
Bienvenidos a una nueva entrega de Rutas Malditas, un espacio en el que las palabras buscan emocionar, preguntar y, a veces, profundizar en temas en los que la razón y la lógica entran en contradicción con otros planos que ante nuestros ojos se abren. Es tan fina la línea que separa realidad y ficción que, a menudo, es difícil diferenciar la una de la otra.
La Torre de la Calahorra guarda las almas atrapadas intramuros
En la bella ciudad de Elche encontramos la torre de la Calahorra, un lugar con un pasado histórico espectacular en el que encontraron la muerte muchas personas. Fue fortaleza árabe, castillo medieval y sede de la única logia masónica de rito egipcio que existió en España. Un enclave estudiado por un grupo de parapsicólogos, que llegó a grabar psicofonías y comprobó que en su interior se abría una puerta a lo desconocido tras apreciar una serie de fenómenos sobrenaturales difíciles de explicar desde una perspectiva científica. ¡Todo un reclamo para los jóvenes amantes del misterio! Experiencia terrorífica para seis estudiantes de Historia que eligieron la antigua torre medieval para desarrollar un estudio en un lugar que, desde el principio, les hizo saber que en su interior no sólo se conservaba historia, sino también las almas atrapadas de quienes murieron entre sus muros.
En Elche se encuentrala Torre de la Calahorra antigua fortaleza árabe, castillo medieval y refugio de la única logia masónica de rito egipcio que existió en España. El lugar cumple los requisitos para alojar fenómenos paranormales, e incluso la última persona que habitó en el lugar cuenta que un día se encontró con un ser sin cabeza. Es un enclave estudiado por parapsicólogos, que descubrieron en las grabaciones que realizaron en su interior psicofonías de diferentes voces y lamentos. Sin duda un fantasmagórico lugar de misterio y muerte.
Un grupo de seis estudiantes de segundo de Historia de la Universidad de Alicante llegó a la torre de la Calahorra, en Elche, cuando el sol comenzaba a ocultarse. Aquella visita formaba parte de un trabajo universitario, pero ninguno de ellos ignoraba la reputación del lugar. La torre había sido fortaleza árabe, castillo medieval y, durante un breve y oscuro periodo, la única logia masónica de rito egipcio que existió en España. Demasiada historia concentrada entre muros de piedra.
Desde el exterior, la torre parecía observarlos. Sus paredes guardaban cicatrices del tiempo y de las muertes que allí ocurrieron.

Al entrar, el aire se volvió frío y pesado, como si el edificio respirara con dificultad. Las linternas iluminaron símbolos masónicos grabados en las paredes, figuras geométricas y jeroglíficos que parecían deformarse con las sombras.
Mientras tomaban notas, comenzaron a oír susurros lejanos, apenas perceptibles, como lamentos ahogados. Ninguno hablaba, y aun así los sonidos persistían. Uno de los estudiantes recordó entonces los informes de parapsicólogos que habían registrado psicofonías con voces y gritos en el interior de la torre. Otro mencionó la leyenda del último habitante, quien aseguraba haberse encontrado con un ser sin cabeza. El comentario fue recibido con un silencio incómodo.
Al ascender a la planta superior, un golpe seco resonó en la sala circular. Las linternas parpadearon al mismo tiempo. El frío se intensificó. Entonces, desde un rincón oscuro, una figura comenzó a moverse lentamente. No tenía cabeza. Su cuerpo parecía cubierto por una sombra espesa que se arrastraba por el suelo.
Las paredes vibraron y, de pronto, el silencio se rompió con un coro de voces: rezos antiguos, llantos, gritos de agonía. Eran ecos de quienes habían muerto allí a lo largo de los siglos. Los estudiantes, paralizados por el terror, comprendieron que la torre no solo conservaba historia, sino también almas atrapadas.

Huyeron sin mirar atrás, descendiendo por la escalera mientras sentían pasos siguiéndolos. Cuando por fin salieron de la torre, ninguno podía respirar con normalidad. Fuera, las luces de Elche titilaban, insignificantes comparadas con la oscuridad que acababan de dejar atrás. Las piedras milenarias parecían observarlos, como si la torre no solo hubiera alojado siglos de historia, sino que los hubiera absorbido a ellos también.
Al día siguiente, decidieron revisar las grabaciones que habían obtenido en el interior. Querían encontrar explicaciones racionales, pistas que explicaran los susurros y lamentos captados, aquellos ruidos que resonaban como si vinieran de túneles ocultos bajo los cimientos.
Pero lo que encontraron no fue simplemente eso. Primero, el audio estaba distorsionado de formas imposibles: voces entrelazadas que repitieron frases que ninguno de ellos había pronunciado durante la visita. Luego, justo al final de la grabación, algo nuevo apareció, una serie de clics cadenciosos, como pasos lentos… acercándose. Entonces, con voz ronca, baja y más clara de lo que debería ser posible, una entidad pronunció sus nombres completos, uno por uno, como si los hubiera estado aguardando desde siempre.
Un escalofrío recorrió a los estudiantes. Nadie se atrevió a hablar. Lo que más les heló la sangre fue el último sonido: un ruido seco acompañado de un susurro que decía: “Aquí…”, como si algo hubiera salido de las entrañas de la torre y ahora estuviera,… al otro lado de la puerta.

Cuando levantaron la vista hacia la ventana, ninguno se atrevió a mirar fuera. Pero en sus mentes resonaba una certeza terrible: La torre de la Calahorra no se quedó atrás. Los había seguido.
La Calahorra sigue en pie, hermosa y silenciosa, bañada por la luz dorada del atardecer. Sus muros no amenazan; seducen. Guardan secretos, historias de amor, de muerte y de juramentos pronunciados a media voz. No obliga a entrar: invita.
Y entonces surge la pregunta inevitable, susurrada más que formulada: ¿Cómo resistirse a adentrarse un lugar que promete eternidad? ¿Quién podría ignorar una torre que aún recuerda los nombres de quienes la amaron y la temieron? ¿No es acaso la historia una forma de enamorarse del pasado, incluso cuando este está lleno de sombras?
Quizá por eso siempre hay alguien dispuesto a cruzar su umbral. Alguien que, aun sabiendo lo que ocurrió allí, decide acercarse.
Porque hay misterios que no se visitan por valentía…sino por amor.
Y tú, ¿te atreves a ir a visitarla?
Pues no, Angela, no. No me atrevo, aunque me parece muy interesante. Me gusta tu estilo.
Jajajaja… gracias Maribel 😍