
Capítulo IV
Charlotte no estaba en la cama junto a él. Willy la buscó con la mirada aún enturbiada por la noche anterior, hasta que oyó ruidos en la cocina. Allí, entre cazos y sombras, encontró a la pasión encarnada en deseo: Charlotte, descalza, despeinada, con la piel aún tibia de madrugada, rebuscaba algo con lo que calentar agua. No hacía falta más. Él se acercó por detrás, la rodeó por la cintura y le besó el cuello con hambre de reencuentro. Ella se arqueó, se rindió, y en ese instante los gemidos húmedos rompieron el silencio del amanecer. La euforia les envolvió como una ola que no pregunta, que arrastra, que arranca el día con el cuerpo encendido y el alma sin defensas.

Así comenzó el día Willy, sin resaca alguna, con el corazón latiendo como si fuera el primer café de su vida. La casa aún olía a noche, pero Charlotte ya buscaba el día entre cazos y vapor.
-Willy: What are you doing, darling? Come on, forget the kettle. Let’s go upstairs. Grandma Mary’s breakfast is waiting. – (¡Subamos al bar! Te voy a preparar el mejor “breakfast” que has comido nunca! Receta de la abuela Mary!)
Era primera hora de la mañana y los madrugadores del barrio empezaban la rutina en “Loro loco” donde se tomaban el primer café y un fugaz desayuno con el que coger fuerzas para afrontar el día. Sin embargo, aquella mañana a la clientela no la despertó el sabor, aroma o la densidad del negro líquido sino la imagen de la pareja que aparecía por uno de los laterales de la cortina de terciopelo verde y que Willy había desplazado para salir de la mano Charlotte. El personal desconcertado intentaba normalizar una situación nunca vista, aunque no podían evitar mirar de reojo o cruzar algún comentario con la persona que tenían al lado. Ajenos a todos ellos la pareja hizo el trayecto con las manos entrelazadas, sonrisas cómplices y breves susurros en inglés. Cuando llegaron al final de la barra, Charlotte se acomodó en un taburete alto, mientras Willy al otro lado se puso el delantal de cocina para prepararle el mejor almuerzo británico que, probablemente, habría elaborado en su vida con el cariño y la gratitud de que quien quiere dejar huella en el paladar y en la memoria, de la mujer que le había despertado de nuevo la alegría de vivir. Así fue como inició el día Willy, sin resaca alguna, y el corazón más vivo que nunca.
La clientela un tanto desconcertada intentaba normalizar una situación nunca vista, aunque no podían evitar mirar de reojo o cruzar algún comentario con la persona que tenían al lado:
– ¿Es Willy? -murmuró alguien-.
– ¿Y esa chica? Parece la escena de una película. -Respondió otro, sin apartar la vista.
Ajenos a todos ellos la pareja hizo el trayecto con las manos entrelazadas, sonrisas cómplices y breves conversaciones en inglés.
Así fue como inició el día Willy, sin resaca alguna, y el corazón más vivo que nunca. Cerca de allí, continuaban durmiéndola Rita y su primo Miguel a los que despertaría el crepúsculo y una fuerte discusión…, tras el fuerte portazo, se acurrucó sobre sí mismo, el sueño le vence de nuevo y, como una precognición, la mente le trae a la memoria al gran amor de su juventud.
Charlotte había abandonado el bar sobre las dos y media de la tarde, Willy ya la echaba de menos. Horas después tenía que coger el avión rumbo a Inglaterra. Después de unos años sin regresar a Nebulonia, la estancia de una semana se le había quedado muy corta y le había prometido a William que pronto volvería para pasar mucho más tiempo.
-Willy: ¿Cuánto es pronto? ¿Y cuánto es mucho más tiempo?

-Charllote: ¡Contéstame, tu! -Enfatizó ella.
-William: No te vayas y vuelve ya. -Le contestó con un esbozo de sonrisa-. No somos unos jovencitos, me gustaría tenerte cerca, ver si entre nosotros pudiera surgir algo más largo y… -Ella le puso el dedo índice en sus labios para que guardara silencio-.
-Charlotte: ¡Tengo tan pocas ganas de irme que prefiero que no sigas insistiendo! Si lo que me estás proponiendo es intentar mantener una relación como pareja te digo que sí, pero no lo puedo hacer así sin más. Tengo que regresar, traerme ropa para una estancia más prolongada en Nebulonia, -intenta sonreír a duras penas-, arreglar papeles, etcétera.
Poco después, en un lugar apartado del bar, con las manos entrelazadas y un beso de adolescentes, la pareja se despedía.
Aunque no había bebido mucho durante la fiesta, los años no pasaban en balde, le tocaba turno de tarde que bien podía haber cambiado con el otro camarero de barra pero no era un adolescente para descuadrar los horarios de nadie. Además, estaba nervioso y triste, melancólico y eufórico… y a la espera de la llamada de Charlotte cuando aterrizara en el aeropuerto de Londres, así no iba a poder descansar en ningún lado aunque quisiera.
La búsqueda de Isabel
Apenas una hora después, mientras Willy recoge las tazas de café y vasos de refrescos que unos clientes se habían dejado sobre la barra aparece, como si se tratase de un espectro, una mujer completamente vestida de negro a la que en principio no reconoce.
Isabel permanece en la cueva unas 48 horas, celosamente protegida en “el escondite” de Willy, de la que desaparece de manera incomprensible. La puerta blindada estaba cerrada, por ésta no había entrado o salido nadie, si alguien lo hubiera hecho la alarma hubiera saltado de inmediato. Guillermo y su primo buscaron a la mujer por todas partes, pero nada. Parecía como si la tierra se la hubiera tragado. Los primos coincidían: nadie había podido entrar a la cueva. ¡Estaban equivocados!
Por ello, aunque el tiempo que habían estado junto a ella había sido breve y la reiterada negativa de Isabel a denunciar o pedir ayuda policial, fueron a la comisaria e interpusieron una denuncia por la desaparición de ésta.
El “Leviatán” tiene nombre y apellidos
Tras analizar pormenorizadamente los sedimentos de tierra que adheridas a las suelas de las chanclas que en su precipitada huida Isabel había dejado en la cueva, los investigadores habían analizado diferentes capas de tierra en la suela de las chancletas que portaba la víctima y que la ubicaban en diferentes localizaciones de Nebulonia y alredores.
Este importante hallazgo dirigido la mirada de los científicos hacia un antiguo aljibe en el subsuelo de una finca agrícola, a gran distancia de la ciudad. Analizada toda la información, de coordenadas encriptadas y planos antiguos del municipio y que luego rebotaba en los radares de rastreo las conclusiones extraídas precisaban de manera inequívoca una única localización: un viejo aljibe inutilizado, en medio de una amplia extensión de tierra de cultivo.
La especialización técnica, los conocimientos y el equipamiento científico más avanzado de la UICE se pusieron al servicio de “Caso Leviatán” que coordina el investigador Paco Fernández.
Las pantallas de los monitores no sólo registran algoritmos y códigos encriptados, empezaban a emitir imágenes mucho muchas nítidas, también vídeos captados por las cámaras de fototrampeo que llevaban incorporadas los drones que sobrevolaban zona, que permiten incluso grabar videos de personas o animales vertebrados, de día y de noche, pues se activan por sensores de movimiento …
Al científico se le revela el horror en silencio en la sala donde va llegado la información y sus compañeros logran interferir la señal de las cámaras de vigilancia que graban imágenes del interior de “la madriguera”, entre las que destacaban un angosto corredor con diversos artículos muy similares a los empleados para realizar cualquier tipo de tortura o suplicio (dispersos a lo largo y ancho del pasillo), al fondo una mesa de operaciones, esposas que colgaban de la pared y un pequeño vided; o espacios de confinamiento, así como otras dependencias que todavía permanecen ocultas a los ojos de los científicos.
Las cámaras de fototrampeo han conseguido captar vídeos, no sólo del endiablado sujeto, sino de tres personas más dos hombres y una mujer), en posiciones que sugieren sufrimiento prolongado. No hablan, pero sus cuerpos cuentan la historia. Paco Fernández, aunque entrenado para afrontar todo tipo situaciones, se estremece. La ética se enfrenta al deber. Accede a una cámara privada, donde el sistema reconoce su presencia.

-Una voz distorsionada le dice amenazante: “Demasiado tarde, Paco.”
El investigador da un salto y grita: “Lo he visto. Es él.”
En la pantalla aparece el rostro de Ramiro Vélez de Maeztu y Sinoa, duque de Maison. No como noble, sino como espía internacional, con múltiples identidades, acusado de crímenes atroces que, como vil y miserable cobarde que era, se ocultaba bajo la tierra.
Paco al descubrir el rostro del monstro, del “Leviatán”, se convierte en el portador de la verdad. Pero ¿podrá salir con vida? ¿Será Isabel una de las dos personas que se encuentra en “la madriguera”? Y si es así: ¿Quién entró en la cueva de Willy, sorteó los sistemas de seguridad y las cámaras de vigilancia para llevarse a Isabel contra su voluntad? Todas las respuestas en el próximo capítulo de Encrucijada.