel momento las autoridades de la región, gobernador, autoridades e ingenieros de la empresa que había de llevar el ferrocarril de Madrid a Alicante, llegaban para felicitar a los yeclanos por haber sido incluida su ciudad en el trazado de la línea; ya podían estar contentos, el tren habría de llevarles la industria y el progreso. Sin embargo, estos señores no fueron recibidos con gran alborozo. Algo no les cuadraba a los yeclanos en todo aquello. Imaginad al alcalde rascándose la cabeza -esto siempre ayuda a pensar-, y a su alrededor los terratenientes, curas y caciques más importantes de la población.
¿Por qué razón tenía que pasar aquella máquina infernal por sus tierras?
Aquellos insistieron en que el ferrocarril era muy importante para el progreso de la nación y de los pueblos, sería vital para aquella región pues mucha gente llegaría desde cualquier rincón de España para visitarles, también podrían transportar en él lo más importante de su industria, sin duda alguna, el ferrocarril habría de abrirles nuevos mercados y traería bienestar y riquezas a la ciudad.
¿Cómo va a traer riquezas algo que va a partir nuestras tierras, y por lo que habrá de arrancarse tantas viñas?
Pero señores, mantengan la calma, que ha de importar unas cepas de más o de menos cuando ustedes van a quedar de esta manera comunicados con el resto de España.
Y que nos importa a nosotros España, lo que de verdad nos interesa son nuestras cepas y nuestro vino, nuestros almendroleros y frutales, que son los que nos dan de comer.
Atiendan a razones señores, les hablo de España…
Nos da igual España.
Pero…
Pues no seremos españoles.
Y aquí quedó ese plante, y los yeclanos se quedaron viendo como aquella máquina de la industria y del progreso pasaba por Villena camino de Madrid o de Alicante, del Mediterráneo, de Europa, del Mundo. Ellos, mientras tanto, conservaban sus viñas y “almendroleros”.
El ferrocarril llegó a Alicante en 1858, cuyo acto de inauguración fue presidido por la misma reina Isabel II. Pasaron 40 años de aquello cuando, en aquel fatídico verano del año 1898, España perdía sus últimas colonias de ultramar y, en el puerto de La Habana, los soldados con sus uniformes de “rayadillo” aguardaban para ser repatriados, entre ellos un grupo de muchachos yeclanos hartos de aquella maldita guerra, de los mosquitos y purgaciones, del asqueroso rancho y de los yanquis. Una poderosa voz se escucha entre la soldadesca, la de un suboficial que, desde la quilla de aquel vapor, grita con voz estertórea y metálica a la multitud por medio de un altavoz: “¡¡Españoles, formen en filas de a dos para ir embarcando en orden!!”.


Los muchachos se miran con extrañeza y piensan que aquello no va con ellos, ellos no son españoles, ellos son yeclanos, así que se quedan en el malecón aguardando a su barco. “Ya vendrá el nuestro, paisanos, no os impacientéis”. Dice uno de ellos, sacudiéndose los mosquitos, y todos, “empancinados” de sol, rascándose la cabeza, quedan mirando las fumarolas que lanza aquel barco al cielo de La Habana mientras sale del puerto.
Este barco de vapor, poco después de abandonar La Habana, se ve inmerso en una terrible galerna y se hunde sin remedio en medio del océano, como ya le ocurriese al Alfonso XII, con toda su tripulación, todos los españoles con él, con sus uniformes de “rayadillo” y sus medallas.
¡Todos!
Esta es una historia que se cuenta mucho en Yecla, que describe muy bien a los yeclanos: ¡Gente noble, pero tozuda y orgullosos como ellos solos! Cuando me la contaron quedé sorprendido, pero, pese a lo trágico del suceso, revestía cierta gracia la tozudez y simpleza de aquellos muchachos que, sin embargo, salieron finalmente bien parados de aquella situación. La Virgen ayuda a los sencillos de corazón, a los que aman con llaneza, como ellos saben amar lo suyo, pues los yeclanos son, sin duda, celosos guardianes de su tozudez así como de sus costumbres.
“El tren Chicharra”
Por supuesto, antes de terminar la columna os contaré que el tren de vía ancha no llegó nunca a Yecla, nadie entiende el porqué, pero no falta quien cree que tal terquedad de sus vecinos pudo deberse a razones de “escrúpulos de conciencia”, por el miedo a “la perversión de costumbres e inmoralidades”, precisamente por el temor a aquel progreso que no sabían lo que había de traer a su pueblo, dominado en gran parte por las sotanas y el oscurantismo. Si tengo que decir que llegó un día el tren a Yecla, “el tren Chicharra”, como le conocían todos allí -imagino que por el escándalo que arrastraba a su paso por aquellos campos-, era un tren de vía estrecha, como nuestro “trenet”, una locomotora de carbón con 3 o 4 vagones, que llegaba hasta Alcoy, pasando por Villena, estuvo funcionando desde 1884 hasta 1969; cuentan que era tan lento que la gente se apeaba en marcha para robar uvas y volvía a subirse tranquilamente. En la actualidad, el camino por el que pasaba aquel tren, es una ruta de senderismo.


Ahora, para concluir la columna y, como lo prometido es deuda, os dejo una muestra de diferentes palabras al uso en Yecla – lenguaje del que están muy orgullosos los yeclanos, como no debe ser menos- y que pertenecen al curioso y rico diccionario Yeclano- español:
Abonico: Despacio, flojo, “andar o hablar a…”
Enjugatado: Absorbido por el juego.
Almendrolero: Almendro.
Clisico: Siesta.
Jopo: Coleta del pelo.
Rosigar: Mordisquear un alimento.
Empancinao: Hinchado, harto de todo. Comer demasiado.
Y muchas palabras más que allí utilizan comúnmente, ya digo que es un vocabulario muy extenso y divertido. “Pue”, es una palabra que les sirve de muletilla y utilizan con asiduidad, pero esa u suena con más gravedad, como si llevase acento; también hay una expresión que me gusta, “están cayendo capuchinos de punta”, refiriéndose a un chaparrón fuerte.
Si no conoces Yecla te invito a conocerla, te sorprenderá, porque “Yecla is different”
¡Pue… un saludo a todos mis queridos blogueros!
*Obra consultada: “Blogger.com. Vocabulario dialéctico yeclano”, “El periódico de Yecla. Los viajes de antaño. ¿por qué no llegó el tren de vía ancha? José Antonio Ortega”, “Youtube. Revoluciones cantonales”, “Intercomarcal TV. El Chicharra: La historia viva de un tren desaparecido”.