
Hace apenas una semana Maribel Torres, una chica guapa de la pandilla, os contaba cómo surgió la idea y los prolegómenos que conllevó publicar un libro como, «En Benidorm sale el sol para todos», que contiene 30 historias, redactadas y firmadas por sus respectivos autores, lo que supone darle voz a 30 voces distintas de “la pandilla” de adolescentes que éramos en los 70 y que ahora estamos a punto de cumplir los 70. Creo ser afortunado al poder contar, muchos años después, con complicidad de la mayoría de “la panda” para que viera la luz este “libro coral”, en el que cada uno ha hilvanado con palabras su historia, ese momento de juventud que, con tan sólo escuchar una canción, los sentimientos te invaden la memoria. Una experiencia más que gratificante al sentir, de nuevo, tan cerca a los chicos y chicas de“nuestra pandilla”, tras años de desconexión. Soy Pancho Reverte y decía Maribel en su anterior artículo que fui el impulsor de la idea, más bien creo que fueron las redes sociales las que obraron el milagro y las ganas que teníamos todos de reencontrarnos las que echaron el resto. Hoy me han pedido que sea yo el que presente esta sección con la historia que redacté para el libro y titulé,“Benidorm, donde vi salir el sol”. Me puse manos a la obra el verano de 2021, fechas en las que los recuerdos de las vacaciones estivales y los años de juventud junto a“la pandilla” se sucedían en la memoria e íbamos apareciendo unos y otras, protagonistas de momentos irrepetibles, como el aroma que sólo se respira durante fervor de la adolescencia y, más aún, si ésta transcurre en Benidorm (entre finales de la década de los 60 principios de los 70), una ciudad abierta, libre, en constante ebullición, creciendo a pasos agigantados y cosmopolita. Como lo éramos los de la pandilla: procedentes de múltiples lugares, el grupo se ampliaba o reducía, dependiendo de la estación del año, para al final acabar todos juntos en los mismos lugares, en los que nos intercambiábamos y sabíamos absorber a los foráneos que se incorporaban de nuevas.

Benidorm, donde vi salir el sol
En 1970 cursaba 4º de bachillerato en el colegio Lope de Vega de Benidorm. Mi familia se mudó de Panamá a Benidorm en 1968, salvo mi hermana mayor, Lolita, que se había casado con Jaime en 1966. Ese primer verano vivíamos en la calle Gambo, alquilados en un apartamento justo encima del estanco, a la espera de que nos entregaran nuestra casa definitiva en el edificio La Señoría, en la calle Herrerías, nº 2. En el primer piso tendría mi padre su consulta de médico y sus aposentos, justo al lado estaba su estudio lleno de libros y sus trastos. Mediante una escalera de caracol se comunicaba con la segunda planta, que era realmente la casa.
Benidorm no me supuso un brusco cambio, era un pueblo muy luminoso que de alguna manera me recordaba a Panamá, donde nací en 1955 y encima también tenía una hermosa playa. Madrid si me chocó cuando la vi por primera vez, era gris, un tanto oscura, antigua, algo galdosiana. Las películas de Toni Leblanc y cía de la época, lo reflejan muy bien.
En el colegio internacional Lope de Vega, estudié desde 3º a 6º de bachiller. Tenía unas instalaciones modernas y era el único colegio privado de Benidorm, donde se podía cursar bachiller. Era muy internacional, no solo por el nombre sino por los países de procedencia de muchos de nosotros, tanto de los países como de los pueblos de las Marinas. Mi compañero de pupitre en el Lope era Marco, el hermano de Macarena. También estaban de compañeros Jesús (D.E.P.), hermano de Elvira, Manolo Fenoll, Luis, hermano de Carmina, Meir Tchelebon y así hasta 40. Recuerdo un año que vino un callosino que se levantó el primer día y dijo: “No entenc res, yo que tin que fer? (Cast. “No entiendo nada, ¿yo que tengo que hacer?”). Era un callosí de Nueva York y solo hablaba inglés y valenciano. Don Juan, propietario y director del colegio, hizo un gran esfuerzo por dotar a Benidorm de un centro educativo de categoría, pero hubo muchos alumnos que se lo pusieron difícil. ¡Era una gran persona, D. Juan!
Durante todo el curso íbamos paseando de casa por la calle José Antonio (entonces) hasta el edificio Ronda, donde teníamos la parada del autobús. En ese paseo se me iba la vista detrás de alguna de las chicas que iban a su parada. Entonces ese trayecto era carretera nacional: ¡Y de dos sentidos! Hoy parecería imposible. Benidorm contaba con unos 12.000 habitantes y en verano y Semana Santa se abarrotaba.

En el colegio hicimos muchos amigos a la vez que crecíamos y pasábamos de niños a jóvenes. El colegio no era mixto pero tenía dos módulos que nos separaban. No así en el recreo ni en el autobús. En clase era un problema porque las aulas tenían vistas del patio donde hacían gimnasia las chicas. Imaginaos que distracción. El cura de religión nos decía: “¡Os váis a condenar!”
Recuerdo con mucha nostalgia las fiestas de Benidorm cuando se celebraban en la Alameda, con los puestos de los feriantes y el baile nocturno. En los 2000 me invitaban a las peñas que se habían creado, con mucha marcha, pero me negué a ir, la nostalgia me podía.
También recuerdo los años en la O.J.E. con Pepe Pagés a nuestro mando, arriba del Hogar del Camarada. Fue una experiencia apasionante. Recuerdo de esos años de bachiller: las sesiones de cineclub o teatro en la Caja de Ahorros de la Alameda. ¡Eso era cultura auténtica! La única que nos llegaba.
Sería el año 1971 o 1972 cuando, guiados por Vini y Maite, como cantores del Coro de las Monjas, formamos un grupo de música folk, que por entonces se llevaba mucho. Nos llamamos »Pan Candeal» y ensayábamos en el teatro de las monjas. Cantábamos: “Vientos del pueblo me llevan…”, “Eres tú, como el fuego de mi hoguera…”, “Tina, teno lelo botayo…” y otra serie de canciones de moda de la época. Nos presentamos a un concurso provincial de jóvenes promesas, en el cine Andalucía, que se celebró en Benidorm y, al final, con nuestro público, quedamos segundos. El premio nos dio para una paella. No dimos más de nosotros como grupo, pero fue divertido. Al final »Pan Candeal» no éramos unos pocos chicos y chicas de Benidorm, al final »Pan Candeal» fuimos toda la Pandilla de Benidorm.
En COU me fui al Instituto de La Vila, al igual que mi hermano Lucho y allí coincidí en clase con Isabel y Encarna de Benidorm y también con Aida, Pepe Lloret, Rafael Calvo y más compañeros estupendos. En el recreo jugábamos mucho al futbolín.

Benidorm era un pueblo en invierno y una ciudad en verano. La vida en los meses de invierno se circunscribía a los límites del Parque de Elche, la zona de la colonia Corral, Ruzafa y Plaza Triangular, al pueblo, vaya. En Semana Santa y verano se producía una especie de big band y nos expandíamos hasta La Cala o el Rincón de Loix. La pandilla de invierno, al llegar el verano se dividía en grupitos que se sumaban a los invasores veraneantes y así surgían las pandillas de verano que muchas veces convergíamos en lugares comunes como la discoteca Triana, la del antiguo hotel Bali en la Cala, en el Dick Turpin o el Wester Saloon. En invierno nos reagrupábamos y nos recluíamos en nuestra entrañable discoteca Tubos, en Torrechó o en la discoteca del Hotel Bonanza. Un año de mi vida, con todas sus horas, calculo que habré pasado en una discoteca.
El sitio de quedar era La Palmera, en la confluencia de la Alameda y José Antonio (hoy Paseo de la Carretera), quedábamos a una hora pero podrían pasar una o dos horas hasta que arrancábamos. Era como nuestro lugar de tertulia. Llegaba uno, llegaba otra, faltaba una, faltaba otro. Muchas noches de invierno terminábamos en el castillo, haciendo botellón con vino Savín y cantando, siempre cantando. Éramos muy bullangueros, muy alegres pero sin molestar. Muchas veces los extranjeros nos invitaban en los bares a cerveza o sangría por la animación que les dábamos con nuestras canciones. ¿Os dais cuenta que hoy los jóvenes no cantan ni en los bares ni en las calles? Son unos sosos.

Si algo no me gustaba de esa época, era la falta de cultura. Sólo teníamos el Cine Ruzafa, las sesiones de cineclub o el teatro que organizaba la Caja de Ahorros y la biblioteca del Castillo. Ya teníamos 17 o 18 años. Uno ya dejaba de leer el “Capitán Trueno”, el “Jabato” y el “As” y queríamos ampliar nuestros horizontes y conocimientos culturales y eso Benidorm no te lo daba. Por otra parte, las inquietudes políticas iban naciendo.
Estando en bachiller nos apuntamos a la O.J.E., guiados por Pepe Pagés. Allí estaba con Lucho, Marco, Emilio, Alejandro y un montón de niños de 10 años. También había un grupito de chicas como Gloria Moreno, su hermana Mary Luz y otras con la que montábamos guateques y también venían a las acampadas a La Cala de Finestrat. Estudiamos la doctrina de José Antonio e incluso nos apuntamos a los Círculos Doctrinales José Antonio.
Seguíamos creciendo
Seguíamos creciendo. Ya no nos bastaba salir con amigos, necesitábamos también amigas. Ya no nos bastaba las de la O.J. E. Así empezamos a juntarnos con Isabel, Charo, Meme, Magdalena, Carmen, que eran mayoralas de las Fiestas de la Inmaculada. Hicimos pandilla y fuimos ampliando nuestras amistades.

Al principio no tomaba alcohol, ni fumaba. A los 17 años, creo que probé mi primer cubata en la discoteca “Tubos”. Me dije un día: “Si por el mismo precio me dan un cubata en vez de una Coca Cola, pues cubata”. Salíamos también por el casco viejo del pueblo a tomar vinos. Con el tabaco no empecé hasta los 20 años. El tabaco lo dejé definitivamente a finales del siglo pasado. El alcohol lo he reducido mucho, una copa de vino con el aperitivo y las comidas. Ya no cojo los colocones de entonces, el cuerpo no me lo pide.
Las Navidades en Benidorm no tenían nada especial. Eran unas fiestas de familia y de pandilla, claro. Un 28 de diciembre, día de los Inocentes, se nos ocurrió a algunos, preparar una inocentada buena. Les dijimos a todos que celebraríamos una fiesta de disfraces en el Hotel Sarvacho. Nos escondimos frente al hotel, detrás de unos setos los cuatro o cinco organizadores. Toda la Pandilla fue desfilando con sus disfraces y al llegar al hotel veían que estaba cerrado y no había ninguna fiesta. Nos partíamos al ver el como se iban cabreados. Cuando desfilaron todos, fuimos a nuestra discoteca preferida, “Tubos”, y a allí estaban todos disfrazados en la puerta. Hubo mucho mosqueo pero al final hicimos las paces y entramos todos a la sala para hacer la fiesta.

Hubo un momento en que los amigos tuvimos la necesidad de celebrar la Nochevieja juntos. El primer año nos fuimos al cotillón del Hotel Luna, unos 20 o 30. En el 75 convencimos al senador Barceló, padre de Rosa, para recibir el año en el Hotel Les Dunes. Nos puso como condición que solo nos daría una copa de champán. No sé como aparecieron petacas o botellas de alcohol, que hicieron que la noche fuera muy animada. A Leoncio, mi muleta, la perdí por lo menos dos veces. A las 6 o 7 de la mañana estábamos en casa de Elena poniéndole una peluca a una calavera de Paloma, que por entonces estudiaba enfermería y que habíamos sustraído del osario de Benidorm días antes. La última Nochevieja que pasé en Benidorm fue la del 76 en el Hotel Mayor. Nos juntamos unos 160 y fue una noche tremenda. Por 500 pesetas por persona, cerré con mi tia María barra libre. El día 1 amaneció para muchos muy turbio pero nuestro amigo Maxi aún pudo ganar la travesía a nado del puerto ese día. ¡Fue la última Nochevieja en Benidorm!
Los veranos, tanto en bachiller como en la Universidad, los pasaba estupendamente pues no tenía ningún suspenso y además ganaba un dinerín trabajando por las tardes en la farmacia de Joaquín Ortiz o dando clases particulares. Era el rey del mambo. Playa por la mañana, siesta por la tarde y marcha por la tarde noche.
No había una panda muy definida, era muy elástica y sabía adaptarse a los c ambios poblacionales de Benidorm. Como éramos de múltiples lugares, el idioma empleado era el español aunque los muchos que había del pueblo hablasen valenciano en sus casas. No había ningún problema. Los distintos grupitos al final terminábamos yendo a los mismos sitios, nos juntábamos, nos intercambiábamos y sabíamos absorber a los foráneos que se incorporaban. Lo mismo daba también que unos estudiáramos y otros trabajasen. Míticas fueron las Baleares, que siempre iban juntas y se apuntaban a un bombardeo. Eran muy simpáticas y alegres.

Lo normal fue que surgieran los romances entre nosotros. Unos fueron amores platónicos, nunca sospechados, otros fueron amagos de noviazgos y los hubo serios y formales. Eso era entre nosotros, a lo que había que añadir los ligues vacacionales que fueron muchos y de muy diverso origen. Así era Benidorm, una ciudad abierta, libre, en ebullición, creciendo a pasos agigantados y siempre muy cosmopolita.
Algunos recordamos las partidas de dominó las tardes de verano en la terraza del Hogar del Camarada o las sesiones de póker en mi casa los sábados por la tarde aprovechando que mis padres se iban de fin de semana; o las tardes en el Hotel Agir, de Baby, o las mañanas en la piscina del Hotel Bristol, de Consuelo.
Hasta empezar COU, Marco y yo éramos muy amigos. A partir de entonces, no sé ni cómo, dejamos de tratarnos. Por esas fechas conocimos a Toni, un catalán que vivía puerta con puerta en el edificio de La Señoría y con el que coincidimos una tarde en la terraza del Hotel Agir donde nos juntábamos con Baby, Lisa y otros amigos. Desde entonces inseparables amigos Toni, Lucho y yo. Toni acababa de comer y tocaba el timbre de casa. Mi madre un día le dijo: “Toma Toni, las llaves de casa, no toques más el timbre, que nos despiertas la siesta, entra cuando quieras”. Toni no tocaba el timbre, abría, cerraba e iba directo a nuestra habitación, conocida como la leonera, tumbándose la siesta en una de las cuatro camas vacías que hubiera (dos literas). Cuando salíamos decíamos: “Vamos a colocarnos como las cabras”. Sí, bebíamos, pero nunca provocamos ningún escándalo ni tuvieron que llevarnos a ningún hospital por ello. Nos desinhibíamos y nos divertíamos.

Los tres, Lucho, Toni y yo, éramos compinches pero también lo eran Eduardo, Álvaro, que ya nos dejó, Ricardo, Emilio, Leco, Ana, las hermanas Urrutia, Elena y Blanca, Alejandro, Estrella, Isabel, Charo, Carmina y mucha más gente.
Mi último verano en Benidorm fue en 1977. Mis padres ya se habían ido a vivir a Madrid, a la calle Ríos Rosas. Fui para unos días y me dijo mi tía Maria, la del Hotel Mayor: “Tu primo Pepe está en la mili, puedes quedarte el verano y me ayudas en el Hotel”. Y me quedé hasta el 1 de septiembre. Al principio salía con la pandilla pero luego me sumergí en el trabajo del hotel, haciendo de recepcionista y de barman-diskjockey por las noches. También ligaba con las huéspedes holandesas y españolas. En septiembre volví a casa para examinarme de la primera asignatura que me habían suspendido en toda mi vida en junio: Microbiología. Estudié y aprobé.

Todo cambió en COU
A partir de ese curso, apenas iba por Benidorm y cuando iba en La Palmera no había nadie, ni en Tubos. Todo cambió. La pandilla se esfumó. Lógico, cada uno desarrolló su camino y el mío estaba ahora en Madrid.
Allí estuve tres años en Colegios Mayores, primero en el Santa María de Europa, en la calle Cea Bermúdez y, los otros dos, en el San Pablo. Yo tenía que haber estudiado Farmacia en Valencia, era mi distrito universitario, pero fui una vez con Lucho a conocerla y no me gustó nada. Me fui a Madrid con la triquiñuela de estudiar en el CEU. Allí estudié dos cursos y luego pasé a la Complutense. Nada más entrar en la “Complu”, sin conocer a casi nadie de los 300 alumnos del aula, me eligieron delegado de curso, tras dura batalla con el rojerío.

En cuarto tuve una intervención quirúrgica que me impidió ir a clases todo el primer trimestre. En el segundo iba un día sí, otro no. En el tercero, ya recuperado, empecé a estudiar lo que no había hecho los seis meses anteriores. Al final aprobé tres de seis en junio. En septiembre me catearon las tres. Acabe la carrera en febrero del 80, tras al aprobar la galénica II. Siempre decía que si tenía una niña se llamaría Galénica.
Al vivir en Madrid tuve que hacer grupos de amistades en Madrid. Quedaba muchas veces con Antonio, Ramón, Luis María y nuestro querido Álvaro. Los cinco fuimos a la boda de Alejandro a Salamanca. Álvaro se apuntaba a todas las fiestas aunque fueran muy pijas. Y eso que él se movía mucho con los anti OTAN, anti Nucleares y demás gente de ultraizquierda.
Empiezo a trabajar y me caso
Fue allí, en Madrid, donde conocí al amor de mi vida, a Rosa, de la cual me quedé prendado desde el primer día que la vi a finales del primer curso en el bar del CEU. Por aquellos años no me hizo caso y en tercero me dio calabazas por lo que tuve que hacer marcha.
Al finalizar la carrera pasé por un período de cierta ansiedad al no encontrar trabajo. Me ofreció mi profesor de Bioquímica una beca en el CSIC, pero como fue en junio del 79 y no terminaba los estudios, no pudo ser. Finalizada la carrera hice varias entrevistas, el tiempo pasaba y yo me desesperaba. ¡Quería trabajar, quería ser independiente! En octubre del 80 fui al colegio de Farmacéuticos de Guadalajara y allí me ofrecieron tres plazas de inspector farmacéutico municipal en Villel de Mesa, El Recuenco o El Pobo de Dueñas.
El 23 de diciembre inauguré mi primera farmacia e inicié mi vida profesional. El Pobo está en el Señorío de Molina de Aragón, Guadalajara, casi tocando la provincia de Teruel. Contaba con 228 habitantes a 1.260 metros de altitud. ¡Un frío del copón! Con perdón y como dirían por allí. En El Pobo pasé seis años fabulosos, hice muy buenos amigos, fui incluso alcalde del pueblo, con el PSOE, como independiente. Tuve mis rolletes en muchos pueblos, nunca novia formal. Tuve varias formales en Madrid pero no cuajó ninguna. No había forma de que sentara la cabeza. Como decían por allí: “Ya es hora de que te eches una manta”, forma sutil de decir que tuviera novia formal. Llegamos a estar a -25º C bajo cero, con buenas nevadas y heladas, sobre todo. Ahora, ninguna comparada con la Filomena que azotó Madrid a partir de Reyes del 2021. El Pobo era un pueblo sano y lo mejor era su gente. Me sentí como adoptado por todo el pueblo y por eso es otro de mis pueblos, aparte de Panamá y Benidorm. Aunque era ya parte de la España vaciada, no me aburrí en absoluto. Entablé amistad con los mozos y mozas del pueblo así como de buena parte del Señorío de Molina. Trabajé poco, he de reconocerlo, y vivía en una fiesta continua.
Las farmacias se pueden traspasar a partir de los seis años. La mía los cumplía el 23 de diciembre del 86 y ese mismo día la traspasé a un antiguo compañero de Facultad, Joaquín. La noche anterior celebramos mi despedida con cordero y mucha fiesta. Sin nada previsto decidí dar un giro a mi vida. Pasé las Navidades en Benidorm, donde ya no se vivía el ambiente de antes y donde solicité farmacia que me denegó el Colegio de Farmacéuticos de Alicante.

Volví a Madrid y me asocié a una antigua compañera de estudios, Hortensia. Montamos una empresa de distribución de material clínico y sanitario. Pedimos farmacias en algún pueblo de Madrid y al cabo de cuatro años, despues de recursos y recontrarecursos, nos concedieron una en Algete. Hasta llegar ahí, nos dio tiempo a vender el negocio de distribución al año de empezar y justo al día siguiente, cuando a las 08:00 h. de la mañana estaba esperando en el Banco Pastor a que abrieran, me dice el director de la sucursal: “¿Te interesa un trabajo en la cárcel como farmacéutco?”. No lo dudé. Al día siguiente fui con mi título al Hospital General Penitenciario de Carabanchel y acepté los 15 días que me ofrecían. A los quince me ofrecieron otros 15 y luego seguí tres años más. A la que sustituí por vacaciones, la echaron. Tuve que renunciar a un viaje que tenía a Rumanía con mi nueva novia, Rosa, por la que yo suspiraba en tiempos universitarios. Habíamos retomado el contacto en la despedida de El Pobo y al cabo del tiempo ya no se pudo resistir más a mis encantos. Hasta hoy.
Los tres años en el Hospital fueron intensísimos, aprendí y vi lo inimaginable: 120 reclusos enfermos, procedentes de toda España. El SIDA hacía estragos al final de los 80. Conocí a asesinos, camellos, adictos, incluso terroristas. Un preso me decía: “Gano más dinero aquí dentro trapicheando que en la calle”. Otro asesino me contaba: “No quiero la condicional, fuera no me queda nadie, aquí soy alguien”. Trabajé tres años sin contrato para el Ministerio de Justicia como farmacéutico de hospital y justo el 26 de junio de 1991 lo dejé para inaugurar mi nueva farmacia en Algete con Hortensia. Mientras todo esto iba sucediendo por un lado, por otro la vida me sonreía: en 1989 me casé con Rosa y nuestro hijo Jorge nació en el penúltimo día del año olímpico, 1992.
En la farmacia de Algete (Madrid) estuve casi diez años, haciendo guardias a tutiplén, cada tres días me tocaba una guardia de 24 horas. Aquí recuperé las horas que no eché en El Pobo de Dueñas. Era una farmacia nueva en un sitio un poco apartado pero conseguimos que funcionara.
Después la política me ocupó ocho años en la Comunidad Valenciana, llamado por mi amigo Eduardo. Fue apasionante y gratificante poder ayudar a mejorar la vida de las personas, primero como Director General y después como Secretario Autonómico. Siempre agradeceré a Eduardo que me brindase esa oportunidad de trabajar por los demás. Recuerdo que me dijo: “Si aceptas acuérdate de romper el carnet del PSOE”.
Finalizada mi etapa política, seguí dos años en el mundo empresarial de la dependencia, como Director General de su patronal autonómica, AERTE, para acabar pidiendo tiempo. Desde hace 12 años llevo vida de jubilado. Antes vivía en Ribarroja de Turia y hace unos cinco años en pleno barrio del Carmen de Valencia. Disfruto de mi tiempo con paseos, lecturas, ajedrez, viajes, amigos y familia. Lo último ha sido hacerme socio del Ateneo Mercantil de Valencia. Tienen muy buenas conferencias, cursos variados, puedes jugar a las cartas, viajes muy interesantes y bien organizados y, sobre todo, me obligo a ir paseando hasta la plaza del Ayuntamiento.
De la pandilla, con quien más me veo es con Toni y con Isabel. Con el resto ocasionalmente. A través de Facebook he recuperado la relación con todos ellos
Sin duda, los años de juventud, los años de pandilla en Benidorm, son inolvidables. Allí se forjaron grandes amistades, que aún perduran. Cierto es que con unos tenías más relación que con otros, lo cual es lógico cuando éramos tantos, pero sí os puedo decir que, para mí, mis amigos de Benidorm todos son sagrados. Pasarán los años, viviremos cada uno donde sea, tendremos todos nuestras familias pero la Pandilla de Benidorm será siempre nuestra pandilla y Benidorm, el lugar que lo propició y eso nunca se olvida. ¡Sois lo mejor!

Al escribir esta breve historia de mi vida se me encendió una lucecita, cosa muy habitual en mí, que me hizo pensar en por qué no pedir a mis amigos de la pandilla de Benidorm que hicieran algo parecido y así poder juntar unos 30 relatos en lo que podría ser un libro. Pues a ello me pongo en este verano de 2021 y si estás leyendo estas líneas es que lo hemos conseguido entre todos. Benidorm y los años de juventud que allí vivimos merecen todo nuestro cariño y esfuerzo.
Grandes recuerdos de momentos compartidos con la Pandilla o contados por mi hermana Angela ya que yo estaba interno en Paterna desde los 12 años hasta los 16…