
Pasearemos por Castellote, en el lado turolense del Maestrazgo y conoceremos este enclave de templarios, que se resistió a la disolución de la Orden. En el s. XIX de nuevo fue protagonista en la revuelta carlista de Cabrera.
El maestrazgo

La regla de tres es clara. Si un Principado es el dominio de un Príncipe, un Condado de un Conde… entonces un Maestrazgo, ¿de quién es dominio? Claro, del Maestre de una Orden Militar.
Con tierras en el Reino de Aragón y en el Reino de Valencia, con la denominación Maestrazgo nos referimos a una gran zona que en su mayor parte perteneció a la Orden del Temple. A la disolución de la Orden, como ya dijimos aquí el pasado 23 de enero, sus encomiendas se repartieron entre la Orden de San Juan (la Orden Hospitalaria), los ubicados en el Reino de Aragón, y la Orden de Montesa, los ubicados en el Reino de Valencia.
Pero esa extinción de los Templarios no fue pacífica; no todos los caballeros templarios que se encontraban en encomiendas de la Corona de Aragón se entregaron a la justicia de Jaime II el Justo, nieto de Jaime I el Conquistador.
En Castellote y muy notablemente en Monzón, la resistencia que plantearon los templarios a ser procesados por los insidiosos cargos, maquinados por el monarca francés Felipe IV de Francia y I de Navarra, fue férrea.
Castellote, villa templaria
A 774 metros de altitud, Castellote se encuentra en el Maestrazgo turolense. Llegamos desde Benidorm por Morella, tras cuatro horas y algo más de carretera.
Será fácil localizar la plaza de España, con su “Fuente de los Templarios” que muestra cuatro caballeros templarios bastante geométricos sujetando un castillo. Desde aquí divisamos el castillo en lo alto de una peña, que sobrevuelan imponentes buitres.

Hacia allí nos dirigimos, a pesar de la cuesta y del mal augurio de los buitres. Enseguida nos llamarán la atención unos bolardos esféricos que parecen unas gominolas rojas y blancas. Si nos situamos en sobre sobre los mismos, veremos que simplemente están decorados con la cruz patada, la cruz roja sobre fondo blanco de la Orden del Temple.
En una placita triangular veremos el busto en bronce de Agustín Plana, artillero e ingeniero de armamento. A su espalda se eleva un murete en el que una inscripción proclama con orgullo que Castellote es una villa templaria.

La subida es exigente para nuestras piernas, pero el clima seco ayuda a cumplir con el esfuerzo requerido mientras alcanzamos la parte trasera de la Iglesia de San Miguel Arcángel (s. XV), calzada con contrafuertes para evitar su ruina.
Y seguimos subiendo por las rampas guarnecidas por muros con aspilleras para la fusilería carlista, que tramo a tramo ascienden formando una gran zeta hasta la misma entrada del castillo. Sus restos imponentes, parcialmente reconstruidos en un proceso de restauración en el año 2011, nos hacen olvidar que el General Espartero asedió a los carlistas en 1849, atacó con artillería el castillo varios días y ordenó su desmantelamiento total tras la rendición de los sediciosos.
Un castillo templario
En la maqueta que podemos ver en la Torre Templaria (abajo en el pueblo), observamos cómo fue el castillo de Castellote. El castillo ya existía antes de pasar a la Orden del Santo Redentor. A la extinción de esta en 1196, pasó a manos de la Orden del Templo. Fue templario hasta principios del S. XIV, en que pasa a ser del Hospital.

Aunque es posible que existiera con anterioridad alguna fortaleza musulmana, lo cierto es que la fábrica de sillería del edificio nos muestra un castillo de hechura cristiana.
El área más al sur parece claramente la zona militar con sus patios, aljibe y torre del homenaje. La zona más al norte parece a propósito para alojar el refectorio y sala capitular de los monjes guerreros. Esta sería la zona más auténticamente templaria del castillo.
En la sala capitular se reunían los monjes a diario para leer los capítulos de la regla y también para confesar públicamente sus faltas. Por eso, usamos todavía la expresión de llamar a alguien a capítulo como una conminación a que admita y confiese sus culpas.

Los monjes templarios se resistieron a ser prendidos y juzgados por el rey Jaume II y se hicieron fuertes en este castillo. El rey los tuvo bajo asedio largos meses hasta rendirlos. En la torre templaria abajo en el pueblo podremos ver cartas en las que estos templarios se comunican con otros focos de resistencia para informar de su estado y solicitar ayuda.
La torre templaria.
No podemos abandonar Castellote sin visitar la Ermita de la Virgen del Agua, el lavadero y la fuente, al lado del Ayuntamiento y cerca de la Bodega, en cuya cueva podremos tomar un refresco y comprar algún imán para la nevera.

Pero lo verdaderamente imprescindible es la Torre Templaria que hemos citado ya dos veces y que desde el castillo no distinguiremos de la Ermita contigua, por cuanto con el campanario de la misma se ha coronado la torre. Y la otra parte de la torre está cubierta por la techumbre del edificio adyacente, destinado a varios usos en su historia, incluyendo el de prisión.
Así es, la torre templaria ha estado camuflada mucho tiempo y ha sido utilizada para dependencias de ese edificio y como soporte del campanario. Vamos que, si no lo sabes de antemano, fácil es que te la pases de largo. Sin embargo, por dentro, la torre se nos muestra con toda su fuerza defensiva y fue en su época una torre exenta accesoria del castillo.
Esta torre alberga el centro de interpretación del castillo y también de la Orden del Temple y de las diversas órdenes militares que han tenido relevancia en nuestra historia, incluyendo por supuesto la de Montesa.
Aparte de la maqueta y cartas indicadas más arriba, la torre museo tiene piezas tan interesante como un cañón de mano, esto es, un antecedente medieval del bazooka, que nos dejará pasmados, musitando “nada nuevo bajo el sol”.

Otros encantos del maestrazgo
Y si el audaz lector decide subir al castillo en agosto, como hizo este humilde narrador, podrá disfrutar de un baño fresquísimo en la cercana playa del Embalse de Santolea.
Esto es Castellote, reducto de resistencia de templarios, de carlistas, hoy de esos maños que se obstinan en que siga existiendo Teruel, en una España que poco a poco se vacía. Castellote tiene 235 km2 y tan sólo 665 habitantes. Ciertamente se vacía, pero, como una esponja, no pierde su forma y tampoco ninguno de sus encantos.