
Capítulo III
José Pérez Atoche inauguró el bar “Loro Loco” en el antiguo barrio de Alhazán, a cierta distancia del centro histórico de Nebulonia, al que unía un viejo y estrecho camino, forjado por el paso de los años, de los animales que tiraban de los carros (cuando no existían vehículos de tracción motor) y por las pisadas de los hacían el recorrido a pie entre la maleza de los ribazos y los muretes que protegían los huertos próximos.
La vereda la habían ido moldeado varias generaciones de vecinos, a la que años después cubrió un manto de asfalto para, posteriormente, ampliarse y convertirse en una de las principales avenidas de la localidad. Tiempo después el asfalto cubrió la vereda. Al abuelo José se le ponía la piel con escarpias cuando oía al personal referirse al “centro histórico” de Nebulonia: no negaba que el calificativo como tal fuera falso, sino que el barrio más antiguo y, por tanto, histórico del pueblo era Alhazán, equidistante del núcleo poblacional por donde más había crecido la urbe. El abuelo de Miguel y Willy (también de Silvela) auguraba que él no lo viera pero que con el tiempo historiadores, arqueólogos y científicos pondrían cada cosa en su sitio.
La abuela Josefa se deshacía con “Miguelito” que sólo tenía que abrir la boca para que ésta satisficiera sus caprichos. Pero el pequeño Miguel no era un niño caprichoso le gustaba estar junto a los abuelos paternos por el cariño, el amor, el cobijo que siempre encontró en ellos y por los deliciosos aromas que, según la hora del día, salían de la cocina: el olor al café que tomaban los abuelos y el de las tostadas recién hechas se deslizaban por entre las hendiduras del viejo caserón hasta que Miguel, todavía dormido, inhalaba un soplo de aire caliente, penetrante, reconocido: el desayuno estaba listo y saltaba de la cama para dirigirse en tropel a la cocina, sentarse junto a los abuelos en la mesa camilla y darle un buen bocado al sabroso pan con aceite que degustaba con auténtico deleite y que alternaba con sorbos leche fresca, que su abuela comproba a diario a una vecina y que ellas misma hervía. La abuela Josefa amasaba el pan, hacía magdalenas, distintos dulces, lo que se le ocurría,… que luego portaba al horno del panadero del barrio, sin dejar de mirar el reloj y evitar que las ricas recetas, a última hora, superasen el tiempo de horneado requerido.
Los olores, los sabores, el discurrir de las horas, los días eran mucho más cortos en Alhazán, quizá porque se vivía más fuera que dentro, con las puertas de las casas abiertas, las mujeres hablando a la entrada de comercio y los niños jugando y correteando por ese laberinto de calles que sólo conocían los vecinos del barrio, los de toda la vida. José y Josefa no descuidaban a sus otros nietos: Sylvela y Guillermo (Willy) porque Miguel sólo pasaba con los abuelos algunos fines de semana, así como todas las vacaciones del año pero, sobre todo, a Willy le daba mucha pena que no tuviera madre. Desde muy pequeños, la unión entre ellos fue muy estrecha. Habían jugado y crecido juntos, sólo hubo una discusión entre ellos, en la recién estrenada pubertad se habían enamorado de la misma chica, exceptuando aquella ocasión, siempre mantuvieron la misma relación.

Por el contrario, con Sylvela ni de pequeños ni de mayores habían tenido conexión alguna. Diplomada en Empresariales, con 25 años se casó con promotor inmobiliario que bebía los vientos por ella. Una mujer ambiciosa, calculadora y sin vínculos familiares. Poco antes de morir el abuelo José, Sylvela y su marido fueron a visitar a los abuelos. Por supuesto, hacía años que se había mudado de barrio y que a Alhazán acudía en ocasiones contadas. Un fin de semana que Willy estaba echando una mano en el bar, su hermana y su cuñado pasaron por delante pero ni se pararon a ver quién estaba a cargo del negocio familiar, lo que no lo asombró “tratándose de quién se trataba”. Algo más de extrañeza le causó ver regresar a la pareja de casa de los abuelos, después de estar casi un año sin visitarlos. Lo sabía por su abuela, a la que a menudo sorprendía hablando por teléfono con su hermana a la que pedía y suplicaba que fueran a verlos. Que la echaban de menos. Sylvela con la excusa de que tenían mucho trabajo se la quitaba de en medio, por supuesto, sin dejar de prometerle que pronto irían a comer. Josefa conocía a su nieta, sabía que la estaba mintiendo, aunque esperaba que esta vez la que se equivocara fuera ella. En esas estaba, cuando lo llamó su abuela.
– Josefa: ¡Vente para casa rápido! He llamado a una ambulancia. Tu abuelo se está… -No terminó de escucharla, había dejó el teléfono colgando y corrió, tan deprisa como pudo, hacia casa de sus abuelos que estaba muy próxima al bar. Cuando llegó un par de vecinas acompañaban a Josefa que no sabía que hacer mientras llegaba la ambulancia. Había conseguido llevar a su marido a la cama de habitación que había junto al comedor, donde José con el brazo izquierdo se presionaba ese lado del pecho, mientras se le notaba que no podía respirar bien. Tampoco podía hablar. Su nieto pequeño sentó junto a él en la cama y le cogió la mano.
-Willy: ¡Vamos abuelo! ¡Tranquilízate! Intenta respirar poco a poco. ¿Quieres agua? -José negó con la cabeza, mientras los párpados se le iban cerrando- ¡Eh abuelo, no te duermas! -Zarandeaba ligeramente la cabeza de José para que mantuviera los ojos abiertos y con el vaso de agua que Josefa había dejado en la mesita de noche se mojó un poco las manos para pasárselas por la cara.
Desde la llamada de la abuela hasta que llegó la ambulancia apenas habían transcurrido 15 minutos, que tanto para la mujer como para el nieto se les hicieron eternos. La ambulancia lo trasladó al hospital de Nebulonia. El abuelo había sufrido un ataque cardiaco y se estaba debatiendo entre la vida y la muerte. Toda la familia estaba en urgencias, esperaban que alguien les informara cuál era la situación de José. Estaban todos, menos Sylvela. Tampoco nadie la esperaba. A Miguel no lo quisieron llamar hasta conocer con certeza el estado en el que se encontraba el abuelo. Era mediados del mes de febrero de 1975.
El abuelo José pasó mes y medio en el hospital, tardó unos cuantos más en poder hacer “vida normal”. Apenas podía doblar la rodilla izquierda y se apoyaba sobre una garrota para caminar. En la cara se le apreciaba otra de las secuelas que el ataque cardíaco le había provocado: la caída de los labios de la parte derecha que a la hora de hablar se traducía en una voz gangosa. El abuelo no volvió a ser nunca el mismo.
Por su parte, Josefa para evitar un enfrentamiento entre sus nietos nunca quiso decir lo que había ocurrido aquella tarde y a aunque también se lo pidió hasta de rodillas a su marido éste no le hizo el menor caso. Sabía lo que tenía que hacer y porqué.
No tardó mucho en producirse la conversación que José esperaba mantener con sus dos hijos y dos nietos, a Sylvana no la consideraba ya de la familia. Fue en el verano de ese mismo año, Miguel regresó a Nebulonia, a casa de sus abuelos en el barrio de Alhazán para pasar, como siempre, las vacaciones junto a ellos. Los echaba mucho de menos, a ellos y a toda la familia, desde que se trasladara a Maestía para cursar la carrera de periodismo las visitas eran muy espaciadas y, a menudo, sentía la soledad de los que acaban de salir del cascaron pero el miedo y la responsabilidad o las dos cosas a la vez les impide echar atrás para volver a la confortabilidad que sólo les proporciona el propio hogar.
A la semana de regresar Miguel, el abuelo
Willy cada vez pasara más horas en el “Loro loco”. Su padre, de igual nombre que el abuelo, pero bautizado como José Pérez García, alternaba se las arreglaba para cuadrar horarios en el bar y en la administración de fincas que regentaba desde hacía más de 20 años. Hasta el momento del infarto, aunque retirado y pasados los 75 años, el abuelo se encargaba dirigir el negocio: un camarero tras la barra, dos más atendiendo las mesas, a los que había que sumar el pinche y la cocinera. Todos llevaban años trabajando en el “Loro loco”, pero el abuelo decía que había que estar ahí. Él se encargaba de anotar los pedidos, de llamar a los proveedores… ¡Vamos de todo! Ahora era su padre el que se encargaba llevar a cabo todo el trabajo que requería el bar.
De los dos hijos de José y Josefa, el menor era vivía y tenía el negocio más cerca. Los padres de Willy hacía apenas cinco años que se habían trasladado a vivir al vecino barrio del “Ensanche”, su madre Mary Taylor estaba encantada con el cambio. No dejaba expresar decir la comodidad que suponía vivir en un piso, sin tener que subir y bajar escaleras, con plaza de garaje para aparcar, sin el inconveniente que suponía el residir en un barrio cerrado al tráfico…Se quedó en la amplia casa de Alhazán, junto a la de sus abuelos, más ancho que largo, a tan sólo cinco minutos a pie de la vivienda de sus padres.
Miguel, el mayor de los hijos de la pareja de ancianos, padre del “Manco” vivía en un céntrico ático de Nebulonia, al que se mudó nada más casarse con Asunción Mendoza (Asun), que pertenecía a una de las familias más adineradas de la localidad. Los jóvenes se conocieron en el hotel Vértice propiedad de la familia Mendoza, llamado así singularidad arquitectónica igual a la de la figura geométrica, uno de los más establecimientos más lujosos de la época, ubicado frente a la bahía de la localidad, el salón principal acogió el banquete de boda de la enamorada pareja. Tres años más tarde, en 1955 nació el único del matrimonio, Miguel Pérez Mendoza, que a los nueve meses quedó huérfano de madre. Asun murió de una fulminante peritonitis. La familia de la joven, destrozada en esos momentos, delegó en el yerno la dirección del hotel, que desbordado por la situación acudió a sus padres quienes le ayudaron a criar al niño. El trabajo le impedía al mayor de los hijos visitar con mayor frecuencia a sus padres, actitud que José años después recriminaría con el término “desclasao”, que dejó de utilizar sino quería llevarse una buena reprimenda de Josefa.
En la casa familiar, a la hora y día señalados José Pérez, padre y abuelo, contó lo que había ocurrido con Sylvela el día que le dio el infarto:
-Abuelo José: Hacía más de un año que no venían por aquí. Pretendía que vendiéramos parte del patrimonio y adelantarle la parte de la herencia que le correspondía. Nos mataba a todos por adelantado. Decía que estaban desesperados, que no tenían ni para comer. Le respondí que si lo que necesitaba era dinero que no había problema que le dábamos lo que necesitaran.
“Esta es tu casa. Hago comida todos los días, sino podéis venir yo misma te llenaré la despensa. ¡No me digas que te falta para comer, por favor Sylvela. ¿Tus padres saben en la situación en la que estáis? ¡No me lo puedo creer y yo sin saber nada!”
A vuestra madre estaba a punto de darle algo y cuando vuestra madre le hizo esa pregunta, -continúo relatando el abuelo-, negó con la cabeza y sin pudor ninguno representó una interpretación que ya la quisieran muchas actrices escenificar también como ella y que sólo reconocemos los que la hemos visto nacer.”
El menor de los hijos y padre de Sylvela conmocionado empezó a balbucear a moverse de un lado al otro del comedor. Se sentó en el sofá, se cubrió la cara con las manos, empezó a llorar. Josefa entró y empezó a discutir con su marido. Su hijo José le pidió por favor que se callara y que dejara hablar a su padre.
-Abuelo José: No llores hijo por favor se me parte el corazón y mira que ya lo tengo roto hace un tiempo. Cuando se percató que estaba a punto de llamarte, se puso como una loca y nos amenazó, nos advirtió que al barrio se había mudado mala gente, que tuviéramos cuidado por las noches. La mandé a la m…, les señalé la puerta de la calle: ¡Vete y no vuelvas para mi estás muerta, aquí no tienes ya familia! Se levantó, tras ella “su perrito faldero y rápidamente salieron.
Lo lamento en el alma José pero no tengo nieta desde aquel momento. Y una cosa os quiero advertir a todos porque sé que me queda poco tiempo: “Hay cosas que no se pueden vender sin saber antes qué se oculta entre sus muros.”
Willy ya sabes la buena relación que siempre hemos tenido con tus abuelos maternos, el pobre William ya no está entre nosotros pero con tu abuela Mary casi todas las semanas, con más frecuencia desde lo ocurrido aquella tarde. Esta misma semana vendrá, así nos los ha adelantado esta misma tarde. Tiene una conversación pendiente contigo, nada malo puedes esperar de ella como tampoco de tu abuela Josefa son personas de corazón y bondad. Sólo te pido que la escuches, que confíes en ella y que le hagas caso.
El Escondite y la macabra crónica de Isabel
La Cueva era espacio excavado en la tierra que alguien había estado construyendo a pico y pala muchos años atrás. Un espacio amplio, con ventilación: tras una puerta abovedada se abre la imagen de un amplio baño que ha sabido aprovechar los rincones del espacio en cuya parte más baja hay un jacuzzi, una ducha que ilumina de distintos colores la estancia con está en funcionamiento, original lavabo que es un saliente de la propia roca sobre la que se le ha instalado un frigo que a modo de pequeño salto de agua se enciende cada vez que se presiona el botón ubicado en el lavabo. Sobre éste un amplio espejo, también colocado sobre la propia roca, y al otro lado de la estancia, el wáter. Los pequeños salientes están decorados por velas o flores, no más de tres o cuatro.
Cerca del baño, por una puerta de forma ojival se entra a la habitación del Willy una cama de dos metros reclinable ocupa la mayor parte de espacio. Frente a ella una televisión de última generación y amplias dimensiones da fe de la pasión que tiene éste por la pequeña (gran pantalla). A un lado un de ésta una antigua puerta, de las llamadas castellanas, daba acceso a un amplio hueco se había aprovechado como vestidor y, al otro, se habían colocado unas de madera en recoveco también de dimensiones considerables que hacía las veces de estantería que tenía repleta de libro. En la zona más abuhardillada un antiguo escritorio viejo escritorio y sobre él otra estantería culminaban la decoración del dormitorio que tenía como mesitas de noche viejas cajas de madera y una iluminación que graduaba desde el asistente tecnológico.
La pieza fundamental de la sala principal la componía una mesa baja sujeta cuatro por cuatro, sujeta por seis cúmulos de ladrillos cada ángulo, sobre los que reposaba un antiguo tablero de ajedrez. Un amplio banco corrido de terciopelo beige aportaba sensación calidez un espacio excavado en la roca que tenía diferentes alfombras, de diferentes colores, distribuidas por toda la sala. Así como antiguos sillones, butacas o puff.

Frente a estos sillones un pequeño escenario se distribuía junto a una colección de baterías, altavoces, micrófonos, bafles, focos, pies de micro, … Al lado, diversos tocadiscos y cajas de vinilos acumulados durante décadas y baquetas de diferentes tamaños y dimensiones y firmadas por diferentes músicos las mantenía Willy, como un tesoro, colgadas en la pared, como el que cuelga un Picasso sobre la chimenea del comedor. Según la época este rincón había servido para grabar mensajes, emitir señales, crear contenidos alternativos y lugar de ensayos del grupo que Willy tenía en su juventud.
Una cortina que simulaba piel de leopardo daba acceso a la sala técnica de con ordenadores de la vieja y nueva generación y hasta de revelado de imágenes cuando no existían los sistemas digitales. Al ver este rincón Isabel se estremeció. Willy le dijo que no se preocupara que estaba todo apagado.
Frente a la mesa y el banco corrido, Willy había encontrado hueco a la cocina con poco instrumental: una nevera alta, para guardar todo tipo de alimentos, un arcón, una especie despensa, un microondas y una mesa plegable con dos taburetes
Había dos cortinas más, tras las que se escondían dos pasadizos. Uno el que ventilaba la cueva, conducía al otro lado del barrio Alhazán, a la llamada zona del Ensanche, para finalizar en un parque próximo a modo pequeña ventana aboveda enrejada cubierta de plantas enredaderas.
El otro pasadizo, no tenía salida y Willy lo utilizaba como desván donde guardaba todo tipo de enseres y muebles viejos de la familia Pérez Taylor, guardaba con especial cariño tras una puerta también enrejada y oculta tras la cortina.
El lugar perfecto para esconder a Isabel mientras piensa cómo enfrentar la situación. Pocos minutos después, aparece Miguel. Isabel no cabía en sí de gozo, los amigos de los veranos en Nebulonia, de nuevo juntos. Willy se adelanta para que su primo no se acercara a ella, pese a que se lo había advertido por teléfono, el primer impulso tras verla sabía que iba ser apretarla con gran abrazo. Muchas de las heridas del cuerpo de Isabel todavía están abiertas.

Mientras Willy le curaba las heridas, Isabel empezó a narrar la historia vejaciones, malos tratos y sufrimiento que había sufrido poco tiempo después de su boda con Ramiro Vélez de Maeztu y Sinoa, duque de Maison.
Isabel no sabía nada de donde había estado durante todo este tiempo, la mayoría de éste drogada por su marido. Lo que sabía es que la golpeaba brutalmente, la anulaba psicológicamente porque no podía tener hijos y la sumió en una depresión de la que todavía no se había recuperado. Le llevaba las amantes a casa y hacía el amor delante de ella porque decía que no sabía abrirse de piernas. La insultaba.
-Isabel: Era la mujer que no sabía abrirse de piernas, la que no servía para dar hijos, la que lloraba en silencio mientras él se acostaba con otras delante de mí. Fui la que aprendió a respirar sin hacer ruido, a caminar sin dejar huella, a mirar sin ser vista.
Pero también fui la que escuchó. La que vio cómo se construía el monstruo. La que entendió que su verdadero poder estribaba en su crueldad manifiesta en el control que tenía sobre sistemas, algoritmos, claves: ¡Un jáquer de la maldad!
Charlotte Browm, la seducción inglesa
Pese a la dantesca imagen que ofrecía la escena, Willy no podía quitarse de la cabeza a Charlotte. Todo había sucedido muy rápido: Rita, Charlotte, Isabel Una historia detrás de la otra, una superpuesta encima de la otra.
La última fiesta del “Loro Loco”, no fue una ocurrencia de última hora, una noche aquellas en las que el cuerpo le pedía más tras los últimos chupitos y esa relación de complicidad que existía entre los más rezagados y colegas de toda la vida deseosos de escuchar la mejor música de un Willy que en esa materia era más que un mero entendido. ¡No! No se trataba de una de esas noches
Por el bar había aparecido un par de días atrás una mujer que, poco a poco, había captado la atención de un hombre que, a esas alturas de la vida, estaba de vueltas de todo. Sin embargo…

Se trataba de Charlotte Brown, así se había presentado quien decidido volver a Nebulonia tras unos años en los que había podido hacerlo por cuestiones familiares. En principio Willy la vio como una de las tantas turistas británicas que pasan por el bar al cabo año. La mañana previa a la fiesta habían mantenido una breve conversación en inglés, en la que Charlotte había dejado caer que esa noche se pasaría por el “Loro loco”, que quería saber qué ambiente se respiraba en un bar tan genuino, al que había acudido al almorzar.
Al final de la fiesta la mujer no salió del bar. A lo largo de la velada las miradas furtivas, las risas cómplices… El mundo parecía girar en torno a Willy y Charlotte.
La música había cesado, pero el eco de la noche seguía flotando entre los vasos vacíos y las risas que se apagaban poco a poco. El “Loro Loco” empezaba a desnudarse de fiesta, dejando al descubierto su alma de garito viejo, de confidencias que sólo se cuentan cuando ya no queda nadie.
Charlotte seguía allí. No se había movido de su sitio, aunque ahora su postura era distinta. Más relajada. Más presente. Willy la observaba desde la barra, mientras alargaba el momento para que “los últimos de Filipinas” salieran por la puerta y echar la persiana.
-Willy: ¿Te vas ya? -preguntó él, sin mirarla directamente.
-Charlotte: No. -Respondió ella-. Me quedo.
No preguntó más, caminó hacia la cortina de que daba acceso a la terraza interior y la abrió sin más preámbulo, como quien conoce el camino de la memoria Charlotte lo siguió.
Charlotte dejó el bolso sobre una silla. Se quitó los zapatos. Se sentó en el borde del colchón.
-Charlotte: ¿Sabes quién soy? -preguntó, sin mirarlo.
Willy encendió un cigarro. Lo sostuvo entre los dedos, sin llevarlo a la boca: Todavía no, pero quiero saberlo, respondió. Giró el cuerpo y con todo el ardor que retenía en el cuerpo se lanzó hacía ella y besó de forma apasionada en labios, cuello y pecho correspondido por el deseo recíproco que mostraba la inglesa.
En “El Escondite” esa noche no se habló en castellano, el idioma de Shakespeare encontró un mundo por descubrir entre gemidos de placer y humedades por recorrer entre dos cuerpos que se desean.
¿Quién es Charlotte Brown? Paco Fernández del UICE llama a Miguel y a Willy por lo visto tienen una pista, más bien una señal, una imagen del “Leviatán” y… ¿Quieren saber más? Les espero aquí. En un nuevo capítulo de Encrucijada. ¡Les aseguro que promete!