
Pasearemos por Ocaña y prestaremos atención a algunos de sus curiosos lugares impregnados de Historia, la Plaza Mayor, el Palacio de los Cárdenas, el rollo, la Fuente Grande… y nos llevaremos un queso a casa.
La Plaza Mayor
La primera vez que llegué a Ocaña era ya noche cerrada. Tras dejar mi escaso equipaje en el hotel quise ir a cenar y pensé que el mejor lugar podría ser uno cualquiera de la Plaza Mayor, así que puse el satélite y me dirigí hacia allí paseando, pero en algún momento me equivoqué de rumbo y acabé frente al Penal de Ocaña, célebre prisión.
Afortunadamente, la cárcel estaba cerrada. Por poco me cuelo dentro y luego, a ver cómo salgo. No es tan raro, ni tan grande el despiste: la cárcel se encuentra a sólo 280 metros de la Plaza Mayor y su patio es casi tan grande como la misma plaza. Si no prestas la debida atención, a vista de satélite, se parecen mucho.

Corregido el rumbo, llegué a la Plaza y pude cenar muy tranquilamente, seguramente por ser día laborable víspera de laborable. Plaza muy bonita, muy ordenada… muy cuadrada, muy barroca y muy porticada, y bastante grande: más de 2500 metros cuadrados de planta.
Ocaña fue fugazmente de la Orden de Calatrava, pero su importancia se dio posteriormente bajo dominio de la Orden de Santiago, llegando a disputar la prevalencia en influencia con la misma sede de la Orden en el Monasterio de Uclés. Lope de Vega, en su obra de teatro Peribáñez y el Comendador de Ocaña, ambientada en Ocaña y Toledo, tiene la virtud de enfrentar al villano con honra con el libidinoso y pérfido, poderosísimo Comendador de Ocaña, pero lo expone en pasado más de 200 años por obvia prudencia. Con todo, su mérito consiste en el contraste entre el plebeyo que tiene la razón y el malvado poderoso: es el Rey el único que pude nivelar este conflicto e impartir justicia.
El Palacio de los Cárdenas
Hablando de justicia, visité los actuales Juzgados, en realidad el Palacio de los Frías o de los Cárdenas, obra de finales del XV que aún conserva unas rejas únicas con un diseño particularísimo si nos fijamos cómo se entrecruzan los barrotes, pasando unos por unas anillas picudas formadas por los otros, unas veces en vertical y otras en horizontal. Un encaje de bolillos en herrería. Una incontestable obra de arte.

El Palacio, en ruinas a mediados del S. XIX, ha sido reformado para su uso como oficina judicial y sala de vistas, y se dispusieron medidas contra palomas en los capiteles, con afiladas agujas para disuadirlas. Pero las contumaces palomas seguían frecuentando el lugar, de tal manera que un avispado técnico diseñó la solución: una enorme red que, como gran mosquitera, evitaría que las palomas entraran al amplio patio del edificio.
Una medida económica que evita un gran coste de mantenimiento, pero que ahora nos muestra el triste espectáculo de aves muertas sobre la red, que se quedan ahí en trance de ser momias de paloma, algo realmente desagradable.

Las yeserías mudéjares y los suelos castellanos, el frío terrible del patio y los escudos de armas y las conchas de Santiago sobre los capiteles, dotan de armonía a un conjunto de bellas proporciones.
El teatro y el rollo
Muy cerca encontramos el antiguo Colegio de Jesuitas (siglos XVI-XIX) hoy Teatro Lope de Vega, con un esbelto campanario y, frente al teatro, un enorme rollo, altísimo, también grácil, en la hoy Plaza de José María Prada. El rollo actual es copia del primitivo del S. XV y su emplazamiento es el actual desde hace 40 años. Antes estuvo en la Plaza Mayor. El rollo de justicia o picota era donde se castigaba públicamente a los sentenciados para regocijo de los mirones. Me imagino los suplicios que sufrirían los reos encadenados a ese rollo, empequeñecidos por sus dimensiones y me sobrecojo al pensar cuantas penas capitales y cuantos autos de fe de la Inquisición ha presenciado el rollo.

Las Cortes de Cádiz ordenaron la demolición de rollos y picotas, pero no paro de encontrármelos. Hecha la ley, hecha la trampa. Se coloca una cruz encima del rollo y deja de ser picota para ser cruz de término.
Seguimos por esta misma calle, la calle Lope de Vega, claro, y alcanzamos un busto de Isabel la Católica en las proximidades de la Iglesia de San Juan Bautista, a la que damos la vuelta asomándonos a la judería, y de ahí volvemos hacia el este por la calle San Martín y llegamos a la Torre y Portada del S. XVI, y nos llamarán la atención la fuerte torre con su sillería magnífica y su altura y también las calaveras del arco de la antigua puerta intercaladas entre la fruta.
Las afueras
Sin darme apenas cuenta, he llegado al borde norte de la población, a un valle que la separa de la vía del ferrocarril. Ahí abajo, en su bonito paseo, alcanzo la Fuente Grande, del s. XVI, en realidad una enorme plaza de piedra rodeada de caños, que encuentro en obras.
De aquí bajo a la Fuente Vieja, de menor tamaño, pero con sillares de importancia y antigüedad desconocida, citada documentalmente ya en el año 1501. La encuentro medio inundada y necesitada de un poco de atención, pero me gusta ese lugar, con el puente del ferrocarril detrás.

En las cercanías está la ermita de Jesús de las Cuevas, con un bonito patio frontal, un sitio muy bueno para sentarte, beber un poco de agua y repasar los cordones de los zapatos antes de iniciar la cuesta arriba hacia la población.
Al pasar otra vez frente a la Fuente Grande me encuentro una mujer con un coche de bebé, que me pregunta con acento sudamericano por el Ayuntamiento. Yo le señalo la cuesta arriba y le digo que tenga cuidado con los coches porque no hay aceras por ese lado durante un buen tramo. Ella mira el reloj y sigue su camino, sin apenas despedirse, como si hubiera esperado algo más de mí. Yo me escabullo al lado de los jardines de la Fuente Grande y me mantengo fuera de la población dando un amplio círculo para buscar una quesería local donde sospecho que hacen un queso buenísimo.
La Quesería de Ocaña
He ido varias veces a Ocaña, he comprado bollos, he comprado hasta calcetines… pero lo mejor que he comprado en Ocaña es el queso curado de oveja. Buenísimo, el mejor souvenir.
No faltan servicios en Ocaña, incluyendo un supermercado que tiene de todo muy cerca de mi hotel. El mayor defecto del hotel es que los semáforos cercanos comienzan a gorjear su señal sonora para los invidentes muy temprano, demasiado temprano.
En cada esquina encuentro algo de interés, como el escudo de armas en la calle Frías nº 12, a espaldas del hotel, con el cerámico de “Casa de Rivera”, que representa un toro excéntrico y una serpiente o dragón enroscado en un árbol en el centro, con todo el campo derecho vacío. La puerta con remaches metálicos ya es en sí una obra de arte.

En definitiva, Ocaña, la del comendador, un pueblo cargado de historia donde vale la pena perderse una y otra vez.