
Damos un suave paseo, en la quietud del alba, con luces tempranas y fresco en las caras, caminando reflexivamente, entrelazados por el absurdo de la vida y el dolor de la muerte, abrazados por el sentimiento piadoso de las cofradías, cargados con nuestras propias culpas y algunas ajenas, por tanto dolor que existe en el mundo: es el ascenso al calvario de Benidorm.
El monte Calvario
El Gólgota se latiniza como lugar de la calavera, y de ahí lugar del calvario, y también monte calvario, aunque se trate de un nombre impropio, un peñasco más que un monte, una roca desnuda con forma de calavera, en esos lugares preñados de violencia y sangre del otro lado del mediterráneo.
Allí murió el judío Jesús, abandonado o no por su Padre, con el que era uno y trino, gracias a la intervención del Espíritu Santo. El judío Jesús, el mismísimo Dios, pasó por esa Vía Dolorosa de Jerusalem, desde la estación 1ª, a 755 metros de altitud sobre el nivel del mar, a la 14ª, a una altitud de 765 metros sobre el nivel del mar, un desnivel de 10 metros con un trayecto de 1.200 metros, un paseo muy asequible, si no fuera porque estaba condenado a pena de muerte mediante crucifixión, una forma bastante vejatoria y dolorosa de ejecución. Condenado a muerte por incomprensión.
Rodeado por los vecinos de Jerusalem, para muchos de los cuales aquél era un espectáculo favorito (se habla de unas 500 ejecuciones anuales), bajo su escarnio y cargando con todos los pecados de la humanidad, debió ser un paseo muy duro. Las 14 estaciones están para recordarnos incidencias y penalidades en lo que llamamos via crucis (camino de la cruz, en latín) o Vía Dolorosa.

Algunos via crucis espectaculares
El viajado lector seguramente podrá recitar unos cuantos via crucis de hermoso recuerdo, normalmente con llegada en alto. Yo mismo os puedo recomendar algunos que están llenos de belleza.
Comienzo por el de Cullera que lleva en zigzag y continuo ascenso por sus 600 metros con un desnivel de 76 metros, desde la población hasta el Santuario de la Virgen del Castillo, al lado mismo del castillo, desde donde divisaremos el pueblo con su puerto fluvial, el río Júcar, la desembocadura, el mar Mediterráneo, la torre del Marenyet, el fuerte Carlista, el cocodrilo de la Murta, la figura meridional y mayestática del Mongó…
También es digno de ser visitado el via crucis de Sella, de más de 450 metros de largo y 30 metros de desnivel, que por una ladera arbolada nos conduce hasta la ermita de Santa Bárbara y los restos del castillo del mismo nombre, en cuya misma puerta encontramos la XIV estación, “Jesús es depositado en el sepulcro”.

Particularmente bonito es el via crucis de Gata de Gorgos que sube desde la población, por un paso en la vía del TRAM hasta la ermita del Santísimo Cristo, por un ancho camino flanqueado de hermosos cipreses, a lo largo de 330 metros con 28 metros de desnivel. En la explanada frente a la ermita encontraremos ocho de las estaciones.
El via crucis de Oliva, con su sendero en zigzag entre los pinos a los pies del castillo de Santa Ana, también me trae deliciosos recuerdos.
Y el via crucis de Callosa d’En Sarrià, con unas rampas pobladas con estaciones que ilustran el nombre del piadoso donante que costeó una u otra, hasta coronar en una terraza con vistas a la bahía de Altea, Sierra Helada, el Ponoig…
Y claramente el de Polop, en la subida al castillo, el jardín de cruces del escritor Gabriel Miró, que así lo llamó por su uso anterior como cementerio. Desde aquí tenemos una visión gloriosa de la Iglesia y de Ponoig, que semeja desde aquí claramente un león dormido.
El vía crucis de Benidorm
El vía crucis de Benidorm no acaba en un sitio ni muy alto, ni con grandes vistas, ni serpentea laderas buscando elevarse… la procesión se dirige con derechura por el parque de Elche y gana enseguida la Avenida Nicaragua, por la que sube hasta pasar el cementerio y pararse frente a un pequeña parcela trapezoidal, invisible entre las torres de viviendas que la flanquean. Allí, sobrecogidas, escondidas bajo unos enormes pinos, están asustadísimas las estaciones, con su relato de dolor y muerte, de espinas y de un lanzazo que quizás fue golpe de gracia que vino a cercenar la agonía.

Lo destacable es el previo camino procesional, con las primeras luces de la mañana, frente al Mediterráneo, en un recogimiento interior inesperado, con una ciudad que parece contener el bostezo y hasta el aliento, mientras los pasos avanzan: el hijo de Dios, que es Dios mismo, que acude a su propia muerte, seguido de su Madre, que no cesa de llorar sobrepasada de dolor, pues en esta jornada va a sufrir cuatro de los siete dolores que dan sustancia y nombre a la Dolorosa: el encuentro con su hijo cargando la cruz, la crucifixión, el sostener a su hijo muerto entre sus brazos al ser descendido de la cruz y la propia sepultura y adiós a su hijo.
Virgen sosteniendo a su hijo muerto y exangüe que trae a nuestra memoria La Piedad de Juan de Ávalos en el Valle de los Caídos, que a su vez es la estación 13 del vía crucis que recorre el recinto de ese estigmatizado lugar… Juan de Ávalos, escultor insigne del que tenemos cuatro bronces lugares públicos de Benidorm.
Como decía, es el camino mismo, llanito al lado del inmenso mar, la playa vacía, el silencio del alba, el que nos sobrecoge e invita a la introspección, a buscar significación a las cosas, que siempre parecen hechas a propósito para confundirnos.
Y cuando llegamos al calvario propiamente dicho, son las sombras de los pinos, la humildad del sitio, la profundidad de las palabras, la dimensión trascendental de la ejecución de la pena de muerte sobre quien predicaba el amor al prójimo, aquello que ahora nos da una visión nítida del sentido religioso que nos rodea y que a lo mejor, sólo a lo mejor, o en el mejor de los casos, se encuentra también en nuestro interior.
La pena de muerte y la expiación de los pecados
Queda así testimonio y moraleja: los romanos de la república ejecutaban a los reos de muerte despeñándolos de la Peña Tarpeya; los romanos del imperio los clavaban y colgaban de una cruz o un aspa de madera; los inquisidores iluminados los quemaban en la plaza de la cruz verde y los montañeses revolucionarios pasaban por la guillotina a los más ricos. Aquí, en Benidorm, más humanistas, nos limitamos a acompañarlo apenados, compadeciéndolo a él y a su madre, a un lugar no muy alejado, no muy alto, donde tratar públicamente, pero con discreción el dolor, que es el crisol en que se funden todos los sufrimientos de nuestro mundo, tan incomprensible como lleno de incomprensión.
De todos los via crucis que he expuesto, seguramente el de Benidorm sería el menos rechazado por Cesare Beccaria, que sienta en su obra De los delitos y las Penas: “para que toda pena no sea violencia de uno o de muchos contra un particular ciudadano, debe esencialmente ser pública, pronta, necesaria, la más pequeña de las posibles en las circunstancias actuales, proporcionada a los delitos, dictada por las leyes”.
Alejandro Dumas en La Guerra de las Mujeres, lo dice claro: “cuando dos hombres deben morir, primero que sólo muera uno, a ser posible, suponiendo incluso que una boca tenga derecho a soplar la llama encendida por la mano de Dios” y expresa lo inicuo que resulta “poner a Barrabás en libertad para crucificar a Jesús”.
Con ese sentimiento de justicia, más religioso o menos religioso, reflexionemos y afloremos las mejores intenciones, procuremos evitar hacer daño a nadie, que nuestra boca jamás sople la llama encendida por la mano de Dios, y dado que no podemos cambiar la muerte de Cristo, llorémosla por dentro como corresponde, pero aprendamos la lección.
