
El libro, por lo que es y lo que representa, es objeto de amor y de odio. Quienes amamos los libros llegamos a dedicarles no tan solo la enriquecedora actividad lectora, sino mucho más, como algún que otro metro cúbico en nuestra casa, cuidados, cariño y tiempo para visitar librerías y husmear tiendas de segunda mano y rastros de todo tipo. No es poco, pero proyectos grandes, que llamen la atención como la Biblioteca de los Libros Felices y el Club de los Libros Libres, son punto y aparte.
El libro es un objeto, un “conjunto de hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen” (DRAE). Por metonimia, la palabra libro se refiere también a la obra contenida en un libro o en otro soporte. Pero un libro electrónico no es un libro ni este blog es un libro. Voy a hablar de libros en el sentido habitual de libros en soporte papel que además contienen una obra.
El libro, como objeto, es susceptible de coleccionismo, de ser amado, de ser venerado. Hay bibliófilos que alcanzan el fetichismo como pasa con coleccionistas de discos o de posters antiguos. Aquéllos que acarician los libros, que huelen los libros como si fueran un perfume evocador, o que miran encandilados las manchas marronáceas de la oxidación en sus viejas páginas, como si contaran los anillos del tronco de un árbol talado. También el libro es objeto de odio y de ataque: desde el recorte censor que velaba por nuestra integridad moral suprimiendo una página de 1984 de George Orwell, por contenido sexual (muchos piensan que se han leído la novela, pero nunca leyeron esa página), hasta la anatematización del Versos Satánicos y de su propio autor Salman Rushdie; desde la quema de libros por el ama de D. Quijote hasta el holocausto global descrito por Bradbury en Fahrenheit 451. Pero, al igual que vagabundos de Bradbury, que memorizaban una obra para que no se perdiera, hay personas abiertas a la grandeza por amor a los libros.
Un recorrido de libro
Nuestro paseo en este caso va a comenzar en Alicante, en una callejuela cercana al Teatro Principal, para terminar en Valencia, en otra callejuela cerca de la Playa de la Malvarrosa.
En julio de 2023 tuve la suerte de poder visitar la Biblioteca de los Libros Felices. Se encuentra cerca del Teatro Principal y del conocido Nou Manolín, en instalaciones de la Sede de Alicante del Colegio Notarial de Valencia. Y más suerte todavía tuve porque el guía de la visita era el destacado promotor de la Biblioteca, quien fue mi profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante, el egregio Catedrático de Derecho Internacional Privado Manuel Desantes.

Con la amable compañía de la mascota de la Biblioteca, una talla de madera preciosa, D. Manuel nos mostró libros incunables del S. XV entre otras maravillas y, sobre todo, nos habló del espíritu de la Biblioteca. Aquellos libros no querían ser guardados en oscuras cajas de seguridad o preservados en vitrinas, pues, al contrario, querían ser visitados y manoseados, porque para eso nacieron y eso era lo que los convertía en libros felices.
Al inicio de la visita nos lavamos bien las manos con agua y jabón y pudimos tocar las encuadernaciones de cuero, las páginas de vitela, abrir los libros, leerlos. Es inefable la alegría que sentí al sostener en mis manos aquellos ejemplares y acariciarlos y llegamos a ensoñar que los libros sentían la misma alegría que los visitantes.
La Biblioteca tiene libros que son piezas de museo, pero no es un museo, no se exponen los libros para que los vean los visitantes, antes al contrario, a los libros, para su propio solaz y regocijo, se les proporcionan asiduamente visitas de bibliófilos.
Las visitas a la Biblioteca se realizan para grupos de máximo 12 personas y, aunque, la lista de espera es grande, vale la pena. El lector interesado podrá encontrar más información en bibliotecalibrosfelices.com donde se indican formas de colaborar con la Biblioteca y noticias de las actividades que realiza.
El Club de los libros Libres
Ahora salimos hacia Valencia, y llegamos a la playa de la Malvarrosa en sólo dos horas de coche desde el Teatro Principal de Alicante. Allí podemos admirar la Casa Museo Vicente Blasco Ibánez, reconstruida exactamente como el chalet que el escritor valenciano más internacional mandó construir en 1902, y que, tras años de ruina, había sido demolido en 1995. Sus cariátides nos dan la bienvenida de martes a domingo para visitarlo. Fotografías, muebles, medallas y algunos libros nos ilustrarán sobre el autor y su época, pero no podremos tocar esos libros dentro de sus respectivas vitrinas. No digo que sean libros infelices, pero desde luego se encuentran presos.

Si queremos ver libros realmente libres tendremos que caminar 260 metros y llegar al Club de los Libros Libres, abierto de viernes a lunes. El lugar luce varios lemas en sus persianas, cuando están cerradas, claro: “Libros de todos para todos”, “La Viva-teca”, “Libros siempre vivos”, “Aquí los libros buscan a las personas”; y en la octavilla: “Los libros son de papel, pero no son papel”.
Lo primero que veremos es que es un lugar para libros, no para personas. Resulta prácticamente imposible circular por sus estrechos pasillos entre toneladas de libros limpia, pero aleatoriamente, apilados. Resulta imposible repasarlos todos para decidir los que te vas a llevar.

Sí, es que te podrás llevar los que quieras, pagando una cuota anual de membresía de 11 euros. También, claro, puedes donar al club los que quieras. Una vez están en el club, los libros son libres y se van con quien quieren, eso dice el lema, y es cierto que a veces son ellos los que saltan encima de ti como no tengas un poco de cuidado al sacar uno de la pila en que se encuentra. En fin, los libros son libres porque no son de nadie.
El club tiene también página web elclubdeloslibroslibres.org que contiene un buscador que te contacta con la persona interesada en un libro que te puede estar sobrando, o que te ayuda a anunciar ese libro que estás buscando y que a lo mejor le sobra a alguien.
En algún punto excéntrico entre un disparatado salto al vacío y una idea de negocio audaz, el club de los libros libres sirve lealmente al digno propósito de evitar que muchos de nuestros amigos acaben convertidos en pasta de papel.

A mi me acompañaron doce libros al salir de allí en mi primera visita, tras media hora de hurgar en una esquina cualquiera, tras descartar otros que ya estaban en mi biblioteca personal: Todo modo, de Leonardo Sciascia; El aire de un crimen, de Juan Benet; Llibre de les bèsties, de Ramon Llull; La esfinge maragata, de Concha Espina; El billete del millón, de Mark Twain; El casamiento engañoso / Las dos doncellas, de Cervantes; Tanit, de Ramón J. Sender (ojo, que no es Sénder, por favor, pues es apellido catalán por sendero); Las mocedades de Ulises, de Álvaro Cunqueiro; María Estuardo / Guillermo Tell, de Schiller; Bug-Jargal, de Victor Hugo (precioso tapa dura); el ejemplar 165 de 400 numerados del delicioso relato Buscando a Railowsky, de José Luis Jover; y ¿cómo no?, un libro de Vicente Blasco Ibáñez: El sol de los muertos y otros cuentos, que me guiñaba un ojo desde que entré en ese pasillo.
Todos ellos, tras cien minutos de coche, tienen nuevo hogar, son libros felices, y, a su muy particular manera y dentro del caos de mi biblioteca, siguen siendo libres.
Seguro que siguen siendo felices contigo. Muy bonito Bro