
Capítulo V
Los drones sobrevolando zonas subterráneas de Nebulonia captan imágenes inquietantes: tres figuras en posiciones de sufrimiento extremo. La atmósfera es claustrofóbica, húmeda, con ecos de respiración y cadenas. El Duque aparece, la imagen no muestra el lugar como un refugio, sino como trinchera. La policia está preparando Operación Comadreja ya no es solo una investigación. Es una misión de rescate. Y de justicia.
Lo primero era localizar con exactitud el lugar en el que tres personas estaban siendo torturadas, tal y como detallaban las imágenes que trasladan los drones. La investigación tiene que seguir su curso en varias direcciones y en diversas vertientes. Hay vidas en peligro. La policía y los miembros de la UICES tienen que organizar minuciosamente un operativo que no ponga en peligro las vidas de las personas que mantiene cautivas Vélez de Maeztu, a la vez que ampliar la información sobre el terreno en el que se mueven, el escenario del que supuestamente desapareció Isabel de Mencía, investigar todos los campos de acción y, sobre todo, informarse sobre la figura del gran Duque: qué se esconde tras esa fachada y a qué se enfrentan. Los investigadores, además están revisando fotograma por fotograma quién estuvo en el bar la tarde en la que Isabel desapareció, así como los movimientos de todos los que entraron y salieron del establecimiento.
La misma tarde en la que Willy le había comentado que esperaba la visita de su hermana mayor, a la que hacía años que no veía. Un reencuentro que, en su opinión, no traería nada bueno, «porque siempre que Sylvela hace acto de presencia por aquí parece como, si en la cumbre más alta de «Sierra de Todos», los buitres esperasen con ansia la llegada su llegada atraídos por el olor a carroña que sólo el perfil de su alargada sombra desprende».
No se sabe que si por curiosidad o simple aburrimiento, Isabel abandonó la protección del «Escondite» de Willy para ver la escena que iba a llevar a cabo los dos hermanos, unas imágenes en las aunque lo que trasciende es la imagen que una las cámaras de seguridad captaría el momento en la que una figura femenina descorre, ligeramente, ligeramente hacia la un lado la cortina del fondo, que conduce a la zona baño y terraza interior del local para, en milésimas de segundos, desaparecer del ángulo de la cámara: «como si la tierra misma se la hibuera tragado.» Todo estaba en perfecto orden, nada hacía indicar que ni en la cueva, herméticamente cerrada, sin huellas dactilares diferentes a las de la propia Isabel, Willy o «el Manco», y sin nada que dejara entrever que tanto en la terraza interior como en el almacén se hubiera producido algún tipo de forcejeo o pelea.

Sylvana acudió a la cita que tenía prevista con su hermano, a éste no le extraño y lo prefirió. Cuando lo llamó de nuevo Narváez y, junto a Paco Fernández, le explicaron el motivo de la reunión no le sorprendió en absoluto: niño sabía la ambición y la falta de escrúpulos que precedían a la figura de su hermana mayor. Recordó la imagen y las palabras de su abuelo José y también la conversación con su abuela Mary. ¡ De Sylvana no se esperaba menos! Sylvela emerge como una figura clave en todo el entramado. Conoce las galerías subterráneas de su antiguo barrio mejor que nadie.

Paco Fernández recibe un documento anónimo: “Los suicidios no son aislados. Son parte de un patrón. Un sistema que castiga la disidencia.” “La madriguera tiene más túneles de los que imaginas. Y no todos llevan a la luz.”El equipo recibe nuevas imágenes de la cueva del gran Duque y las comparan con fotografías de Sylvela entrando y saliendo de La Madriguera. La silueta coincide. Es ella.
A su vez, el coordinador de la unidad científica accede a registros ocultos: transferencias de propiedades, comunicaciones cifradas, movimientos bancarios. Todo apunta a una alianza entre la hermana mayor de Willy y el Duque.
La alargada figura del gran Duque
En la pantalla del coordinador del grupo de la policía científica el rostro de Ramiro Vélez de Maeztu y Sinoa, duque de Maison, se revela no sólo como el «El Leviatán» de Nebulonia, sino que también era un alias en la red, una ideología extendida por diversas partes del mundo.
Ramiro Vélez, perteneciente a uno de los linajes más antiguos del país, se formó en las Fuerzas Especiales Argentinas, en los años 80 del pasado siglo, a las órdenes de un viejo oficial del Tercer Reich que consiguió huir al país sudamericano por el puerto de Algeciras. La buena conexión que había entre el padre del marido de Isabel y el oficial nazi le facilitaron mucho las cosas.

La formación recibida por el gran Duque, siempre bajo la tutela del oficial nazi exiliado, no era la de un militar al uso ni la de un diplomático ejemplar, era más bien la de un activo estratégico, moldeado por ideologías extremas, entrenado en operaciones encubiertas y con acceso a redes y sistemas tecnológicos paramilitares que trascendían a los propios gobiernos.
Trabajaba para una Agencia de Inteligencia que no respondía ni al modelo de las conocidas agencias estatales como la CIA el CNI o el Mossad; opera para una estructura secreta, heredera de redes de inteligencia nazi que sobrevivieron en el cono sur de America y extendía sus tentáculos por diversos territorios del planeta.
El principal objetivo de la organización era preservar información comprometedora sobre figuras políticas del momento, el chantaje, la influencia en círculos de poder y la desestabilización de un sistema que aborrecían pero del que se aprovechaban para llevar a cabo sus «maquiavélicas operaciones». El entramado, estaba apoyado por un conglomerado financiero internacional, aunque el gran duque, según la información que iba recibiendo la UICES, trabaja directamente para una corporación suiza o panameña, que lo usa como intermediario en negociaciones turbias.
Por lo tanto, Ramiro Vélez de Maeztu era una pieza en esta organización pues no sólo conocía los secretos militares, sino también económicos: lo movimientos de capital, cuentas ocultas, pactos entre aristocracia y banca, de una clase política y económica que transciende fronteras e, incluso, ideologías. La opción más inquietante que barajan los investigadores es que «el Leviatán» no trabaja para nadie, es un agente libre, su lealtad es a su legado, a su apellido y a su supervivencia.
Isabel y Ramiro se casan
Culto y refinado, con gusto por la música barroca, los relojes antiguos y los vinos franceses. Isabel de Mencía, de linaje menor, entró en ese mundo como quien cruza un umbral sin saber lo que hay al otro lado. Lo que la cautivó no fue el título, sino el misterio. Ese bigotito, esa mirada, esa forma de estar sin revelar. Ella intuyó que detrás del Duque había más que protocolo: había historia, había heridas, había poder…En definitiva, Ramiro Vélez de Maeztu la hechizó… ¡No la engañó! Aunque detrás de esa atractiva fachada se ocultaba un hombre que luchaba por la supervivencia de un legado y un linaje económicamente venido a menos. Nunca estuvo enamorado de ella, su matrimonio con Isabel fue una jugada estratégica para acceder a los círculos financieros más próximos a su suegro

Ramiro de Maeztu pertenecía a una de las familias nobiliarias más antiguo del país y por su sangre corría uno de los más hábiles artes: el de la supervivencia. Había aprendido a navegar los cambios de régimen, las crisis económicas, los escándalos discretos. En sus salones se hablaba en voz baja, se cerraban acuerdos sin testigos y se mantenía una fachada de honor que ocultaba pactos, amantes, silencios.
Isabel, al principio, pensó que exageraban. Que su marido era simplemente un hombre de mundo, con pasado militar y modales de salón. Pero poco a poco, las piezas encajaron. Las llamadas a medianoche. Las visitas que no se anunciaban. Las miradas que evitaban cruzarse con la suya.
Al poco tiempo de casados, como quien dice en plena luna de miel, Isabel atraviesa el arco que abre las puertas del frío despacho de su marido y descubre la verdad: ese “gran ojo” digital que vigila desde las sombras. Encontró una carpeta escondida en una caja fuerte. Dentro hay documentos en alemán, fotografías de reuniones en embajadas, y una lista de nombres con fechas. Al fondo, una nota manuscrita: “No confíes en nadie. Ni siquiera en mí.” En ese momento ella sabía que la había descubierto. El miedo la paralizó.
Isabel no espera el regreso de su marido y viaja en tren hasta Maestía donde la esperaba en la estación su madre y una bruma espesa que parecía acompañarla desde lejos, como si el pasado se negase a soltarla.
Bajó con una maleta y un bolso que ya no era suyo, sino del marido que la había convertido en sombra. Había huido, no de un castillo, como en los cuentos, sino de un desangelado castillo próximo a la capital, donde el título nobiliario del que había elegido como compañero de vida era apenas una fachada para ocultar la miseria. Él no la amaba. Nunca lo hizo. Se enamoró de los caudales de sus padres, de las promesas de herencia, de los apellidos que abrían puertas que él sólo podía mirar desde fuera.
Volvió empujada por ese amor incuestionable de los que dan la vida por ti y por los ruegos y perdones del propio Ramiro. Al principio, Isabel creyó que el amor podía redimirlo. Que su dulzura, su entrega, su juventud serían suficientes. Pero pronto llegó la peor de las noticias: Ella (no el matrimonio o él), ella no podía tener hijos. Los silencios aullaban, los desprecios, y las humillaciones no tenían límites. Y luego, lo que no se cuenta. Lo que se esconde bajo mangas largas y sonrisas forzadas.
¿Qué papel juega Sylvela Pérez en esta historia? El vínculo con Ramiro Maeztu de Ocho se revela como más que circunstancial: ¿Cómplices? ¿Amantes? ¿Aliados en una red de manipulación? ¿Hasta dónde llega la influencia de Ramiro Vélez de Maeztu? Seguiremos investigando, relatando esta intrigante historia que no deja de sorprendernos semana tras semana. Les espero el próximo sábado con un nuevo capítulo de Encrucijada, aquí en el blog: https://entrelineasconbelen.com/
Está en un punto muy interesante tu novela Belén. Cuánta tensión. Aguardo ansioso el siguiente capítulo. Un saludo