
Capítulo II
Las nubes recubrían el cielo de un tenue gris ceniza, el tiempo estaba desapacible, el olor a otoño se adelantaba y dejaba sentir en un entorno rodeado de montañas con el frondoso valle al fondo. Corrían suaves ráfagas de viento y Rita lo agradecía. Había traspasado el umbral de la puerta del centro de salud mental y observaba la vida que el horizonte le abría con esperanzas renovadas.
A pocos metros, sentado en el banco de madera más próximo a la esplanada de acceso”, le esperaba su gran amigo Miguel. “El Manco” se había preparado para la llegada del momento, sin embargo: ¡No quería verla aún! ¡Tenía miedo a qué decir! ¡A qué no decir! ¡Sabía, eso sí, lo que no debía decir!
Durante el tiempo que Rita estuvo ingresada, tanto en el hospital, como en el centro, no había permitido visitas, sólo las de sus hermanos. Él no era de la familia. ¡Entendía el enfado la Almazán! Así como sentía algún tipo rencor…pero también había tenía que poner en valor le había salvado la vida. Era el único punto que podía marcar en su contador y a él se aferraba como a un clavo ardiendo.
Un par de días antes había recibido una llamada:
-Rita: ¿Puedes venir a recogerme?
-Miguel: Por supuesto que sí. ¿Cuándo? ¿A qué hora? -La conversación fue breve, muy breve.
Con celosa puntualidad el viejo periodista llegó al centro, donde la esperó en el único e incómodo asiento que encontró: con una caja de sus bombones sobre las piernas y gesto reflexivo en el semblante.
Rita lo divisó al instante. Miguel se incorporó lentamente, como si tratara de retrasar el momento del reencuentro. Le costaba alzar la cabeza, no había más remedio: ¡Y sí la vio! Aunque, de inmediato, desvió la mirada, momento que simuló extendiendo el brazo y ofrecerle la caja de bombones:
-Miguel: ¡Toma, son tus favoritos!

-Rita: ¡Muchas gracias, me encantan! -Habían acercado los cuerpos y, tras darse un cordial beso en la mejilla se dirigieron al lugar donde estaba estacionado el coche.
Mientras “el Manco” realizaba las pertinentes maniobras para dar marcha atrás y enderezar la dirección del utilitario adaptado, la periodista sintió la necesidad de romper el hielo.
-Rita: ¡Bueno! ¿Qué! ¿Dónde vamos?
-Miguel: Creo que podíamos tomar algo en “La Brújula”. ¿Qué te parece? ¿Recuerdas? Nuestro primer café: periodista y futura alumna de periodismo… Aunque, si lo prefieres también puedo dejarte en casa o ir a la mía y preparo algo para cenar.
-Rita: Estoy un poco cansada y aunque me apetece un café de “La Brújula”; prefiero que me dejes en casa deshacer el poco equipaje que llevo y empezar a tomar las riendas de mi vida. -Esbozó una media sonrisa para exclamar-. ¡Tenemos más días que longanizas! ¿Me entiendes? ¿No? -Miguel asintió con la cabeza, sin desviar la mirada de la carretera.
La absorta mirada de Rita durante el trayecto a Nebulonia denotaban el trance por el que había pasado le había pasado facturad. No tenía ganas de hablar, sólo sentir la caricia del viento, respirar profundamente, cerrar los ojos y dejarse llevar. El silencio entre los dos amigos nunca había sido incómodo, sabían respetarse los tiempos y los momentos; aunque esa tarde era de todo menos normal: no volvían de cualquier sitio, ambos sabían que antes del colapso llevaban más de dos semanas sin coincidir.
La periodista no podía olvidar la falta de respeto, actitud incrédula y, sobre todo, las estridentes carcajadas que a Miguel le salían del alma cada vez que Rita le contaba los quebraderos de cabeza que le estaba dando el ordenador, la enfurecían cada vez más.
Su compañero tampoco olvidaba. Con semblante serio y aparente tranquilidad por los filtros de la persona que mejor lo conocía, no le había pasado desapercibido la imposibilidad de Miguel para mirarla a los ojos y aguantarle la mirada.
El sentimiento de culpa le había anudado el alma el mismo momento en el que encontró el cuerpo de Rita, continuaba lastrando la vida de un hombre que, ni apoyándose en el lado más histriónico de su personalidad, había podido mostrarle ni el más mínimo gesto de cariño y acariciarle la mirada.
El primer café
Tras unos minutos de intenso silencio, que les pesaba como una losa, la situación era incómoda para los viejos amigos. De repente, el brillo de los ojos y el color de las mejillas devolvieron la tonalidad al hierático rostro de Rita, los altavoces reproducen los primeros acordes de la obra maestra: “Rapsodia bohemia”, del mítico grupo británico Queen, “con su queridísimo Freddie a la cabeza.”
Miguel conocía de sobra los gustos de su compañera, la canción la había seleccionado días atrás, cuando volvió a subir al coche, minutos después de recibir la llamada de ésta.
Los acordes de la bella balada le seguían evocando momentos, situaciones que Rita recordaba con cariño, como a la que había aludido “el Manco” minutos antes: el primer café que tomaron juntos en “La Brújula.”
La memoria lo había hecho suyo y sólo tenía que cerrar los ojos para viajar en el tiempo: oía las voces de la gente que a esa hora llenaban la vieja cafetería y el humo condensado de los cigarrillos y de las bocanadas que exhalaban los fumadores. La neblina oscurecida niebla desdibujaba el perfil de una niña de 17 años nerviosa, sentada en una silla de madera sola y mientras manoseaba una pequeña cartilla: el pasaporte directo que permitiría matricularse en Periodismo. Tan emocionada estaba que ni se percató de la llegada de Miguel Pérez Mendoza, uno de los periodistas que más admiraba en ese momento.
Era la primera vez que Rita había telefoneado a Miguel, tras la charla que éste había ofrecido en su instituto, tras la que le pidió su número de teléfono. El periodista, de reconocido prestigio, abría portadas de periódicos a nivel nacional, sus crónicas de sucesos y tribunales tenían siempre espacio en la escaleta de informativos de radio y televisión de todo el país, así como ocupaban minutos en tertulias de los medios de comunicación más seguidos por la audiencia.
-Miguel: ¡Ahhhh, señorita! Llego unos minutos tarde, soy feo y manco, pero tampoco estoy dispuesto a estar toda la tarde aquí mientras tus ensoñaciones no te dejan ver el horizonte. -El mentor sacudía la mano derecha de arriba abajo cerca de la cara de la joven-.
-Rita: ¡Miguel! -La joven dio un respingo-. ¡He sacado un 8,4! ¡Puedo matricularme en periodismo!
A las puertas del instituto, el periodista le había hablado a la estudiante que el mundo en el que ella veía un futuro idílico y prometedor no era tal y que…La joven estudiante no le había hecho caso alguno y cuando lo llamó sabía perfectamente para lo que era. Cuando entusiasmada, saltó de alegría para comunicarle las calificaciones y a punto estuvo de tirar la mesa al suelo: ¡El “Manco” reconoció un futuro inevitable y miró a Rita como si fuera un titular que valía la pena leer!
-Miguel: ¡Entonces habla fuerte – ¡Habla fuerte y claro!
Rita oía estas palabras casi hipnotizadas, sin dejar de mirarlo a los ojos y con la impulsividad tan característica de la juventud, se levantó bruscamente de su silla, rodeó la mesa que los separaba y corrió a abrazar al que ya consideraba su mentor. Con la voz entrecortada por la emoción la joven no para expresarle su gratitud: “¡Gracias, gracias, muchas gracias!” Parecía necesitar el beneplácito del “Manco”, quien, a su vez, no estaba acostumbrado a recibir ese tipo muestras de cariño. Ahora, años después, el mundo había dejado de oír, pero ella nunca olvidó su primer café con Miguel ni aquellas palabras.
Cena entre amigos
Desde su regreso del centro habían pasado dos días y Rita no tenía noticias de Miguel, que tampoco contestaba al teléfono, por lo que decidió ir a su encuentro, sabía dónde estaba. Cogió el autobús bajó en la parada del barrio de Cala Baja, situada frente a las zigzagueantes escaleras que conducían a un pequeño muelle.
Lo vio sentado en la silla plegable de pescador, junto al taller abandonado de siempre, con un cuaderno apoyado en su brazo izquierdo y un bolígrafo en la mano derecha: a Miguel le faltaba la mitad de ese brazo, pero escribía con la derecha como si el tiempo tuviera prisa.
Hacía años que no visitaba aquel lugar, ni contemplaba la genuina posición de Miguel. Su buen amigo Miguel, quien le había salvado de una y mil batallas, la última y peor la de morir sola, rodeada de heces y orina, con la cabeza ida. No podía evitar que el rencor y el cariño se fundieran en un sentimiento desconocido, que, a momentos, la desbordaba.
No le suponía ningún esfuerzo mantenerse en silencio, si así lo deseaba Miguel en ese momento. Había permanecido tanto tiempo callada, aislada socialmente, sometida a los caprichos de un algoritmo o lo que quiera que sea y que, bajo una siniestra invisibilidad, asalta tu casa, manipula tu vida y teje una pegajosa telaraña alrededor de tu mente a la que aleja del más mínimo razonamiento. La víctima del “Leviatán,” enajenada accede “libremente” a las apetencias de aquello que domina alguno de los “inocentes” formatos digitales que manejamos a diario: llámase ordenador, móvil, table o de cualquier otra manera.
-Miguel: ¡No esperaba verte por aquí! -exclamó sorprendido sin terminar de girarse del todo.
Habían discurrido un par de minutos desde la llegada de Rita, aunque que se había quedado un par de metros detrás de él, embelesada por ese rincón que “huele a verdad”, en el que la memoria resistía y la historia se revelaba a ser olvidada. No tenía prisa, disfrutaba con el sonido del meceo de las olas, mientras respiraba el olor a salitre, musgo y algas marinas tan característicos ese lugar “encantado” de la bahía de Nebulonia.
Sin pensárselo dos veces “el Manco” se levantó con prisa de la silla, que dobló y como un bolso colgó en la parte adversa del codo izquierdo, que en ocasiones utilizaba para estos menesteres pues el muñón le servía freno.
-Miguel: ¡Vamos nena, no son horas de estar aquí!
-Rita: ¡Ah, no! ¿Y de qué son horas?
-Miguel: De preparar una buena cena.
-Rita: Después de estar casi tres días sin dar señales de vida, sin cogerme el teléfono, ni tan siquiera mandar un simple mensaje, … Te entran las prisas y me invitas a cenar. ¡Es así! ¿No?
-Miguel: Sí, te lo debo.
-Rita: A mí no me debes nada… -La interrumpe su amigo-.
-Miguel: ¡Bueno, da igual! ¿Vamos a cenar a mi casa o qué? Tengo hambre. Además, algo he preparado.
-Rita: ¿Debo presuponer que esperabas a alguien, que te ha fallado y que te ha venido de fábula mi inesperada visita?
-Miguel: ¡Anda ya! ¡Te esperaba a ti! Otra cosa hubiera sido que declinaras la invitación. Te iba a llamar antes, pero sabes que en el pantanal se me pasa el tiempo volando. Cuando has venido, visita totalmente inesperada, entonces sí: ¡Me has venido de fábula!
-Rita: Tendré que pasar por casa para arreglarme, ¿no?
-Miguel: Acabas de salir de casa cielo y vas escrupulosamente bien arreglada. ¡Cómo a ti te gusta ir!
En el pequeño apartamento de Miguel, éste le pidió que por favor no estorbara mientras preparaba la cena fría. Le indicó con el dedo que se sentara en uno de los cómodos sillones que había comprado para la terraza y así lo hizo. Con el dedo indicó la posición en la que estaba más cómoda y, recostada sobre la poltrona reclinable, empezó a pensar en lo mucho que había cambiado su vida en pocos meses.
Antes de sufrir el colapso mental, los hábitos, horarios y la regularidad que abarcaba todos los ámbitos de la vida había virado sustancialmente. No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente ni lo que hizo, los médicos le aseguraron que no había superado las 48 horas, los resultados de los análisis y otras pruebas que le habían realizado en el hospital así lo indicaban. Tres semanas en el hospital, más otras tres y media en la unidad psiquiátrica la habían ayudado a recuperarse, aunque notaba el cansancio físico y metal del largo proceso le estaba pasando factura.
De momento, oía una voz al fondo que la llamaba y se incorporó de inmediato, se había quedado adormecida y tampoco sabía cuánto tiempo había transcurrido. Era Miguel el que la estaba llamando y ella…
-Miguel: ¡Vamos, vamos! ¡Hora de cenar! ¿Cómo ha dormido la madamisela?
Rita observó detenidamente la mesa que tenía delante, preparada por Miguel y se quedó con la boca abierta había. Ir a comer o cenar a casa del manco representaba era como asistir a una bacanal de los sentidos.
El jamón de bellota y la cecina de León cortadas en finas láminas seguían la misma dirección, sin dejar espacio alguno entre ellas formaban en una espiral coronada por una pequeña rosa color calabaza en el centro. La variedad patés y quesos los había distribuido en dos tablas sobre las que había depositado tarritos pequeños de mermelada variada. En el centro de la barra americana, que dividía el pequeño comedor de la minúscula cocina americana, lo ocupaba una fuente alargada con las tenacillas de las cigalas apuntaban hacia el exterior en el que todavía quedaba espacio para los pequeños platos que contenían las mejores conservas de berberechos y mejillones en escabeche del mercado. Nada había escapado al mimo con el que “el Manco” había organizado la cena y dispuesto la mesa ni el cestillo de mimbre en el que los diferentes tipos de pan había ordenado por colores, tamaños y texturas.
Dos grandes copas de vino esperaban a los caldos elegidos por el anfitrión para acompañar las viandas: un Albariño y un Marqués de Cáceres fríos asentados en una cubitera de pie alto separaba los taburetes de los comensales. Varias velas de desigual tamaño aportaban armonía e intimidad a la velada mientras al fondo, se oía la inconfundible voz de Frank Sinatra versionando “My way”.
Rita: ¡Me siento fatal Miguel! ¡Cómo eres! ¡Qué mesa hasta puesto, no le falta ni un detalle! Y, mientras yo, durmiendo.
-Miguel: ¡Eso está bien, significa que estás relajado! Además, una cabezadita antes de cenar no le viene mal a nadie
-Rita: No, si cómoda he estado, cómo habrás podido apreciar, pero…-la interrumpe su anfitrión.
-Miguel: ¡Déjate de peros y vamos a cenar!
La cena transcurría distendidamente, parecía que la situación de tensión y la brecha abierta entre los viejos amigos, antes de que Rita sufriera el colapso metal, era cosa del pasado. A medida que las botellas de vino se vaciaban las risas iban subiendo de tono y los recuerdos graciosos que compartían de otros tiempos les resucitaban las carcajadas que tanto les habían identificado. “El Manco” aprovecho un momento de relajación entre risa y risa para apremiar a su amiga.
-Miguel: ¡Vamos, ayúdame a recoger esto!
-Rita: El momento de los tés, las pastas y la conversación tras tan copiosa cena, ¿para cuándo lo has dejado?
-Miguel: Para otro día.
-Rita: ¡Para otro día! ¿Eso qué significa, dónde pretendes ir a estas horas? Son cerca de las doce de la media noche.
-Miguel: ¡La hora perfecta…!
-Rita: ¿La hora perfecta para qué…? -la periodista pensativa exclamó alzando la voz- ¡No lo dirás en serio! ¿Pretendes que vaya al “Loro loco”? -Empieza a reír al creer que era una broma, pero se da cuenta que no es así, al ver al “Manco” cómo recogía de forma apresurada la mesa-. Acabo de salir de un psiquiátrico y llámame tonta si estoy confundida, pero creo que no es buena idea ir al garito de tu primo en estos momentos. Me estoy medicando y… -su anfitrión la vuelve a interrumpir.
-Miguel: ¡Y lo dices ahora después de haberte metido entre pecho y espalda un litro y medio de vino, entre el tinto y el blanco! Pues vamos, pero no bebas.
-Rita: También llevas razón.
Juntos se pusieron a recoger los restos de la cena, Rita metió en el lavavajillas todo lo que pudo y fregó a mano las copas.
Miguel salió vestido y bien acicalado, con el agradable olor a la colonia que lo identificaba. La periodista se peinó, retocó pómulos, labios y pestañas y recompuso la blusa.
-Miguel: ¡Creo que éste es el preludio de una gran noche! -Exclamó mientras cerraba la puerta.
A pasar un rato alegre en el “Loro Loco”
En el margen derecho de la sala de billares, sobre un pequeño escenario se visualiza una mesa de mezclas, con dos amplificadores de sonido a cada lado y frente a ésta una pequeña pista de baile, iluminada con focos giratorios de distintos colores e, instalados en ángulos diferentes, ofrecían un versátil colorido que no sólo ambientaba el espacio sino también a un público entregado y enfervorecido. El espectáculo estaba a punto de comenzar, las luces se habían encendido, los haces de luz de los focos reflectaban sobre los cientos de diminutos espejos que cubrían la esfera que lucía en el centro de la pista, las voces se alzaban pidiendo la presencia de Guillermo Pérez Taylor, más conocido por Willy, y primo de Miguel.
Con tan sólo el efecto visual nos trasladaba a las antiguas discotecas. Si estábamos en la noche escogida el ambiente, la atmósfera que se creaba en la sala y el gusto de Willy por pinchar sí, por pinchar antiguos discos de vinilo, de grupos o solistas que no pasan de moda, o de hacerse un solo de batería, desbocaban la adrenalina de los incondicionales que, a voz en grito, ya casi afónicos, pedía.: “Más, más, más…” ¡Esa noche permanecería en la memoria, en el rincón de los momentos que más has disfrutado de la vida! Eran días contados, los que el viejo batería se sentía a gusto con los últimos rezagados de la noche entonces echaba la persiana y cerraba el bar.
Era la única forma en la que sabía decir gracias a sus amigos, a sus colegas, a sus incondicionales: con la música, con las emociones y como batería que fue de un grupo cuando era joven.
“And now, the end is near…”

Tras la resaca llega la calma
Tras una noche de farra, lo cuerpos descompuestos e intenso dolor de cabeza, Miguel le explica lo ocurrido durante su ausencia Rita no sin antes hacerle prometer que el asunto era tan grave que se tenía que quedar quedaría entre ellos.
No podía moverse del sillón, la periodista se echó las manos a cabeza le daba vueltas. Tras unos minutos, que a su anfitrión se le hicieron eternos profundo de su interior:
-Rita: Jajajajaja… -Comenzó a reír a carcajadas sólo interrumpida por la resacosa tos, tan típica del día después de una noche de jarana. Estaban muy próximos. Miguel había sacado su silla de pescador para estar cerca de su amiga y, si ella así lo sentía, recibir una gran bofetada. Pero no, la escena no se desarrolló así. Rita empezó muy cariñosa a acariciarle el muñón, el brazo, la cara. -Lo sabía todo “Manco” desde antes de sufrir el colapso. -Y siguió con riendo, mirando a su colega a los ojos.
El viejo periodista no daba crédito a lo que estaba viendo ni oyendo. La cabeza le daba vueltas unida y el estómago…. -Se levantó corriendo, mientras se tapaba la boca con la mano, no le dio tiempo a cerra la puerta.
A Rita le costó más trabajo levantarse, a partir de un determinado momento, los huesos se resienten más que los de los hombres tras una noche de marcha. La verdad es que fue una noche redonda. Hacía tiempo que no bailaba tanto y no reía. Cogió el mando del equipo de música y seleccionó, el bello y mítico que bolero: “Lágrimas Negras”, de Bebo Valdés y Diego “El Cigala” todo un éxito que 22 años después sigue rasgando el alma, ganadora de un Grammy latino.
Rita espera expectante el regreso en la salita-comedor de Miguel. Después entraría al baño, adecentaría rostro, pelo y encaminaría los pasos hacía sus a casa. La noche le había costado perder un día y, sobre todo, disfrutar de ese momento en el que estaba. No lo había planeado, pero si lo hubiera hecho no le hubiera salido así de bien. La cara del “Manco” era todo un poema, no terminaba de asimilar la situación. Con los ojos abiertos como platos, incrédulo ante lo que estaba viendo y oyendo, despeinado, con la calva al aire, un fuerte retortijón le hace saltar del taburete y salir corriendo hacia el baño al que apenas llega. No le da tiempo a cerrar la puerta: en el pequeño comedor se oye el rugir de un vientre descompuesto efluvios y el fétido hedor es irrespirable
¡Qué asco por Dios! -Cierra la periodista la puerta de la salita, mientras intenta distraerse con banalidades el regreso del “Miura”. Alza la voz para que la asistente de Miguel reproduzca la versión de Bebo Valdés y Diego “El Cigala”: “Lágrimas negras.”
En esas estaba la Almazán, cuando en la salita irrumpió como un vendaval un demacrado Miguel furioso a la vez que desconcertado, con la boca prieta, durante unos segundos, la reacción no se hizo esperar.
-Miguel: ¡Hija de puta! ¡Lo sabías todo y no me has dicho nada! ¿Sabes lo que he llorado por ti y el sufrimiento por el que he pasado? ¡No lo sabes, no! ¡Porque eres una grandísima hija de…! -desde el otro extremo del pequeño habitáculo su amiga no lo deja acabar
-Rita: ¡Te recuerdo que la que ha estado, primero al borde de la muerte y, segundo, ingresada en un centro psiquiátrico he sido yo! ¡Escucha la canción, escucha, que nuca escuchas! ¡Lágrimas negras las que yo he llorado mientras tú te reías! ¡Así que, aquí te quedas! ¡Ya sabes el dicho: donde las dan las toman! ¡Vete a la mierda!
Salía por la puerta del comedor cuando se giró bruscamente y con el dedo índice señalaba al que había sido su anfitrión-.
Rita: ¡Estamos en paz! ¡Por cierto, esto se queda aquí! Nadie puede saber nada del tema. ¡Mírate, se lo habías prometido a Narváez a punto has estado de contármelo! ¡Cállate por la cuenta que te trae y por las vidas que hay en juego!
De un portazo cerró la puerta y Miguel despeinado, en calzones, camiseta al revés y calzoncillos: se echó la mano y el muñón a la cabeza y el cuerpo sobre el sofá de la salita…Así permaneció un buen rato. De nuevo roto, empequeñecido y, ante todo, asombrado. Rita no le importaba, lo había dicho y era así: estaban en paz. Sin embargo, no podía de dejar de pensar en Isabel de Mencía.sabel de Mendía.

Paco Fernández, compañero de piso
El silencio se rompe en el despacho de Paco Fernández en Maestía, miembro de la Unidad de Investigación Científica del Ejército (UICE); pocas personas tienen su número personal. Mira quién es y una amplia sonrisa le ilumina la cara, es Rita amiga y compañera de piso durante la época universitaria. De inmediato acepta la llamada:
-Paco: Dime. ¡Descastada que no me llamas desde que los dinosaurios llevaban plumas y para fechas señaladas soy yo el que encima te llamo! No debería ni cogerte el teléfono, …
-Rita: ¡Ya está el plañidero, que dentro llevas esas raíces latinas! -Al otro lado del teléfono se oye una gran carcajada-.
– Paco: ¡No me esperaba menos de ti…! -sigue riendo y su interlocutora también-.
-Rita: ¿Qué más da quien llame a quien, lo importante es que mantengamos la relación y nos sigamos que queriendo: ¿Me quieres? ¡Yo a ti te sigo queriendo hasta el infinito y más allá…!
-Paco: ¡Tonta! ¡Cómo no te voy a querer hasta la muerte y mucho más! Cuéntame, que poderosa razón te ha hecho descolgar el móvil y llamarme. Ya sé que es divertido hablar conmigo porque dispongo de poco tiempo …
-Rita: ¡Serás tonto! Tampoco es que vaya sobra de tiempo. En dos semanas voy a Maestía de ponente a un Congreso, te llamo y quedamos para tomarnos, aunque sea un aperitivo. Pero primero… Voy a ir al grano, quiero que me escuches y que me respetes.
-Paco: ¿Alguna vez no te he respetado?
-Rita: Nunca. Bueno te cuento… -termina de explicarle el tema que la está envenenando-.
-Paco: No me interrumpas por favor. ¿Te puedo ser sincero y ante todo puedo confiar en ti? -Rita lo iba a interrumpir, pero no la dejó- Sé que eres periodista, pero me has llamado por un tema personal y para mí es un tema profesional. El comisario jefe de Nebulonia nos ha llamado en varias ocasiones pidiéndonos ayuda. Lo mismo que nos has explicado tú no ha explicado él. Estábamos valorándolo, pero bueno ya tenemos una víctima identificada: tu ordenador y tú.
-Rita: ¡Pues nada Paco, te llamo en un par de semanas!
Mientras caminaba recordaba a Paco. Un amor de persona, un caballero de los pies a la cabeza. Habían compartido los mejores años de su vida: juventud, universidad y la primera salida del cascarón.
Durante tres años, junto a dos compañeros más (una pareja) habían compartido gastos y apartamento, además de las ansias de aprender más y comprender mejor, que se alternaban con cenas en nuestro apartamento o en el de otros estudiantes, cuando las noches se alargaban hasta la salida del sol, en el momento en el que las charlas llegaban a su culmen, cada uno se iba a la cama, satisfecho y con la intención de levantarse y empezar a arreglar el mundo.
Él estudiaba Ingeniería Informática, Rita pensaba que en esa facultad estaban todos zumbados menos Miguel. No es que fueran un poco “frikis” porque sí sino por la cantidad de horas que tenían que estudiar a diario sino querían perder el hilo de las complejas asignaturas que supone estudiar una ingeniería. El futuro ingeniero compartía opinión con su compañera.
Primero por su carrera y después por su profesión Paco, representa para Rita el vínculo humano frente al ruido digital.
¡Y así era! Al miembro de la UICE no le extrañó en un principio que Rita no lo llamara ni los días previos ni durante la celebración del Congreso que había tenido lugar en Maestía días atrás y al que, según había contado, acudiría como ponente. A veces los planes de las personas cambian por determinadas circunstancias y Rita podría haber olvidado “pegarle un toque,” con el lio de agenda que arrastraba.
Sin embargo, por la cabeza del ingeniero comenzó a rondarle una idea, que empezó a convertirse en plausible hipótesis cuando su amiga mantenía el teléfono apagado o fuera de cobertura durante horas, un día…Transcurrida casi una semana a Paco empezó a sonarle la voz de alarma y a lamentar no haber sospechado algo antes ya que desde un principio todo había sido impropio del carácter de Rita: si decía que te llamaría para lo que fuera lo hacía, si le pedías algo que estuviera en su mano lo tenías, era recta con los compromisos que adquiría, otra cosa era que llamara con más o menos frecuencia. Una persona que no dejaba el móvil ni para ir al baño…
Era tal la concatenación de conductas impropias en Rita que minutos antes de que le sonara la voz de alarma, había llamado a la Universidad de la capital, que había sido la encargada de organizar congreso, y le habían informado de la imposibilidad de contactar con la profesora Almazán que, en el último momento, fue sustituida por otro profesor. Además, le pusieron de manifiesto lo profundamente decepcionados que estaban por el inexcusable comportamiento de la doctora quien ha sido incapaz de tan siquiera haberles enviado un mensaje de disculpas. Al final fue el propio Paco Fernández el que se identificó, para pedir perdón a la institución universitaria en nombre de Rita y quien subrayó que estaba convencido de que a la profesora le había sucedido algo grave de ahí su llamada. Con el máximo de los respetos, la directora de organizar el simposio se quedó consternada por el giro que había dado la conversación en este punto y lamentó haber proferido esas palabras contra la doctora Almazán y pidió a su interlocutor que, por favor, cuando tuviera noticias de lo que le había podido ocurrir se lo hiciera saber.
La UIC entra en el “caso Leviatán”
Después de concluir la conversación, el científico de la UICE llama al comisario de Nebulonia con la excusa de saber más sobre el caso de los “brotes psicóticos” o como ya lo habían bautizado en la unidad: “caso Leviatán”.
-Comisario: Bueno, hoy justamente Rita Almazán…-a Paco Fernández por poco se le cae el teléfono al suelo, mientras Narváez le resumía al detalle lo que le había pasado a la periodista, incluida la última información aportada por Miguel Pérez, incluida las expectativas de los médicos que la estaban asistiendo, que daban por hecho su recuperación.
-Paco Fernández: Me alegro mucho de que el estado de la periodista no sea tan grave como en un principio se pensó. Acabo de oír cómo recibía un mensaje. ¿Puede ser comisario? Compruébelo por favor. -Narváez miró el móvil, leyó el mensaje y en un pañuelo de papel, lo único que tenía a mano, escribió una dirección y una hora- ¡Ahhhh, no! Bueno, en los tiempos que corren no sabemos quién nos puede estar escuchando. Ustedes continúen con la investigación de este enigmático caso y manténganos informados. -El mensaje había desaparecido antes de que concluyera la conversación.
El resto ya lo saben: Narváez partió inmediatamente para Maestia donde había sido convocado a una por la Unidad de Investigación Científica (UICE) a primera hora del día siguiente. Lo que desconocía el comisario y presuponía el investigador es que alguien, tal y como corroborarían poco después sus compañeros de unidad, la llamada había sido pinchada desde algún lugar de Nebulonia, lugar impreciso que lograban ubicar los radares de rastreo de señal.
La investigación continúa con el apoyo de la UICE que despliega un amplio dispositivo policial en Nebulonia por tierra, mar y aire. Los interrogatorios a personal médico y sanitario en los hospitales más próximos a la localidad se suceden: el objetivo identificar a personas o familiares de alguna posible víctima que hubiera acudido a los centros sanitarios que presentaran un cuadro médico síntomas iguales o similares a la de un colapso metal. También contactaron con la Coordinadora de la Unidad de Urgencias a preguntarles por casos en el que el enfermo hubiera sufrido un… ¡Nada! ¡Absolutamente nada!
Los radares continuaban con los rastreos empleando ondas de radio que transmitían los datos cruciales a las ondas reflejadas “eco” Esta información la recopilaban y analizaban los científicos con el objeto de obtener una visión detallada del entorno, incluso en condiciones de baja visibilidad, de movimientos geofísicos. pero de momento nada.
Sólo una cifra que iba en aumento, dos casos más se habían diagnosticado, investigado y analizado en los últimos tres meses, afortunadamente de menor gravedad, pero pasaban a engrosar el número de víctimas del “caso Leviatán”
Isabel de Mencía reaparece 20 años después
En esos momentos, el comisario miraba desde la ventana de su despacho la avenida principal de Nebulonia pero no veía ni oía nada, pese al incesante tráfico y al bullicio de la gente que tranquila paseaba por las aceras de la principal vía de la localidad, su cabeza no dejaba de darle vueltas a un tema.
La denuncia interpuesta, con el mayor de los sigilos, por los primos Miguel “el Manco” y Willy Pérez gerente de “Loro Loco”, por la desaparición de una amiga: una tal Isabel de Mencía, aristócrata que había desaparecido hacía más de 20 años, que regresó de ninguna parte y en extrañas circunstancias en el “Loro loco” al conseguir, según el testimonio de los Pérez, tras huir del lugar donde la había mantenido secuestrada durante todo este tiempo su propio marido: Ramiro Vélez de Maeztu y Sinoa, duque de Maison. Desaparecido del mapa años después.
La mujer aparece en el lugar en el que hacía más de 30 años sentía como su casa. Con una amplia camisola negra que la cubre por entero y le llega hasta los pies, un pañuelo del mismo color oculta pelo y cabeza, mientras unas amplias gafas de sol invisibilizan parte del rostro. Guillermo (Willy) no la reconoce.
El bar está en penumbra, música suave suena de fondo, junto al murmullo de conversaciones apagadas. Isabel entra como un espectro del pasado, con el cuerpo marcado por el miedo y por el dolor que le causan las heridas y laceraciones que le habían provocado los golpes de la última paliza. El miedo sirve de catalizador para que la mujer se sujete a la barra y paso tras paso llegue al extremo final.
Se aferra a la barra, con tal fuerza, como si ésta fuera su tabla de salvación, su último refugio. Levanta ligeramente la cabeza y observa tras las grandes gafas negras el lugar donde alguna vez fue feliz, donde tenía a los que ella consideraba sus verdaderos amigos. Willy sorprendido por la escena, pero sin dejar la observa sigue sin reconocerla. Hay algo familiar en esa mujer, pero el tiempo ha hecho a conciencia su trabajo. Cuando la identifica el cuerpo se le paraliza.
Con impetuosidad sale de la barra para darle un fuerte abrazo, pero ésta adelanta un brazo para impedir que se le acercara y, entonces, le ofrece una silla, un té, un silencio compartido. Ella en voz muy baja, apenas le salía de la boca un hilillo de voz le pidió agua, una botella de agua que Willy de inmediato le colocó entre las manos. De un sorbo se bebió el medio litro de agua fresca que contenía el envase. Guillermo le preguntó si quería más, ella declinó con la cabeza y con un gesto le mano de indicó que la siguiera al baño. Tras entrar después de Isabel en el servicio, cerró la puerta y echó el pequeño cerrojo: con gran naturalidad ella empezó a desnudarse, primero las gafas y el pañuelo y, después, la túnica negra; unas viejas bragas ensanchadas y unas chanclas, dos números más grandes que el suyo, eran las únicas prendas que mantuvo en el cuerpo. Envejecida, con moratones en la cara y prácticamente todo el cuerpo, heridas recientes provocadas por laceraciones o latigazos contundentes, habían convertido el antaño perfecto cuerpo de Isabel en un auténtico horror y ejemplo de las mayores atrocidades que se le pueden infringir a una persona.
Ahora era a Willy a quien le temblaban las piernas y la voz, rápidamente recogió la ropa del suelo. Le dio el blusón a Rita para que se lo pusiera de nuevo y la cogió de la mano para que saliera del minúsculo baño. Al principio ésta se resistía, pero Guillermo acercó su boca al oído de la mujer y la persuadió.

-Willy: ¿Dónde te voy a llevar estás más que segura? ¡Fíate de mí! -A suaves tirones, para no provocarle más daño, condujo a Isabel a la puerta del almacén y bajaron las escaleras.
-Isabel: ¡Está en todas partes! Nos tienes vigilados y nos acecha. No estoy segura en ningún sitio. -Susurraba.
Pocas personas conocían lo que había bajo la superficie del “Loro loco”. Para acceder al almacén había que bajar un tramo de empinadas escaleras en el que se acumulaban cajas de cartón y otras de plástico duro, llenas de botellas vacías de cerveza y refrescos, sillas, mesas, fuera de servicio … los tipos enseres que se acumulan en el sótano de un bar.
Al fondo del sótano, una estrecha alfombra mexicana que parecía parte de la decoración del destartalado cobró vida cuando Willy la echó hacía un lado y tras dar la luz se abrió una puerta blindada que cruzaron, ante la atónita mirada de Isabel, a un espacio grande, una cueva excavada en la propia roca de la que salían pasadizos en diferentes direcciones.
“El Escondite” de Willy era el lugar perfecto para esconder a Isabel de su maltratador. Pocos minutos después, aparece Miguel. Isabel no cabía en sí de gozo, los amigos de los veranos en Nebulonia, pero Willy se interpuso entre ellos, le hizo una señal a su primo para que no se le acercara físicamente.
Mientras Willy le curaba las heridas, Isabel empezó a narrar la historia vejaciones, malos tratos y sufrimiento que había sufrido poco tiempo después de su boda con Ramiro Vélez de Maeztu y Sinoa, duque de Maison.
Su testimonio es desgarrador. El Duque no solo la maltrató físicamente, sino que la borró del mundo “porque no podía tener hijos.”
Apenas transcurren un par de días de su regreso a Nebulonia, celosamente protegida en “el escondite” de Willy, cuando Isabel vuelve a desaparecer. La puerta blindada estaba cerrada, no habían entrado o salido por ahí, sino hubiera saltado la alarma. Guillermo y su primo la buscaron por todas partes, para nada. Parecía como si la tierra se la hubiera tragado. Los primos coincidían: nadie había podido entrar a la cueva. ¡Estaban equivocados!
Nueva línea de investigación
Narváez abandona el contemplativo mundo de la ventana y realiza dos llamadas: una al científico Fernández y otra a Miguel Pérez para que avise a su primo y se presenten en su despacho en un abrir y cerrar de ojos. Los primos vuelven a narrar la historia ahora ante dos subinspectores de la policía y dos científicos del UICE.
Las declaraciones de los Pérez son fundamentales y a policía va atando cabos. Las extrañas circunstancias que envuelven la aparición y desaparición Isabel Mencía, las frases en las que ésta advierte a Willy: ¡Está en todas partes! ¡Nos tienes vigilados y nos acecha! ¡No estoy segura en ningún sitio!
Son muy claras. La policía tiene un elemento con el que abrir una nueva línea de investigación y así lo hacen. Lo que descubren sobre el gran Duque les deja perplejos y en el historial criminal tan extenso que incluye por delitos incluso lex a humanidad. Cada más están más cerca del presunto sospechoso de que hay órdenes de busca y captura hasta de Tribunales Internacionales.
¿Hacía qué o quién conducirá la nueva línea de investigación abierta por la policía? ¿Será el gran Duque quien se esconda tras “el Leviatán”? Nuevos personajes aparecen en el entramado de la novela en la que cobra cada vez más peso la alargada figura del Duque.
De todas estas interrogantes tendrán respuesta en el: Capítulo III de Encrucijada, titulado: “El Escondite.”
Nos vemos el próximo fin de semana. Espero que hayan disfrutado con la lectura de esta segunda entrega de la novela y como les digo siempre: ¡No me fallen! ¡Les garantizo no defraudar
Interesante!
Intrigante sin duda, estoy deseando leer el siguiente capítulo