
Capítulo VII
¡Y Rita! ¿Dónde está Rita? El compañero de universidad de la periodista había interceptado un mensaje con las siglas «RIT». De inmediato ordenó rastrear la señal y desencriptar un mensaje que “alguien” había querido borrar en su totalidad. “Escribid. Me mata. Rita”. Paco Fernández recibió una llamada del comisario Narváez: palideció. Habían encontrado el cuerpo de Rita en el interior de la cueva. Ni rastro de nadie más. Isabel de Mencía continuaba desaparecida y Sylvela Martínez había conseguido esquivar la vigilancia policial. Mientras, Willy tiene muy presente el legado de los Taylor.
En el preciso instante en el que el coordinador de la brigada científica recibía el mensaje de Rita Almazán, los agentes de brigada de intervención policía se adentraban en el interior de la. Los policías, sin bajar la guardia, registraban las siniestras estancias que habían seguido impenitentes el siniestro día a día del Gran Duque. Las heladas paredes de roca parecían susurrar el eco del miedo y el suplicio al que el oscuro personaje había sometido a diversas víctimas, según apuntaban los primeros indicios.

¡Limpio! -exclamaba un agente-, mientras otro gritaba también: ¡Limpio! Todas las salas estaban vacías, aunque les llamó poderosamente la estancia que, semanas antes, las sofisticadas cámaras de los drones habían conseguido retrasmitir en la pantalla del ordenador de Paco Fernández. Se trataba del angosto corredor que, como trofeos de caza, exhibía diferentes instrumentos de tortura y que, a modo de cono, se iba ensanchando hasta llegar a otra concavidad presidida por una anticuada mesa de operaciones y material quirúrgico. Las luces ultravioletas mostraban a los agentes una auténtica sala de suplicio a tenor de las ráfagas y salpicaduras de sangre que cubrían cada palmo de las paredes y el techo de la mole de roca.
¡Mirad! -dice señalando con la mano hacia una oquedad lateral que les había pasado desapercibida. La voz de alarma al dio uno de los agentes que había seguido el rastro de lo que parecían ser gotas de sangre todavía frescas, a tenor de la intensidad que refractaba bajo la luz ultravioleta de su linterna. Una minúscula cueva escondida entre los pliegues de una pared que detenía su caída a medio metro del suelo y que se encontraba semi oculta por piedras de amplio volumen y tonelaje. El sargento se había limitado a seguir el trazado de lo que parecían ser gotas de sangre todavía fresca cuando descubrió y alertó a sus compañeros para que visualizaran junto a él, intentando no contaminar en demasía el escenario a analizar, lo que parecía ser un bulto tirado en el suelo de la pequeña concavidad pero que a medida que avanzaban se distinguía lo que parecía ser un cuerpo dentro de una bolsa mortuoria en la que encontraron el cuerpo de una mujer: ¡Era Rita!

El tesoro de las Brown
El comisario Narváez llamó de nuevo a Willy para preguntarle cuando había visto a su hermana la última vez, la respuesta fue tajante: “No sé los años, ya te lo he dicho en anteriores declaraciones, no manteníamos ningún tipo de relación”. El el jefe de la policía de Nebulonia también le comunicó la fatídica noticia de la muerte de Rita. El primo del «Manco» aguantó el tiempo hasta colgar el teléfono, pero no pudo impedir Willy (con solemnidad, casi temblando): ¡Lo juro, abuela. Nadie sabrá de esto por mi ! – Mary sonrió, con un brillo de alivio en los ojos. Afuera, la lluvia golpea suavemente los cristales, como si el mundo entero guardara silencio ante aquel juramento.
Y así fue. Nadie supo del secreto de «las Taylor» por el nieto pequeño de la familia, aunque en un descuido de pura inocencia, fuera el abuelo William Taylor (al que su mujer jamás le había revelado la épica historia) quien lo desvelara ante los afectuosos abrazos y gestos de cariño de una Sylvela que nunca había dado puntadas sin hilo. Cuando se tranquilizó recordó el consejo que le había dado su abuelo José e, inevitablemente, a su abuela Mary.
El intercambio epistolar entre los dos escritores más brillantes de la literatura universal Miguel de Cervantes y William Shakespeare contenía ideas demasiado adelantadas para su tiempo. Ambos autores compartían una visión humanista de la vida que cuestionaba dogmas y jerarquías. En sus cartas ambos escritores revelaban un pensamiento común contra la intolerancia religiosa o la tiranía política, difundirlas habría sido peligroso. Sin darse cuenta y a través de las cartas habían gestado una obra compartida, una síntesis de sus visiones del mundo. Ocultarlo era necesario para evitar que la censura destruyera el germen de esa creación.
En las misivas los genios de las letras universales disertan sobre la defensa del individuo frente al Estado: en un tiempo de imperios y absolutismos, la idea de que la dignidad humana está por encima de la corona o la iglesia era revolucionaria.
La censura inquisitorial en España o la vigilancia política en Inglaterra hubieran arrojado al fuego unas cartas contenían una visión del mundo demasiado libre y peligrosa para la época, además de poner en peligro la vida de los dos famosos escritores o cuanto menos dejarlos en una situación delicada para los restos. El manifiesto humanista que debía sobrevivir en la sombra.
“La Reina Virgen”
La reina Isabel, consciente de que su imagen debía permanecer intacta, como “la Reina Virgen”, se encerró en sus aposentos con las cartas de Shakespeare. Algunas ardieron en el fuego, consumidas por la llama que borraba cualquier rastro de intimidad. Pero no todas. Las que contenían reflexiones sobre el poder, la fe y la fragilidad del ser humano, las que podían sobrevivir como testimonio de un pensamiento demasiado libre para su tiempo.
La reina ordena llamar a Lord Burghley, a quien recibe en la penumbra de su cámara privada, y le confía un cofre pequeño, cerrado con llave: “Guárdalas como guardas los bienes de la Corona” -le dijo-, “pero que nadie sepa que existen. Ni siquiera tus herederos legítimos deben conocerlas.” Cecil inclinó la cabeza, consciente de que recibía un legado que era más que papel: era dinamita contra la imagen de la reina y contra la estabilidad del reino.
Oficialmente, las cartas se convierten en un secreto de Estado. En lo privado, Cecil las guarda como un legado que puede servir a su propia familia, incluidos presumiblemente sus hijos ilegítimos. El ministro cumplió el mandato de la reina, pero su vida privada estaba marcada por alargadas sombras. Sus hijos ilegítimos, ocultos en la periferia de la corte, recibieron fragmentos velados de ese legado. No como herencia oficial, sino como un secreto transmitido en silencio, disfrazado de correspondencia familiar, de cuentas menores, de papeles que nadie miraba dos veces. Así, las cartas sobrevivieron en la clandestinidad, mezcladas con genealogías ocultas y memorias personales.
Con el paso de las generaciones, ese hilo secreto llegó hasta Margareth y su hija Mary Browm. No como un tesoro público, sino como una herencia íntima, ilegítima, destinada a quienes vivían fuera de la luz oficial. Pasado el tiempo, ya no se trataba de proteger la imagen de Isabel I para dar estabilidad al reino, sino de preservar un legado literario que no debía desaparecer. El secreto se convirtió en una forma de resistencia, transmitido por aquellos que no tenían derecho a nada, salvo a la memoria.
El secreto se convierte en un puente entre la gran política y la genealogía oculta, hasta desembocar en Mary Browm, que recibe no sólo un legado literario, sino también la carga de un secreto histórico.
Mary Browm o Taylor, apellido que adoptó tras casarse, había guardado el secreto durante toda su vida, consciente de que no era un tesoro para ambiciosos ni para quienes buscaban poder. El legado epistolar que había sobrevivido a la hoguera de Isabel I y a la custodia de los Cecil no podía caer en manos de Sylvela, su nieta mayor, cuyo corazón oscuro y codicioso lo habría convertido en moneda de cambio.
Secreto entre abuela y nieto
Como le había anunciado el abuelo José, Mary viajó a Nebulonia a penas una semana después de la reunión familiar, de la que había sido excluida Sylvela. Nada más regresar, Mary encaminó sus pasos hacía el antiguo barrio de Alhazán para repartir besos y abrazos entre una familia que ya consideraba suya. Vio la lucha entre la vida y la muerte que traspasaba la mirada y los gestos de José y a Josefa que, pese a todo su esfuerzo, no podía evitar la tristeza y el desaliento huellas reflejadas en la fruncida piel que surcaba de arrugas su simpática cara. Su hija, de nombre Mary como ella, salió a su encuentro y la abrazó y besó como nunca y la conmovió la desangelada y escuálida figura de una madre rota por el dolor y el peso del trabajo que había mermado la fuerza de su yerno José, asolado por un sentimiento de culpa que se atisbaba con tan sólo rozarle la piel. Esa fue la familia que Mary Taylor encontró en Alhazán, a la vuelta de su Clovelly natal.
La sorpresa más grata se la llevó cuando vio a Willy subir corriendo desde el bar hasta la puerta de la casa familiar para acudir a su encuentro. Era tal la alegría del joven de diecinueve años que apunto estuvo de tirar a su abuela al suelo con el ímpetu de su emotivo abrazo. Nada más nacer supo, no sabía decir por qué exactamente, que Willy era un regalo que les había caído del cielo. Un niño al que era imposible no querer: educado, generoso, amable, nunca fue envidioso ni pretencioso, lo contrario a la personalidad de su hermana Sylvela, que desde bien pequeña ya apuntaba maneras.

La tetería estaba envuelta en un aroma de bergamota y madera vieja. Las lámparas de cristal proyectaban una luz cálida sobre las mesas de roble, y el murmullo de las conversaciones se apagaba en los rincones. Mary Taylor, con su porte inglés y un discreto pañuelo anudado cabello, muy de moda en la época, observaba a su nieto en el que siempre vio algo que lo distinguía de los demás: el espíritu desinteresado y esa mentalidad abierta al mundo encajaban a la perfección con la continuidad de un legado que representaba una verdad que debía sobrevivir en silencio.
-Mary (con voz serena, mientras sirve el té): Willy, hijo mío, hay secretos que no se heredan por sangre, sino por corazón. He viajado hasta Nebulonia para confiarte un secreto y entregarte un legado del que creo eres digno merecedor.
-Willy (inquieto, pero curioso): ¿Por qué yo, abuela? Sylvela es la mayor, y siempre ha dicho que todo lo que viene de ti le corresponde.
-Mary (con firmeza, pero dulzura): Sylvela busca poder, riquezas, reconocimiento. Su corazón está oscurecido por la codicia. Este legado no puede caer en manos de quien lo usaría para dominar. En tus manos no corre peligro alguno, eres digno de custodiarlo. ¡Tu hermana no!
De regreso, Willy acompaña a su abuela al pequeño apartamento que los Taylor compraron a principios de la década de los cincuenta junto al barrio de Alhazán, al principio de la avenida del Ensanche. Mary le dice a su nieto que se siente un momento sofá del pequeño comedor y se marcha hacia la habitación. Segundos después saca un pequeño cofre de madera, junto a otro de mayores dimensiones, y los coloca sobre la mesa. Los acaricia como si se tratara de un relicario.
-Mary (en voz baja, casi un susurro): Aquí dentro se guarda la memoria de un pacto secreto, cartas que sobrevivieron a la hoguera de una reina y que han viajado siglos en silencio. Son palabras que unen a Cervantes y Shakespeare, pensamientos que podrían haber cambiado el mundo si hubieran salido a la luz.
-Willy (con los ojos muy abiertos): ¿Cartas? ¿De ellos? ¿Y por qué ocultarlas?

-Mary (mirándolo fijamente): Porque eran demasiado libres, demasiado peligrosas para su tiempo. La reina Isabel las destruyó en parte, pero lo que quedó fue confiado a un ministro, y de ahí, por caminos ocultos, llegó hasta mí. Ahora, yo te lo entrego a ti. Toma la mano de Willy y la aprieta con fuerza-. Prométeme que jamás revelarás este secreto. No es un tesoro para mostrar, sino una llama para custodiar.
-Willy (con solemnidad, casi temblando): Lo juro, abuela. Nadie sabrá de esto por mí.
Mary sonríe, con un brillo de alivio en los ojos. Afuera, la lluvia golpea suavemente los cristales del balcón, como si el mundo entero guardara silencio ante aquel juramento.
La abuela Mary Browm nació en 1891 y creció sin conocer figura paterna alguna. Ni en su partida de nacimiento ni en la de su madre aparecía nombre alguno, como si la ilegitimidad hubiera sido el sello silencioso de su linaje.
Mary, hija de Margaret Browm (uno de los apellidos anglosajones más comunes), pasó la infancia en Clovelly, un pueblo pesquero de la costa norte de Devon, donde las casas blancas se aferran a la pendiente de unas calles adoquinadas que parecen tener en el un destino inevitable.
Ese mar, que une y separa, fue también frontera con Portsmouth, la gran ciudad portuaria del sur, base naval y crisol de historias. En una de las escapadas que el sargento William Taylor, de la Royal Navy, realizó a la pequeña localidad costera para pasar unos días de vacaciones conoció a la que sería su compañera de vida: Mary Browm cuya belleza lo cautivó y con quién se casó en 1922.
Entre la intimidad de Clovelly y la vastedad de Portsmouth se tejía la paradoja de un legado sin nombre, un vacío que, sin embargo, abría la posibilidad de que la memoria se enlazara con otras voces: las cartas nunca escritas, los diálogos imaginados entre Shakespeare y Cervantes, cuyo eco, más allá de los siglos, aún resuena en quienes buscan dar sentido a lo heredado y a lo perdido.

¿Quieren saber por dónde y con quién ha huido el Gran Duque? ¿Qué o quién condujo a Rita Almazán hasta la cueva de Ramiro Vélez de Maeztu? ¿Seguirá el legado de las Brown en el lugar donde lo escondió la abuela Mary?
E Isabel de Mencia: ¿Qué hace arrodillada e implorando….?
Hasta aquí la primera parte de Encrucijada, una novela de siete capitulos que empecé a publicar el sábado 27 de septiembre de 2025 y que esta semana acaba con su séptima entrega.