
Son muchas las historias que se escuchan sobre algunos de los tramos de carretera con más misterio de nuestro país. Leyendas urbanas, apariciones misteriosas, trágicas muertes y la aparición de fantasmas por vías o calzadas han aterrado a muchos de los conductores en las largas y oscuras noches. En la provincia de Alicante, la “mujer de la curva” en Santa Pola ha dado mucho que hablar a lo largo de los años: ¿Quieren saber por qué? Acompáñenme
Las apariciones en la carretera son un fenómeno habitual, sobre todo si son carreteras estrechas y en curvas peligrosas con alta tasa de accidentes. Hay muchos testimonios que cuentan haber visto a la “mujer de la curva” en la carretera N-332 a la altura de Santa Pola. Deambula por el arcén durante la noche, te invita a parar, y hay quien cree que aparece para avisar de un hipotético accidente. Surge en una de las carreteras más transitadas de la provincia, la que conduce al Faro de Santa Pola, enclavado en el Parque Natural de las Salinas, que ofrece unas las vistas espectaculares.
Si ha estado en el Faro de Santa Pola coincidirá conmigo en resaltar lo espectacular de un lugar de naturaleza salvaje que se adentra en el infinito azul del Mediterráneo, un rincón de ensueño entre el cielo y la tierra. Si ha visitado el cabo santapolero revisen minuciosamente las fotos que se hicieron en el momento. Cerca del cielo es inimaginable pensar que nos acompaña espectro alguno, ¿verdad? Mire bien las imágenes y no sorprenda si detrás suya aparece una figura femenina vestida con camisón blanco: se trata de la mujer de la curva que lo estuvo acompañando durante la visita.
Dicen que tras avisarte, desaparece.
¿Qué impulsa a los conductores a detenerse cuando la ven?
¿Por qué esta carretera en concreto parece atraer tantas apariciones?
¿Cuántos conductores han callado su experiencia por miedo a no ser creídos?
Y si todos la ven igual, ¿cómo explicarlo?

Nunca pensé que algo así pudiera pasarle a gente cercana, hasta que unos amigos míos vivieron algo inexplicable en esa carretera.
Habían subido al cabo de Santa Pola casi sin pensarlo.

Aparcaron cerca del faro, donde el viento siempre sopla más fuerte y el mar se ve infinito. Desde allí caminaron un poco, lo justo para que los niños se asomaran al acantilado y preguntaran qué había tan abajo. El padre señaló el horizonte; la madre hizo fotos mientras el sol comenzaba a esconderse tras Alicante.
Calma demasiado perfecta
A esa hora, el cabo tiene algo extraño: una calma demasiado perfecta.
Cuando emprendieron la vuelta, ya era de noche. El faro quedó atrás, parpadeando a intervalos regulares, como un ojo que se cierra y se abre lentamente.

Tomaron la carretera N-332, en dirección a Santa Pola, bordeando la zona de Gran Alacant. El tráfico era escaso. Las luces de urbanizaciones dispersas aparecían y desaparecían entre los pinos.
–¿Siempre ha tenido tantas curvas? -preguntó la madre.
El padre no respondió. Sabía exactamente a cuál se refería. Su mujer se refería a la curva que había que encarar antes del descenso, cerca del barranco, donde el asfalto parece inclinarse demasiado y el quitamiedos está lleno de marcas antiguas. Los niños guardaron silencio.
Fue allí donde los faros iluminaron a la mujer.

Estaba justo antes de la curva, caminando lentamente por el arcén. Camisón blanco, largo, casi rozando el suelo. El contraste con la oscuridad era antinatural. No llevaba abrigo. No parecía sentir el frío.
El coche redujo la velocidad.
–No es normal que alguien camine por aquí a estas horas…-murmuró la madre.
La mujer se detuvo. Giró la cabeza con un movimiento lento, casi rígido. Su rostro estaba pálido, como iluminado desde dentro.
–No bajéis -dijo-. Aquí no se frena.
La voz no parecía venir de su boca, sino del aire.
El padre sintió un sudor frío recorrerle la espalda.
–¿Necesita ayuda? -le preguntó.
La mujer miró al interior del coche. Sus ojos se detuvieron en los niños.
–Ellos van igual que los míos– susurró.
La mujer de la curva
En ese instante, un coche apareció desde la curva, demasiado rápido, ocupando parte de su carril. El padre giró bruscamente. El coche patinó. Las ruedas chirriaron. El quitamiedos pasó a centímetros. Se detuvieron más abajo, ya en el tramo recto. Cuando lograron respirar, la madre miró atrás. La mujer había desaparecido. Solo quedaba la curva. Y el faro, a lo lejos, parpadeando.
Llegaron a casa en silencio, con la sensación de haber escapado de algo que no entendían.
Esa noche, el hijo pequeño se despertó llorando.
–La señora estaba en el pasillo -dijo-. Miraba hacia nuestra habitación.
A la mañana siguiente, revisaron las fotos del cabo. En una de ellas, tomada cerca del cartel del Faro de Santa Pola, se distinguía una figura blanca al fondo, junto al sendero. En otra, la figura estaba más cerca. En la última, tomada segundos antes de marcharse, la mujer estaba detrás de los niños, mirándolos fijamente.
Fueron a Santa Pola a preguntar. Un camarero del puerto, al escuchar la historia, negó con la cabeza.
-No sois los primeros -afirmó-. Esa mujer se aparece desde hace años en la N-332, sobre todo de noche. Dicen que murió en esa curva. Volvía del cabo con su familia. Los niños iban detrás. La madre sintió un nudo en el estómago.
–¿Y por qué se aparece ahora? -preguntó la mujer aterrada, mientras el camarero limpiaba la barra lentamente.
–Porque esa carretera se la sabe de memoria. Y porque hay accidentes que no se repiten…-Hizo una pausa-…si alguien avisa a tiempo.
Esa misma noche, al acostar a los niños, el mayor preguntó:
–Mamá… ¿la señora sigue en la carretera?-. Ella dudó.
–Sí -respondió-. Para que otros lleguen a casa.
El niño cerró los ojos.
–Entonces que no venga más aquí.
Pero a veces, cuando el viento sopla desde el mar y el faro parpadea a lo lejos, el matrimonio tiene la sensación de que no todos los avisos se quedan en la carretera.
Porque algunas presencias no desaparecen. Sólo… te siguen hasta que estás a salvo. O hasta que llega tu curva.
¿Alguna vez has sentido esta sensación? Yo sí.