
Esta semana subiremos hasta el castillo de Sax, pasaremos por su puerta principal, entraremos en su torre almohade y alcanzaremos lo más alto de su torre del homenaje. Luego descenderemos como flotando hasta la ermita de San Blas y la Iglesia de la Asunción, y seguiremos paseando por la calle Mayor frente a la casa del inquisidor Josef Torreblanca y la del científico sajeño Alberto Sols.

Día internacional del teatro y las personas
Hoy 27 de marzo es el Día Internacional del Teatro. El estoico lector soportará con entereza que diga que durante muchos años he sido actor amateur, o semiprofesional en ocasiones. Lo que puede causar sorpresa a más de uno es que afirme que el Teatro me ha hecho persona. A mi y a todos nosotros.
En efecto, recordamos que en la antigua Grecia, los actores lucían unas máscaras, normalmente con una mueca que caracterizaba algún rasgo de la identidad que interpretaban, como la ira, la alegría… Y esas máscaras tenían un truco: por ellas pasaba la voz del actor. No sólo pasaba por ellas, sino que incluso las máscaras actuaban como bocinas y aumentaban el volumen de la voz que sonaba por ellas, que “personaba”, a través de ellas, de donde se entiende que aquellas máscaras recibieran la denominación de personas. Dramatis personae siguen siendo los personajes del drama, o de cualquier situación.
Por metonimia, cualquier ser humano pasó a ser denominado persona. Curiosamente a las dramatis personae se les pasó a llamar personajes. Todavía a veces llamamos a una persona con la palabra personaje, para referirnos a que tiene algún rasgo que le hace parecer de ficción.

Cuento todo esto porque mi historia de hoy va de un paseo por Sax, su castillo y villa, pero también va de personas, las personas que me acompañan en este paseo, las que toman las fotografías, las que aparecen en las fotografías, las que hacen el día más alegre con su sonrisa y las que se preocupan por ayudar a sus compañeros. Me refiero a mis amigos, las personas de Marina Histórica.
Visita guiada al castillo
El día 22 de marzo, con predicción de pasar frío glacial, nos juntamos 23 amigos en el Centro Social José Llorca Linares para salir en minibús hacia Sax, conducidos por el jovial a la vez que experto Alfredo.
Cuando aparcó frente al recinto del castillo, me preguntó si podía unirse a la visita, con una cara de buen tío que era imposible decirle que no. Subimos todos la cuesta y en la puerta del castillo nos esperaba el guía Vicente, para la visita previamente concertada con el Ayuntamiento de Sax, y dos visitantes que se sumaban al grupo.
Vicente, licenciado en Historia, nos hizo participar desde el principio en sus explicaciones, haciendo la visita más interesante y sumando su simpatía a la floreciente alegría que sentíamos todos porque el sol comenzaba a calentar. Eran las diez de la mañana, cuando se desplegaba un cielo azul limpio y una luz primaveral cálida sobre nosotros, mientras el guía, con un movimiento de manos, nos dejó claro, fuera de toda duda, que en realidad lo que teníamos delante era un fortísimo puente levadizo o, bueno, lo había sido, y que nos estaban disparando flechas y virotes desde la torre a nuestra derecha, aunque sólo quedaba una ruina.
Las cámaras fotográficas y los móviles no paraban, intentando captar aquello que los preclaros ojos de Nino, Fina y Lola eran capaces de intuir con un espectro de colores, formas y contrastes que a los demás nos pasan comúnmente desapercibidos.
La mágia de la torre del homenaje
Llegamos bajo la torre del homenaje, colocando una palabra tras otra de Vicente como peldaños de la escalera exterior, que conduciría en otro tiempo a esa puerta elevada que se abría a mitad de altura de la torre, único acceso de la misma durante siglos. Toda la fachada estaba tachonada con férreo metal para avisar a sus rivales de que Juan Pacheco, Duque de Escalona, Marqués de Villena, era el señor del castillo: malo de serie televisiva y encarnación de la ambición y el vicio para sus enemigos; para otros franco, dadivoso, amado y querido.

Y otro tanto pasó en el aljibe y en la torre almohade, donde podíamos ver a los obreros trabajando a las órdenes de los líderes almohades, colocando el encofrado, serrando las agujas de madera que sobresalían al retirar el cofre…
Y en la torre del homenaje podíamos observar a los obreros bajo las órdenes de maestros de obra cristianos, embreando a conciencia las paredes para proteger la despensa, brea que fue utilizada como lienzo para dejar recuerdos de enamorados y visitantes que visitaron al castillo para susurrarse su amor o contemplar un eclipse solar.
Las ventanas, las bisagras, los huecos para atrancar las puertas, las escaleras, los curiosos techos que con grandes arquitrabes de sillar duplicaban los escalones de abajo sobre nuestras cabezas, que se agachaban por respeto y por evitar un coscorrón. Era difícil moverse por aquellas estrecheces buscadas de propósito para dificultar el paso a cualquier atacante.
La magia de esa torre elevada sobre la cornisa rocosa de la peña eclosiona cuando llegamos a la terraza superior y nuestra vista domina el valle, desde Villena (ayudada claro por la torre que nos dibuja Vicente al lado de un depósito de vehículos), hasta el castillo de Petrer, el enemigo aragonés, más abajo en el paso natural hacia el mar.
Y aquello es un mar de sonrisas y aplausos mientras el guía termina su explicación y Alfredo nos expresa que arde en deseos de subirse a la zona elevada central, para hacernos una foto a todos. Tenemos que pedirle que desista, temerosos de que se acabe torciendo un tobillo y no pueda pilotar el minibús de vuelta.

Bajamos y nos hacemos algunas fotografías frente a la torre y la cueva que hay a sus pies, lugar donde la luz es especialmente amable y su calidez nos besa la piel.
Descenso aéreo hasta la villa
De regreso a la puerta del castillo seguimos una plataforma metálica que nos conduce al mediodía de la peña, bajo la cual se acuesta alargada la población. Vemos los tejados, la plaza mayor, el campanario de la Iglesia de la Asunción y vemos una escalera imposible que sobrevuela y desciende de roca en roca hasta la población. El suelo de reja nos permite ver la caída bajo nuestros pies y la sensación de estar levitando pronto cambia el vértigo por una flotabilidad etérea.

Bajamos por esa escalera de ángulos y proporciones extremas, deleitados mientras el pueblo se eleva hacia nosotros. La experiencia es deliciosa para todos menos para una compañera cuya queja principal es que los peldaños no son todo lo regulares que debieran ser, como en el mismo castillo.

La ermita de San Blas con su forma y su color tan propios, está al lado de un graderío que cubre la base de la peña por este lado. El castillo se asoma por encima. Hace un momento estábamos ahí en lo más alto de todo, pensamos. Al bajar, un precioso trampantojo nos alegra la vista.
Aprovechamos que acaba de terminar un servicio religioso, para colarnos en la Iglesia de la Asunción y disfrutar de su arte y arquitectura. Nos llaman la atención los bonitos murales pintados en la zona del altar mayor, a falta de retablo. En ellos encontramos la silueta del castillo.
Ya han pasado las 12 de la mañana, y nos damos un descanso para refrescarnos en los numerosos bares de la zona, antes de continuar nuestra visita por la calle Mayor, con su placita decorado con un bonito trampantojo. Frente al escudo del inquisidor Josef Torreblanca, nuestra amiga Gloria Moreno nos cuenta su obra y su legado. Yo aprovecho para comentar la visión que Julio Caro Baroja nos da de los inquisidores juristas por contraposición a los fanatizados teólogos que la leyenda negra ha elevado imagen única e icónica de una inquisición que, en realidad, fue más benévola que otras existentes en otros países de Europa.

Llegamos frente a la casa de Alberto Sols y el mural con su retrato un tanto caricaturesco. Fue otro sajeño ilustre, científico clave en nuestro siglo XX, padre de la bioquímica en España. Descansamos brevemente y, tras una comida elogiada por todos y una convivencia encomiable, nos reunimos con Alfredo y ponemos rumbo a Benidorm, adonde llegamos en menos de una hora de carretera.
Gracias a Gloria Moreno, Nino Guillén, Fina Rodríguez, Lola Martínez, José Antonio Pallarés, Isabel Tortosa y a todos los demás por las fotografías, la simpatía y la compañía.