
Hola blogueros, volvemos a encontrarnos una semana más en entrelineas con Belén, en esta ocasión os hablaré de Benjamín Palencia, uno de los pintores más reconocidos de nuestro panorama cultural en el siglo XX, que conoció a los artistas más importantes del momento, como Federico García Lorca, Salvador Dalí, Picasso, Braque, Buñuel, Pancho Cossio, Juan Ramón Jiménez, Francisco Bores, Alberto Sánchez, Rafael Alberti, Ramón Gaya, André Breton, Louis Aragón, José Bergamín, Miguel Hernández, Benjamín Péret, entre otros; que cultivó los diferentes estilos y vanguardias de este loco siglo: fauvismo, surrealismo, cubismo, simbolismo, realismo austero; etapas que fue superando con avidez, escuelas que siempre dejaron un poso de lo que será su estilo personal, su mundo de paisajes de colorido intenso, luminoso, mágico. “Mi tema principal es la naturaleza, la adolescencia de las cosas, lo mismo de los animales, como de las flores, como de los niños” Benjamín Palencia.
De pequeño pueblo manchego a Madrid
Benjamín Palencia nació en 1894 en Barrax, Albacete, dentro del seno de una familia muy humilde, el padre era zapatero, él, el noveno de once hermanos. En 1909, con tan solo 15 años, decide buscar mayor fortuna en Madrid y dejar atrás su pequeño pueblo manchego. Es en la capital donde el artista conoce a Rafael Gómez Egónez, su tutor y protector desde entonces. Asiste a las clases de Elías Tormo y va al Prado a copiar las obras de El Greco y Velázquez: artistas que le fascinan. En 1917 participa en una exposición para jóvenes talentos, donde conoce al poeta Juan Ramón Jiménez, que se fija en su obra, colaborarán juntos en varios proyectos. Frecuenta la Residencia de Estudiantes donde conoce a Dalí, Lorca, Buñuel y Francisco Bores, con los que acude a la Academia Libre fundada por Julio Moisés. En 1925 viaja a Paris donde pasó una breve estancia compartiendo el estudio de Pancho Cossio y conoció a José Mari Uzelai y Manuel Ángeles Ortiz.

A su regresó pasa una temporada en Alicante y Altea, población que le fascina por la luz que desprende y la envuelve, no obstante, acabará comprando un apartamento allí, donde pasaría largas temporadas. El año 1928 también fue importante para él pese a las críticas, apoyado por Rafael Alberti y José Bergamín expone en el Palacio de Bibliotecas y Museos de Madrid, muchos visitantes protestan por aquellas obras que consideran aberraciones, Madrid sigue siendo la ciudad señorona anquilosada en el pasado y la tradición, no quiere mirar a las vanguardias que imperan por Europa y el mundo, mas, al artista, se lo trae al pairo, dos años después volvía a exponer allí.

Benjamín está viviendo un momento importante de su vida. Junto al escultor Alberto Sánchez, expone en la Sociedad de Artistas Ibéricos, ambos pusieron en marcha la que se conocería como primera Escuela de Vallecas.
La Escuela de Vallecas
Fue creada por el escultor Alberto Sánchez y Benjamín Palencia en el año 1927 cuando se replantearon la renovación del arte español, a imagen y semejanza de los movimientos vanguardistas que agitaban Europa desde el comienzo del siglo. Su manifiesto: “¡Vivan los campos libres de España!
Según contaba el mismo Alberto Sánchez, Palencia y él se citaban en Atocha hacia las tres y media de la tarde y hacían distintos recorridos a la búsqueda de motivos pictóricos. No tardaron en unírseles muchos jóvenes artistas de temperamento inquieto y visceral, ávidos de crear, aprender, evolucionar, esa maravillosa “troupe surrealista” de pintores, escultores, fotógrafos, arquitectos, intelectuales y periodista entre los que se hallaban Maruja Mallo, José Moreno Villa, Nicolás de Lekuona, Jorge Osteiza, Josep Renau, Antonio Rodríguez, Gil Bel, y donde también participaban en algunos ensayos Federico García Lorca, José Bergaminó, Pablo Neruda, Miguel Hernández o Rafael Alberti entre otros.

La barraca
En 1932 comienza a colaborar en “La barraca” de Federico García Lorca realizando la escenografía y figurines para el montaje de “La vida es sueño”, de Calderón. Aquel mismo año vuelve a exponer -por tercera vez- en el Palacio de Bibliotecas y Museos de Madrid.
“La barraca” era un grupo de teatro universitario de carácter ambulante que dirigían Federico García Lorca y Eduardo Ugarte. Un proyecto muy bonito y noble cuyo fin era llevar la cultura a los pueblos más abandonados y miseros de la España profunda, donde representaban a los clásicos, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Lope de Rueda, Tirso de Molina, con aquellos escenarios tan fantásticos y maravillosos, llenos de color, que pintaban Benjamín Palencia, Ramón Gaya, Norah Borges, Santiago Ontaños, José Caballero, Eduardo Rodenas, Manuel Ángeles Ortiz, Alfonso López de León, entre otros. Muchos poetas los acompañaban, como Lorca, claro, y recitaban sus poemas.

¡ Imagínense lo que suponía para aquellas gentes olvidadas de la mano de Dios la llegada de aquellos locos artistas a su pueblo: una auténtica fiesta ! Las funciones eran gratuitas, formaban parte del proyecto de las Misiones Pedagógicas que comenzaron su andadura en el 1932, tratando de llevar la cultura a los más desfavorecidos. Representaron 13 obras en 74 localidades. El Departamento de Instrucción Pública proporcionaba los camiones, el resto lo hacían los estudiantes. Ellos llevaban mono azul, ellas un vestido azul con el cuello blanco. El estallido de la guerra dio al traste con todo.
La triste realidad: la guerra
En 1933 expone en la galería de Pierre Loeb de Paris, donde despierta gran admiración entre los artistas del momento como Braque y Picasso, así como los surrealistas franceses André Breton, Louis Aragon y Benjamín Péret.
A partir de 1936, durante la Guerra Civil, el pintor se refugia en su estudio de Madrid y en los trabajos de paisajes, abandonando la experimentación, su pintura se volvió más austera y sombría. Una vez finalizada ésta, el artista reunió a antiguos seguidores y a un puñado de estudiantes de Bellas Artes, entre ellos Álvaro Delgado Ramos, Carlos Pascual de Lara, Gregorio Olmo, Enrique Núñez Castelo y Francisco San José, grupo al que se conoció como la Segunda Escuela de Vallecas.

Etapa en Altea
“Tanto, que se ha hablado que mis amarillos venían de Van Gogh. No. Mis amarillos no vienen de Van Gogh, mis amarillos vienen del Greco, como también muchos colores como los granates, los amatistas, este carmín que yo pinto tanto y que son colores tan predilectos míos, también vienen del Greco,” Benjamín Palencia.

Es conocido como el pintor que renovó el paisaje en la segunda mitad del XX, de los colores fríos y desvaídos pasa a un momento de mayor esplendor, lleno de cromatismo, intenso luminoso, sus paisajes rurales se caracterizan por los emplastes pictóricos, interesándose por la materia, las texturas gruesas, usa espátula, los dedos, y hasta raya la superficie del lienzo con el mango del pincel. Benjamín Palencia estaba lleno de vitalidad.
Desde 1943 pasaba los otoños e inviernos en Altea, su “cuartel de invierno” donde trabajó con dedicación e ilusión durante muchos años, buscando los rincones más pintorescos y luminosos de la ciudad y sus alrededores para reflejarlos en su obra.

En 1977 abandonó su apartamento de Altea, trasladando el estudio invernal a su nueva casa de Polop.
Benjamín Palencia y Polop
Animado por su discípulo, paisano y amigo, Antonio Carrilero, natural de La Roda y enamorado de Polop, Palencia se fue a vivir a esta bella población, a escasos once kilómetros de Altea.
Aquí realizaría varios trabajos, paisajes llenos de luz y color, de alegría. Su presencia dejó huella en el lugar, destacando ese mural de azulejos que dedicó al pueblo de Polop y que todavía continua en esa icónica Plaza de los Chorros. Aquí vivió tan sólo unos meses durante sus últimos tres años de vida, pero él amó a este pueblo como tan sólo él sabía amar lo que veía, como amó su entorno, sus paisajes y montañas, sus huertos, sus rincones y esencias, sus gentes sencillas y amables, como amaba y sabía amar él: la vida.

El 10 de noviembre de 1978, en la inauguración del Museo de Albacete, donó 130 obras suyas. Un año después, en el 79, legó gran parte de su obra al Museo Español de Arte Contemporáneo.

Falleció en Madrid el 16 de enero de 1980 a los 85 años de edad, en su memoria testamentaria se contabilizaron 600 oleos y 10.000 dibujos. Recibió numerosos premios, distinciones y homenajes en vida, entre los que quiero destacar:
1943: Primera Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes.
1958: Gran Cruz del Mérito Civil.
1961: Medalla de Oro de la provincia de Albacete.
1963: Hijo Predilecto de la Ciudad de Albacete.
1978: Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.
En una ocasión, en Paris, el famoso pintor Braque quiso comprarle un cuadro, Palencia se lo regaló; también Jacqueline Kennedy, en Filadelfia, compró uno de sus trabajos en los sesenta; otra famosa mujer enamorada de su obra, la Princesa Paravicini, le invitó en una ocasión a hacer una exposición en su palacio romano.
También quiero recordar en este trabajo, rendido homenaje al pintor de los poetas de la Generación del 27, unas frases que le escribió su gran amigo el poeta Federico García Lorca y que destaco entre la correspondencia que ambos mantuvieron:
“Nosotros ahora tenemos que estrecharnos mucho y defendernos como caballos salvajes entre lobos”, Federico García Lorca.
“Tengo una gran alegría saludándote desde los miradores iluminados de Granada. Esta luz me aprieta las sienes como un pañuelo de oro”, Federico García Lorca.
“Ayer tarde descubrí un sitio para que tú lo pintases. Íbamos en auto. Un encinar verde y gris en unas lomas suavísimas ladrillo, melocotón y agua turbia”, Federico García Lorca.
*Obra consultada: “AQUÍ. Medios de Comunicación. Benjamín Palencia, el maestro que encontró en Altea su luz esencial. Nicolás Van Looy”, “Historia Arte (HA!) Pueblos- Benjamín Palencia”, Blogger.com. Conversaciones con Benjamín Palencia”, “Galería Guillermo de Osma. Benjamín Palencia y Federico García Lorca”, “Fundación Juan March. Palencia, Benjamín (1894- 1980)”, “misiglo.es. Benjamín Palencia- mi siglo”, “cuaderno de viajes. Polop de la Marina”.