
Hola blogueros, hoy voy a hablaros de Paul Theroux, viajero incansable y gran observador y escritor, reconocido en el mundo entero tanto por sus novelas y obras de ficción como por sus libros de viaje; es uno de mis escritores aventureros favoritos pues, desde que leí “La costa de los mosquitos” me atrapó -de ella se hizo una película en el año 1986 dirigida por Peter Weir y protagonizada por Harrison Ford y Helen Mirren-. Una historia muy buena sobre un padre neurótico que odia la vida moderna norteamericana y lleva a su familia a un país de Centroamérica donde tratan de sobrevivir en medio de la selva por sus propios medios, luego siguieron diferentes libros de viaje como “En el gallo de hierro : viajes en tren por China”, “Elefante suite”, “El Tao del viajero: enseñanzas de vida en la carretera” y, por supuesto, “Las columnas de Hércules: un viaje entorno al Mediterráneo”; especialmente me voy a detener en este último, porque en él narra su viaje por la costa mediterránea, desde Gibraltar, pasando por nuestra costa, la francesa, la italiana hasta dar la vuelta al Mediterráneo para desembarcar en Marruecos -en Tánger se entrevista con otro gran escritor norteamericano: Paul Bowles-, después continua su viaje que concluye en Ceuta, ¿por qué en Ceuta? Y ¿por qué lo comenzó en Gibraltar? Y ¿por qué lo de las columnas? Preguntas interesantes. Este viaje lo realizó en 1994, cuando contaba 53 años de edad, moviéndose en transporte público: tren, autobuses o barcos, nuestro amigo el escritor quiso saborear en su sazón todo aquello cuanto viese. Es un libro interesante y lo curioso de él y, donde voy a centrarme, es en su paso por Alicante, la jornada que pasó en esta ciudad y, en la tarde que visitó Benidorm, donde llegó en “el trenet” camino de Denia y se detuvo a pasar unas horas mientras un terrible temporal azotaba la ciudad, sin embargo, parece que no acabó de gustarle lo que vio. ¿Estáis preparados para continuar este viaje mis queridos blogueros? ¿Sí? Pues acompañadme.
Benidorm, la fealdad a gran escala

“Algunos países se tragan al viajero; descubrí que esto era verdad, sin duda, en África y la Polinesia, y en algunos países de Suramérica. Pero Europa, y el Mediterráneo en particular, es como un decorado, un escenario que añade dramatismo a un viaje “Las columnas de Hércules”. el límite del mundo conocido.
Paul Edward Theroux nació el 10 de abril de 1941 en Medford, Massachusetts, tras licenciarse en la universidad viajó a Italia y después a África, donde ejerció la docencia en Malaui y Uganda, pero la inestabilidad política de estos países le llevó a abandonar África y se instaló durante un tiempo en Singapur. Poco tiempo después fija su residencia en Londres. En la actualidad vive en Estados Unidos y continúa viajando por el mundo.
“Las columnas de Hércules”. El límite del mundo conocido en la antigüedad acababa en estas columnas, tras ellas se hallaba el fin del mundo, el abismo, el caos, lo desconocido, nadie se atrevió a traspasarlo y aventurarse por ese ignoto mar hasta que , según nos cuenta Heródoto, un tal Coleo de Samos lo hizo 700 años antes de Cristo, una de estas columnas estaba en Gibraltar, es por ello que el escritor decide comenzar su periplo mediterráneo en esta ciudad, aventura que continua por la costa española, la francesa e italiana, y sigue por Yugoslavia, Albania, Grecia, Israel, Egipto, Jordania, Chipre, Túnez, hasta llegar a Marruecos, en Tánger se entrevista con Paul Bowles, después continua su viaje hasta llegar a Ceuta, donde se hallaba la otra columna de Hércules, así pues, en este lugar, decide acabar el ciclo de su aventura, frente a la otra columna que no comenzó. Allí se despide de este mar tan antiguo como la humanidad.

Theroux llega a Alicante con la idea de quedarse un día en la ciudad y buscar un barco que le llevase a las Baleares: “Había un transbordador, averigüé, que zarpaba de un pueblo insignificante, Denia, situado a unos veinticinco kilómetros, en un cabo.”
¿Quién le proporcionaría estos datos a nuestro amigo? ¿Denia insignificante? ¿a unos veinticinco kilómetros en un cabo? Vamos a ver: Denia era entonces una ciudad próspera que contaba con cerca de 30.000 habitantes y uno de los puertos más importantes de la Comunidad; la distancia de Alicante a Denia es de 91 kilómetros, y el cabo no puede ser otro que el Cabo La Nao de Jávea.
España, un país atrasado
Dice que Alicante es “una ciudad pequeña pero agradable”. Se solaza viendo a los alicantinos trabajar y hace un apunte curioso sobre su forma de ver la vida: “Observar la forma en que los demás trabajan y viven su vida es uno de los objetivos de los viajes. A veces me hace sentir mal y bastante inútil, pero yo no era un simple “mirón”, sino un mirón muy trabajador”. Luego habla de Franco y dice que éste es un tema tabú en España, la gente todavía teme hablar de él, también habla del catolicismo tan arraigado en este país, país que dice estar muy atrasado, con baja natalidad y en mala situación económica. Observa a unos senegaleses vendiendo “sus abalorios dispuestos en alfombrillas sobre la hermosa y ancha Explanada de España”, dice, son los primeros que ve. Visita el Castillo de Santa Bárbara y, paseando por el puerto encuentra a un matrimonio británico de cerca de Newcastle que viaja y vive en un velero, habla con ellos de la situación en España, de la policía española, ve unas cañas de pescar en la embarcación, le dicen que suelen pescar alguna caballa que comen asada, Paul se sorprende de que todavía quede pesca en el Mediterráneo ¿…?
Los ingleses le dicen que como los españoles sigan esquilmando el mar con la pesca de arrastre se agotarán los recursos: “será terrible si siguen pescando peces más pequeños de lo permitido”, continúan hablando sobre el mar y su contaminación, éstos le aclaran que la zona más contaminada del Mediterráneo es el ángulo entre Francia e Italia, cerca de Génova. Acaba sus apuntes sobre Alicante en un bar con un paisano viendo una corrida de toros por la televisión, el escritor se indigna: “yo quería ver a un toro torturando a un matador hasta matarlo, pero no aplastarlo sino cornearlo muchas veces, y hacerlo bailar y desangrarse”.
“Un vagón pequeño salía cada pocas horas desde la estación marítima de la playa de Alicante y subía resoplando hacia el nordeste, por una vía estrecha, pasando por Villajoyosa, Benidorm y Altea, hasta llegar a la antigua aldea portuaria de Denia”.

El viajero se detiene en Benidorm, donde determina pasar la tarde antes de continuar camino de la antigua Dianium: “Benidorm era una masa de apartamentos junto a la playa, el peor lugar que había visto en la costa hasta ese momento, peor que Torremolinos, cuya chabacanería despreocupada me resultaba familiar y perdonable. En cambio Benidorm era la fealdad a gran escala: altos bloques de pisos, hoteles espantosos, carteles titilantes, todo tan mal construido y con tan poco atractivo visual como una ciudad levantada de pronto en las orillas de la República Popular China”. Luego comenta que el invierno es frío y húmedo, es temporada baja, que la mayoría de hoteles están cerrados y no se ve apenas gente paseando por las anchas calles ni nadando en el mar. Hacía un tiempecito como para hacerse unos largos, pienso yo.
“En 1949, Benidorm era un pueblo de pescadores pequeño y venido a menos que, según escribió un visitante inglés, “decían que era una puerta abierta para los contrabandistas”. Di una vuelta, comí una pizza, me senté en un banco a observar el Mediterráneo; entonces se levantó viento y empezó a llover”.

El tiempo no acompañaba, no es el mejor momento para la soledad del escritor que de nuevo arremete con su obsesión destructiva como la tarde anterior con los toros.
“La lluvia me encantó; azotó el mar, oscureció la piedra de los hoteles y zamarreó los carteles. Corrió por las calles vacías e inundó las alcantarillas y excavó barrancos en la arena de la playa. Un poco más de viento y se iría la luz; un poco más de lluvia y habría una inundación. Ésa era la respuesta, la solución para Benidorm: la venganza de la naturaleza, una tormenta elemental y purificadora que borraría el lugar”.
“Me levantó el ánimo imaginarme la destrucción de un sitio semejante, y subí al tren para continuar mi camino con el corazón alegre ante la perspectiva de la destrucción absoluta”.
En cierta manera ese afán aniquilador del escritor norteamericano me parece divertido. Habla de Benidorm durante una página y media, suficiente para ponerla a parir y destruirla como un terrible Godzilla, luego sube a la estación y continua su camino hasta Denia, donde le aguardaba el transbordador que había de conducirle a Mallorca. Una lluvia torrencial le acompañó durante todo el resto de la jornada.

En fin, este fue el paso del temible y feroz Godzilla por nuestra ciudad y, tales sus opiniones, ahora sólo quiero aprovechar esta ocasión para concluir la columna- que no es ninguna de las de Hércules- despidiendo a nuestro querido escritor viajero con una frase muy de mi gusto: “Adiós compañero, anda con Dios, y tanta paz lleves como paz dejes”.
Un saludo blogueros


*Obra consultada: “Las columnas de Hércules: un viaje entorno al Mediterráneo.” Paul Theroux. Editado por punto de lectura, de editorial Santillana.”, “Viajes y nombres. El Mediterráneo de Paul Theroux. Pilar Ortega.”, “Lecturalia. Paul Theroux: libros y biografía.”
Arremeter así contra benidorm por un mal día es no tener piedad…buen escritor pero sin perspectiva para valorar una ciudad y sus gentes. Saludos.